Un “no” a una visión romántica (1/2)

ImagenEs cierto que en diversas ocasiones he escrito que todo ser humano tiene, y puede conectar con,  su naturaleza básica de bondad (véase Identidad y esencia o Educar para Ser) que, como nos recuerda C. Trungpa (1939 – 1987 ), no sabe de dilución ni de confusiones, y en esa bondad hay un contenido inmenso de aprecio y ternura.
Es cierto, también, que en otras ocasiones (véase, por ejemplo, Autorregulación)  ya me he referido a W. Reich (1897 – 1957), quien, en su momento, defendió que la naturaleza del ser humano es sana y enferma en contacto con lo social; es decir, que los impulsos de destrucción surgen como reacción y, por lo tanto, no son inherentes al ser humano.
Además, en algún rincón (véase Yo y tú en el encuentro), también he afirmado que Rousseau (1712 – 1778), huyendo de eso malo que supuestamente todos y todas llevamos dentro, herederos de un pecado original o de una neutralidad insípida, nos dice que todo es perfecto cuando sale de las manos de Dios, pero todo degenera en las manos del hombre.
También decir que, en otros lugares, he hablado del período de fusión física y emocional madre-hijo (véase La emergencia de las 3 membranas); de la resonancia límbica (véase De lo que aprendí en un campo de fútbol (1ª parte)); del vivir y del estar, por parte del niño, en el aquí y en el ahora (véase, por ejemplo, Atención plena); de la manera somática que tiene la infancia de percibir el mundo (véase Acompañar tocando); y de una larga lista de otros temas que me han permitido, y me permiten, mira de otra manera: a mí, al otro y al mundo.

Pues bien, desde hace poco, soy sincero, me he dado cuenta de cuánto daño pueden hacer mis glosas, mis palabras. Unas letras que, así, leídas, pueden llevar a interpretaciones muy alejadas de mis intenciones e, incluso, a perspectivas diametralmente opuestas a mis propias vivencias como padre y educador.

Quiero reconocer que mi manera de expresarme, por parecer opuesta a lo establecido, puede llevar al lector a situarse en un lugar antagónico respecto al que se encuentra. Y, digo, parecer opuesta, porque, a pesar que algunas de mis opiniones puedan ser consideradas poco extendidas, y, en algunos puntos, contrarias a lo generalmente aceptado y vivido; no por ello debe situarse todo mi discurso en la otra ribera. Y, me expreso en estos términos, porque, una primera lectura de mis textos, pueden llevar a pensar, lo reconozco, que presento una visión romántica y paradisíaca de la infancia. Y, bien alto quiero gritar que: ¡nada más lejos de mi intención!

El punto tierno y bondadoso del que habla Trungpa, la joya de incalculable valor a la que hacen referencia los sufíes, el alma del misticismo cristiano, y tantas otras maneras de llamar a esa sensación sentida de Ser y Estar en nosotros mismos, más allá de nuestra máscara, de nuestra personalidad; y mis afirmaciones de que uno, como adulto, puede percibir esa perfecta conexión que un bebé mantiene con ello, su Centro, su Esencia, pueden llevar a la falsa conclusión que la infancia es un momento privilegiado de especial vínculo con uno mismo y con el mundo, en un aquí y ahora atemporal, utópico, que transforma a los niños y a las niñas, que asisten a nuestro proyecto, por ubicarlo en algún contexto, en unos pequeños budas que, estando por sobre el bien y el mal, levitan y, en lugar de balbucear, elevan al cielo mantras y salmos.

Cierto es que la infancia vive en un estado de fusión primordial pero, como matiza acertadamente Wilber (1949), esto no quiere decir que la infancia esté inmersa en una suerte de prefiguración de la conciencia cósmica, una especie de anticipo de la conciencia de unidad mística; de la tan anhelada no dualidad. El bebé, siguiendo a Piaget (1896 – 1980), inicialmente fundido físicamente con el mundo, en un máximo de egocentrismo, no es consciente de ser diferente del mundo objetal que le rodea. Más adelante, después de desengancharse físicamente del mundo (emergencia del yo físico, entre los 0 y los 12 meses), todavía está a merced, como tan bien lo detalló Wallon (1879 – 1962), de las olas emocional en las que, inconscientemente, vive sumergido. Y, todavía más adelante, superada la etapa de fusión emocional (emergencia de un yo emocional, entre los 12 y los 36 meses), aún deberá avanzar por el estadio de confusión conceptual (pre-operativo), que culminará con la emergencia del yo cognitivo, entre los 3 y los 6 años. Pues bien, en este estadio infantil, de los 0 a los 6, por acotarlo de alguna manera, quiero afirmar que, en general, y salvando ciertas acepciones del término que ahora no quiero matizar, no hay nada especialmente espiritual. (Sigue en Un “no” a una visión romántica (2/2))

Esta entrada fue publicada en Otra mirada y etiquetada , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Un “no” a una visión romántica (1/2)

  1. Pingback: Un “no” a una visión romántica (2/2) | Ser para educar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s