Un “no” a una visión romántica (2/2)

Imagen(Viene de Un “no” a una visión romántica (1/2)) Así pues, algunos, llenos de buenas intenciones, en esta etapa, y en la manera en como yo la he relatado, han querido ver a un niño libre, incólume, afable y conectado con él mismo y con el mundo. Y, vuelvo a repetir: ¡nada más alejado de mis intenciones!
En esta etapa, el niño, básicamente, está movido por sus instintos y sus impulsos, buscando el placer y huyendo del dolor. El niño, atrapado en su particular órbita egocéntrica (en el sentido de priorizar su propia y particular visión del mundo y, creer, a menudo, y fruto de esa fusión, que, aquello que él vive es idéntico a lo que viven los demás) tiene serias dificultades para percibir, y mucho menos asumir, el punto de vista de los otros. Cabe decir, además, que el niño, más que estar y sentirse libre en el aquí y el ahora, vive atrapado en las impresiones inmediatas que percibe de la dimensión sensioromotora. De esta manera, aunque algunos han querido leerlo en mis escritos, quiero matizar que el niño, encadenado en su maravillosa fusión con los otros y con el mundo, está a años luz de valores como la compasión, la tolerancia, la benevolencia o el altruismo; e, incluso, de lo que podríamos llamar la buena educación. Y, por lo tanto, crecer y dejar atrás la infancia, más que caer del cielo a la tierra, es el inicio de un largo camino que nos puede llevar, o no, a un despertar a nosotros mismos, a los otros y al mundo; una suerte, tal vez, de cielo en la tierra. Y, en ese camino, somos muchos los que todavía estamos dando palos de ciego y, con gran inconsciencia, seguimos sin poderles rozar, ni la sombra, a la compasión, al amor, o a la generosidad; por citar sólo algunas.

Los niños con los que trabajo y convivo, también se enfadan  y, cuando se sienten llenos de ira, sobretodo los de 3 a 5 años, usan su sana agresividad para proteger sus límites (físicos y emocionales, principalmente). Y, claro, esa agresividad la expresan, como les es propio, en forma corporal y no-verbal: dando manotazos, tirando piedras, repartiendo patadas, golpeando con palos, insultando, gritando… Y, los adultos que les acompañamos, recordamos, una y otra vez, los límites que permiten que el entorno se viva como espacio tranquilo y relajado. Y, en ese recordar, ponemos, de la mejor manera que sabemos, límites firmes a la conducta pero con la, también, firme intención de respetar, al mismo tiempo, la identidad y la energía que mueve sus haceres. Y, esos, los adultos que acompañamos, a su vez, no sobra decirlo, también estamos en nuestro propio y particular proceso de crecimiento, navegando en nuestro propio egocentrismo, llenos a rebosar de mecanismos automáticos que nos alejan de la libertad, en busca de amor… y, ese hecho, aunque obvio, es un detalle esencial que transforma nuestro trabajo en un difícil arte de ida y vuelta.

Los niños con los que trabajo y convivo, también sienten carencias y, en ocasiones, por ejemplo, excluyen a otros niños (Véase ¿Quieres jugar? 1/3). Y, en esas exclusiones, hay dolor. Y, ese dolor, en diferente modo, grado y manera, lo siente el que excluye y el excluido. Y, los adultos que acompañamos esos procesos, no pretendemos ni desconectar a los niños de su dolor, ni distraerlos ni ridiculizarlos. Simplemente, y con el dolor que eso puede abrir en nosotros, intentamos acompañarlos para que ellos, los niños, puedan sostenerlo. Con ello, apunto, no ahorramos un ápice de dolor (aunque sí de sufrimiento) a nuestros niños, y, parafraseando al T. Merton (1915 – 1968), puedo afirmar que no estamos construyendo nuestra propia escuela para que los niños no sientan dolor, sino para que puedan vivirlo más útilmente (por decirlo de alguna manera); ése y todo el resto de sus sentires. Y, los adultos, con el ánimo del que todavía es y se siente un aprendiz, ponemos límites donde creemos que deben estar, acompañamos de la manera que creemos que debemos hacerlo, y con la responsabilidad del que sabe que carece de la Verdad aceptamos, de corazón, nuestros constantes errores (que no son pocos) como fuente de crecimiento y aprendizaje. Y, no huelga decirlo, todo ello, en un entorno maravilloso, sí, es cierto, rodeado de árboles y naturaleza, pero que, en ciertos aspectos, no se ajusta a lo que podríamos llamar óptimo. Y, por lo tanto, por falta de tiempo, de dinero y, a veces, de perspectiva, el entorno, a menudo, tampoco ayuda a que esos acompañamientos sean todo lo acertados que nos gustarían.

Y, aquí me planto, con un punto final, y con la sana intención de ponerle vallas al campo. Sí, concretamente, con el objetivo de acotar el vuelo de mis palabras; cortarles las alas, vestirlas de negro. Así pues, y después de pedir disculpas por el color y la altura, termino afirmando que la infancia, en general, y nuestro proyecto, en particular, no son un paraíso terrenal; ni un espacio donde los adultos han conseguido, ya, su particular ascensión al séptimo cielo.

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3 respuestas a Un “no” a una visión romántica (2/2)

  1. Pingback: Un “no” a una visión romántica (1/2) | Ser para educar

  2. Francesc dijo:

    M’agrada llegir aquesta visió d’un nen real i d’un adult real. La figura del nen tot llum i l’adult tot foscor és un plantejament molt enverinat, que per començar a tirar endavant una família amb fills, fa molt de mal, no ajuda a posar bases sanes.

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