Sumar Identidades

Últimamente, creo que, como educadores nos cuesta manejar, en nosotros y en los otros, a la vez, más de una identidad. Es como si tuviéramos dificultades en sostener más de una verdad al mismo tiempo; y creyéramos que éstas se excluyen cuando, en realidad, se funden y transforman en algo más grande y profundo. Y, para mí, eso, en el arte de acompañar procesos, aunque a menudo me cueste, me parece fundamental.

En Infancia, Rimbaud (1854 – 1891) recoge diferentes definiciones del YO, enunciadas por él mismo, que con naturalidad se suman y se difieren:

Soy el santo, rezando en la terraza -como los animales pacíficos pacen hasta el mar de Palestina.
Soy el sabio en el sillón sombrío. Las ramas y la lluvia se lanzan contra la ventana de la biblioteca.
Soy el caminante de la carretera entre los bosques enanos; cubre mis pasos el rumor de las esclusas. Veo durante mucho tiempo la melancólica lejía de oro del atardecer.
Podría ser yo el niño abandonado en la escollera que se adentra en alta mar, el criadito que recorre la alameda cuya frente toca el cielo.
Los senderos son ásperos. Los montículos se cubren de retama. El aire está inmóvil. Qué lejos quedan los pájaros y los manantiales. Esto sólo puede ser el fin del mundo que se acerca.

Estoy delante de un niño y lo veo como Ser único e irrepetible; y, a la vez, lo veo como alguien que, en ese momento, se salta una norma; y, a la vez, lo veo como el hijo que forma parte de una familia. Y, a la vez, me veo a mí mismo como Ser único e irrepetible; y, a la vez, me veo, como alguien que, en ese momento, le marca un límite a ese niño; y, a la vez, me veo como el niño que creció y que todavía habita en mí; y, a la vez, me veo como el padre de mis hijos. Y, a la vez, veo los árboles que nos abrazan; y, a la vez, veo el cielo que nos cubre; y, a la vez, veo a mis compañeros que me rodean y a otros niños que juegan a nuestro alrededor.

Otra vez, Rimbaud. Cuento es una historia fantástica, como de cuento de hadas, de un príncipe y un genio, que de pronto se descubren, se aman hasta el extremo, se aniquilan; y, sin embargo, Rimbaud, en el desenlace desmiente los detalles del relato y asegura que no ha ocurrido nada y que ambos eran el mismo.

A un príncipe le molestaba haberse dedicado sólo a la perfección de las generosidades vulgares. Preveía asombrosas revoluciones del amor, y sospechaba que sus mujeres eran capaces de algo mejor que esa complacencia amenizada por el cuelo y el lujo. Quería ver la verdad, la hora del deseo y de la satisfacción esenciales. Fuera o no una aberración de la piedad, así lo quiso. Poseía, al menos, un poder humano bastante amplio.
Todas las mujeres que le habían conocido fueron asesinadas. Qué expolio del jardín de la belleza. Bajo el sable, le bendijeron. No pidió ya otras nuevas. -Las mujeres reaparecieron.
Mató a todos los que le seguían, después de la caza o de las libaciones. -Todos le seguían.
Se divirtió en degollar los animales de lujo. Hizo arder los palacios. Se abalanzaba sobre las gentes y las descuartizaba. -La multitud, los tejados de oro, los hermosos animales existían aún.
Es posible extasiarse en la destrucción. Nadie ofreció la ayuda de sus opiniones.
Una tarde él galopaba altivamente. Apareció un Genio de belleza inefable, inconfesable incluso. De su fisonomía y su actitud se desprendía la promesa de un amor múltiple y complejo, de una dicha indecible, insoportable incluso. El Príncipe y el Genio se aniquilaron probablemente en la salud esencial. ¿Cómo no iban a morir de eso? Y juntos murieron.
Pero en Príncipe falleció en su palacio a una edad normal. El Príncipe era el Genio . El Genio era el Príncipe.
La sabia música falta a nuestro deseo.

Y, a la vez, a veces, y sin fundirme en él, me veo en el niño y siento, a la vez, que él se ve en mí. Y, es entonces cuando construyo un mundo con él, de la mano. Y, ese mundo, cocreado entre los dos, va a ser siempre un mundo construido a través de nuestro convivir. Y, claro, sin ninguna duda, el mundo que emergerá será de una manera o de otra según sea ese convivir.

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