Soledad, silencio y amor

Su mirada parece perderse. Perderse, sí, pero no en el horizonte, no en lontananza; sino, al contrario, perderse en el adentro, jugando en casa, en su propio mundo interior. La butaca que lo acoge, sin gracia alguna, de una especie de tela aburrida, le confiere una aura solemne y un tanto misteriosa. Pareciera como si el contraste, entre su riqueza interior y lo insulso del asiento, resaltara, aún más, los secretos que se esconden dentro de ese hombre que, hace un rato, me ha confesado sus 84 años de edad. Nos encontramos en una sala de vela. La difunta es su consuegra. Él, impertérrito, guarda silencio y, aunque rodeado de gente, se le ve solo. Durante un largo rato me siento frente a él y, de vez en cuando, su mirada, perdida en su interior, se topa con la mía que, curiosa, lo busca, como telescopio que persigue atrapar una estrella huidiza. Miro a mi alrededor. Algunos de los que le arropan con su presencia guardan silencio y, es curioso, en ese silencio, les percibo, sin conocerlos, como hermanos. Y… todo ello, automáticamente, empieza a recordarme a la Soledad de Unamuno (1864 – 1936).

Los hombres sólo se sienten hermanos cuando se oyen unos a otros en el silencio de las cosas a través de la soledad.

Sigo mirando a los asistentes. Y, otros, en lugar de abrazar el silencio, hablan, de esto o de aquello; y, en su hablar, veo sombras, esbozos exteriores de fantásticos proyectos que se fraguan en cada uno de sus adentros. Y no digo que en sus palabras no haya dolor. Lo que quiero decir es que bien pudiera ser que sus palabras, casi sin pretenderlo, lo escondieran.

Se busca la sociedad no más que para huirse cada cual de sí mismo, y así, huyendo cada uno de sí, no se juntan y conversan sino sombras vanas, miserables espectros de hombres.

Vuelvo a él, al hombre, y digo que se le ve solo porque, creo, realmente, se siente solo; es y está solo. Y, sin duda, es esa soledad, ese silencio, aquello que le permite su profundo soliloquio.

No hay más diálogo verdadero que el diálogo que entablas contigo mismo, y este diálogo sólo puedes entablarlo estando a solas. En la soledad, y sólo en la soledad, puedes conocerte a ti mismo como prójimo; y mientras no te conozcas a ti mismo como a prójimo, no podrás llegar a ver en tus prójimos otros yos. Si quieres aprender a amar a los otros, recójete en ti mismo.

Y, es esa soledad en medio del gentío, ese silencio en medio de la conversación, esa mirada perdida en medio de la muchedumbre, la que le imprime alcurnia. Y es su noble y solitario linaje, sus bellas vestiduras cargadas de silencio, como un antiguo padre del desierto (véase Educar para Ser), las que me llevan, con sorpresa por la fuerza de la emoción que siento en mí, a quererle; quererle como pudo querer a mi abuelo, quererle como puedo querer a mis hijos.

Sólo la soledad nos derrite esa espesa capa de pudor que nos aísla a los unos de los otros; sólo en la soledad nos encontramos; y al encontrarnos, encontramos en nosotros a todos nuestros hermanos en la soledad. Créeme que la soledad nos une tanto cuanto la sociedad nos separar. Y si no sabemos querernos, es porque no sabemos estar solos.

Y, después de todo, después de toda una Vida, llevando a cuestas 84 años de edad, me encuentro a un hombre que no habla con otro, me encuentro a un hombre que no habla a un grupo; sino a un hombre que, a solas, mantiene una plática consigo mismo. Y, os digo que hubiera vendido mi reino por saber, todavía rememorando a Unamuno, qué música era la que estaba oyendo en el silencio de su corazón.

Y, todo ello lo escribo porque, últimamente, esa misma sensación de amar, esa misma curiosidad de querer saber qué oye el otro en el silencio de su corazón, la tengo cuando miro a los niños con los que comparto todas las mañanas. Ojalá, yo mismo, sea capaz de, en mi cotidianidad, en mi quehacer educativo, aunque fuera mínimamente, mantener esa plática conmigo mismo, ese silencio, esa soledad, imprescindibles para poder encontrarme con todos y cada uno de los niños que, de alguna manera, acompaño. Aacompaño, digo, incluso, cuando, a veces, sin quererlo, escondo mi propio dolor detrás de las palabras.

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17 respuestas a Soledad, silencio y amor

  1. margamassot dijo:

    No he parat de pensar en l’avi mentre et llegia… i en l’àvia i ens els silencis i en la valentia d’enfrontar el silenci, i en el benestar d’alguns silencis… i en la incomoditat que sentim amb altres silencis… la vida és plena de silencis, clars i nets o tapats per paraules i sorolls.

  2. Maria Magarolas Jordà dijo:

    Mi reino por tu pensamiento…No sé si és així però ho podria ser.
    Que bonica és la soledat volguda i els pensaments lliures, sense cap mediació que un altre pensament que s’hi encadena.
    També la soledat acompanyada que no interfereix; acompanyament del dolor aliè que en el silenci és fa propi; acompanyament en el camí i en el fer d’un infant o d’un adult que intenta fer-se o fer-se gran.

  3. David córdoba dijo:

    Hola Guillem, fantástico post, este último felicidades, me ha gustadomucho

  4. Magda Medina dijo:

    me encantaría abordar mis pensamientos tan bien como tu…pero está excelente tu post….felicidades…

  5. mar dijo:

    Soledad es la danza de la mirada que no necesita palabras y alcanza lo inalcanzable.
    Y ahora hago consciente aquello por lo que muchas veces me atrapó tu mirada solitaria y cercana.
    Mar

    • Mar,
      te leo y el corazón se me ensancha;
      y, ese espacio que creas dentro de mí,
      me permite respirar mejor:
      de manera más nítida, más clara, más azul…

      Un fuerte abrazo
      Guillem

  6. Laura dijo:

    ¡Me ha encantado!

  7. Joan Gutiérrez dijo:

    Bones Guillem i companyia, gràcies per aquest comentari, de tot cor.

    Ahir era dissabte i com gairabé cada dissabte vaig llevar-me d’hora i vaig anar cap al forn del poble a menjar, primer pels ulls i el nas, i després per la boca. Com més m’acostava, l’olor a forn de poble que ha treballat tota la nit m’embriagava… com cada dissabte. Però aquest cop hi havia una cosa diferent. Les imponents figures de xocolata que anunciaven que la Setmana Santa és a tocar i que els forns ja es preparen per fer el seu agost particular.
    Un pensament espurna em ve en aquell precís moment: aquest any no em puc encantar amb la mona del meu fillol. L’any passat quan vaig despertar ja no vaig trobar el que buscava… dit i fet, trio un tractor com a figura de xocolata (li encanten les màquines al meu fillol). Content d’haver-hi pensat a temps, encomano la mona i carrego amb la figura (no fos cas que me la comprés algú altre), el pa encara calentet i una mica de coca en recapte.
    En el moment de pagar m’invaeix un sentiment, aquest any serà el primer que la meva padrina no hi serà… és una tristesa nostàlgica i a la vegada tinc ganes de donar-li les gràcies. Ja feia anys que no rebia pastís, però ella sempre em donava uns dinerets d’amagatotis del iaio, i jo li feia la broma: “què?, vint durets…, i ella somreia”. Gràcies padrina. Gràcies per haver estat sempre present.
    I ara que escric no puc evitar pensar en el dilluns de Pasqua que el meu fillol no tindrà mona del seu padrí “Pan”, i espero que aquell dia el seu cor pugui estar tant agrait com jo ara ho estic cap a la meva àvia Maria.

    Una abraçada,

    Joan

    • Joan,
      et llegeixo i els ulls se m’omplen de llàgrimes;
      em rodolen, galtes avall, i m’omplen el pit d’una espècie d’opressió lleugera.
      Les teves lletres m’arriben ben profundament, em toquen i m’acaronen…

      Sincerament, també vull agrair-li a l’àvia Maria que sempre estés present.
      Sincerament, vull donar-te a tu les gràcies perquè sempre estàs present.
      Sense dubte, ambdues coses estan íntimament relacionades.

      Gràcies per tot a tots dos!
      Una abraçada
      Guillem

  8. Pedro Garrido dijo:

    Estimado,
    ha sido un placer leer su artículo con citas de Unamuno.
    Sin otro objetivo que felicitarle, reciba un cordial saludo.
    Atentamente,
    Pedro Garrido

  9. Pingback: Ser para educar

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