De paseo con Makarenko (3/3)

(viene de De paseo con Makarenko (2/3)) Ahora, podría enzarzarme en un, para mí, infructuoso debate, e iniciar una discusión sobre si Makarenko era partidario o no del castigo físico. Pero esa no es mi intención. Lo que sí quiero resaltar es que, a lo largo de los años, aquello que ha ido calando en mí, gota a gota, de este terrible relato es su gran carga humana. Según mi criterio, en un momento dado, Makarenko, se desnuda, se despoja de su rol, pierde los papeles y muestra su cara más humana. Los educandos, en ese instante, destello de luz, lo perciben como tal, como Ser humano. El educador, movido por su ira, se saca la máscara y se vuelve persona. En su caso, necesita la ira para ello. Y, lo más revolucionario, movido por su adentro, Makarenko, trata a los educandos de igual a igual y, ellos, así se sienten tratados.

Vale la pena, aquí, hacer un alto en el camino y realizar un ejercicio: dirigir la mirada al cotidiano de un grupo de jóvenes delincuentes, a sus maneras, a sus modos de coconstruir su identidad; incluso al uso de la violencia como método de edificación del yo y del nosotros. Makarenko, cargado, desconectado, inconscientemente, sin saber lo que hacía, realiza el ejercicio. Makarenko mira, y desde su ceguera, desde su monumental enfado, y, muy a mi pesar, encuentra –sin buscarlo– el camino hacia el otro en ese brote de violencia. Y, con ello, válgame Dios, de ninguna manera quiero defender esa bofetada a tiempo. Pero, en lo que sí quiero poner la atención es en esa pedagogía que va del adentro al adentro, libre de peajes, y que encuentra en la relación horizontal, en ese encuentro de dos seres humanos, la solución a un conflicto. Makarenko, yo creo que sin ser consciente de ello –y, ahí, su sorpresa inicial–, en ese acto despreciable llega al otro. Pero, es obvio, al menos para mí, que existen otros muchos senderos más respetuosos.

En una reunión de educadores, ahora y aquí, desde lo confortable de una sala con sofá, podríamos decirle a Makarenko que para poder llegar al adentro del educando es preciso, primero, condición sin equanon, que el educador llegue a su propio adentro; es decir, que el educador esté conectado consigo mismo. Y, sin duda, Makarenko, seguiríamos comentándole, la ira no es la emoción que mejor acompaña esa integración con uno mismo. Luego, Makarenko, desde ahí, desde ese adentro, sin perderse, oteando al otro, es preciso que el educador diseñe y construya puentes relacionales que le permitan llegar al otro, también, como ser humano. Ese salto al vacío, ese puente de cristal, esa mano tendida que toca al otro, será útil, será la buena, si y sólo si el educando, al estrecharla, al notarla, se da cuenta que el educador, ser humano, de forma auténtica, al dársela, se funde con él, también ser humano.

En mi acto humanizante, humanizo al otro. Cuando veo al educando como Persona, entonces, el educando se siente Persona. Y, ahí, en el encuentro, del adentro del yo al adentro del otro, en la construcción de esos puentes humanizantes se halla una de las grandes habilidades del arte de la pedagogía de la interioridad.

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