Ajedrez, fútbol y corazón

¡Te voy a matar!, oigo de repente. Percibo, en el tono, una mezcla de victoria, orgullo y alegría desbordada. Un coro de voces aplaude de fondo. Estoy fuera, sentado debajo de un avellano, y, esa fragor desatado, a modo de bomba, cual relámpago fulgurante, impulsa, a borbotones, sangre por todo mi cuerpo. De un salto, me alzo y corro en dirección a la supuesta contienda. ¡No me la quiero perder! Dos o tres niños me siguen. Me paro en el zaguán, y, en el tiempo de quitarme los zapatos, buscando el hilo del conflicto, afino mi oído. Un grupo de niños están formando un círculo. Un par de ellos, cada uno a un lado, separados por un tablero de ajedrez, destacan por el brillo especial de sus ojos. ¡Tu reina está muerta! Las risas se desatan y las pasiones se levantan. ¡Ya llego! Mi sangre vuelve a su cauce. Clavo mi mirado en el campo de batalla. La partida, intensa y vital, enfrenta a Jan, de 6 años, y a Marçal de 7.

Al rato, esos mismo niños que quemaban sus neuronas con las posibilidades de un tablero, ahora, levantan polvo detrás de un balón. Antes de empezar, han hablado de las reglas a seguir. Han delimitado el campo y se han repartido, justamente, en dos equipo con el objetivo de equilibrar las fuerzas. La misma energía que se percibía con las manos en las fichas, se percibe, ahora, con los pies en la pelota. ¡Esto es una gozada!

El otoño escolar nos ha traído vientos de cambio. A los árboles se les han caído las hojas y a nuestros mayores los dientes. Para Steiner (1861 – 1925), la caída de los dientes de leche y la aparición de la segunda dentición marcan la entrada al segundo septenio. En nuestra escuela, el disparo de salida de la etapa operativa lo han dado dos grandes juegos de reglas: el ajedrez y el fútbol. Amén de la fluida participación en la «asamblea» semanal, y la consecución de un incipiente proyecto autogestionado.

Piaget (1896 – 1980), en Psicología del niño (1969), nos cuenta que al nivel de las operaciones concretas (de los 6-7-8 hasta los 11-12) se constituyen nuevas relaciones interindividuales, de naturaleza cooperativa. Y, los juegos de reglas, sin lugar a dudas, serán la bandera más sobresaliente de estas nuevas instituciones sociales. Durante esta etapa los juegos están bien estructurados, con observación común de las reglas conocidas -y, a menudo, construidas- por todos y todas, con vigilancia mutua en cuanto a esa observancia, y sobretodo con un espíritu de honrada competición, de modo que unos ganen y otros pierdan según las reglas admitidas.

Siegel, en Ser padres conscientes (2003), nos explica que, durante esta etapa, el cuerpo calloso, responsable de conectar ambos hemisferios (véase Los tres mosqueteros), está suficientemente maduro, aunque, a lo largo de toda la primaria (y más allá), prosigue su maduración y adquiere mayor capacidad de integración. Esta suficiente madurez se refleja, exteriormente, entre otras cosas, en el hecho de que, en la fase operativa, los niños son cada vez más capaces de poner palabras a sus sentimientos. Para ello, el trabajo conjunto de ambos hemisferios es de vital importancia. Simplificando, podríamos decir que el derecho estaría vinculado con lo no-verbal -emocional y relacional- (véase El cuerpo como mensaje); y, el izquierdo, con lo verbal. De este trabajo, al alimón, emerge la posibilidad de ponerle nombre a aquello que sentimos, con las ventajas en la autogestión que de ello se derivan. Así pues, si hasta ese momento somos seres básicamente de hemisferio derecho, en esta etapa, a partir de los 6-7-8, junto a la maduración del cuerpo calloso, se nos disparan las conexiones del hemisferio izquierdo. Su entrada en escena estará marcada, por un lado, por la búsqueda de las relaciones lineales de causa-efecto que existen en el mundo y, por otro, por la expresión de esa lógica a través del uso del lenguaje. Todo ello, explica, uno, esa búsqueda, por parte del niño, de las regularidades del mundo (reglas que busca, maneja, crea y consensúa); y, dos, esa necesaria congruencia que, como adultos, debemos mantener entre lo que hacemos y las palabras precisas con las que lo describimos.

Según Wild (1939), en Etapas de desarrollo (2011), el oficio del hemisferio izquierdo es el de preocuparse de que todas las intuiciones y fantasías que los niños van engendrando desde temprana edad se solidifiquen en este estadio de desarrollo con las realidades concretas del mundo (véase Sol, arena y mar). El hemisferio izquierdo necesita, además, el nexo con el lóbulo prefrontal y, en especial, con el córtex orbifrontal, relacionado, tal y como nos cuenta Spitzer, en Aprendizaje: neurociencia y la escuela de la vida (2002), con los valores y la ética. Así pues, este trabajo cooperativo entre hemisferio derecho e izquierdo, acompañado por la atenta mirada del córtex orbifrontal, íntimamente conectado con todas las estructuras cerebrales (véase…), será imprescindible para que estas nuevas capacidades, que empiezan a despuntar con la caída de los primeros dientes, aumenten su eficiencia y, a la vez, no pierdan un ápice de calidad humana. Razón y corazón, de la mano.

En la etapa operativa, la eficacia en este trabajo de integración hemisférica, abrazado por el dinamismo y el liderazgo del lóbulo prefrontal, depende, como en las etapas anteriores, del amor, los límites y el respeto de los adultos que la acompañamos. Es importante no olvidarlo.

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5 respuestas a Ajedrez, fútbol y corazón

  1. Maria Magarolas Jordà dijo:

    Ajedrez, futbol, nens i nenes jugant, primeres caigudes de dents, regles de joc…Quina maravella poder viure al seu costat i disfrutar-ho.

  2. Pingback: Y… ¿sólo juegan? (1/3) | Ser para educar

  3. Pingback: Y… ¿sólo juegan? (3/3) | Ser para educar

  4. Pingback: Juego y juegos (1/2) | Ser para educar

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