Rupturas y separaciones (1/2)

En el último año, he vivido de cerca el proceso de separación de unas cuantas parejas; todas ellas con niños pequeños (entre 3 y 6 años). El haber estado relativamente próximo a estos niños me ha permitido reflexionar sobre el proceso de ruptura de una pareja con hijos. Y, seguidamente, paso a presentar algunas de las conclusiones a las que he llegado; gracias, también, a la inestimable colaboración de mi querida F. Dolto (1908 – 1988).

Es cierto que en toda ruptura los miembros de la pareja se separan, pero, también es cierto que, aunque a menudo nos cueste dirigir nuestra atención a ello, los padres no se separan de sus hijos. Es importante, pues, ponerle palabras, manifestar, expresar, que los padres harán y serán siempre padre y madre. Si este tipo de cosas no se dicen, el niño puede pensar que, ya que sus padres rompen su compromiso como pareja, lo anulan todo. Entonces, los niños pueden llegar a creer que sus padres no sólo anulan su compromiso, sino también el amor que tienen hacia ellos (incluso, cuando se identifican con alguno de los dos, pueden sentirse empujados a decirle al orto: ya no te quiero). Y, ya que ellos necesitan amar a ambos progenitores (y sentir el amor de ambos), si no se les explica, se puede producir una situación que trastorne profundamente su equilibrio.

Dicho de otra manera, y en el plano adulto – adulto, la relación se rompe/cambia, pero no el vínculo. El vínculo es algo que perdura y va más allá de la relación; incluso la transciende; y, en el caso más extremo, va más allá de la muerte de uno o de todos los miembros. Es decir, la muerte de uno de los progenitores rompe por completo la relación pero de ningún modo anula el vínculo (véase El sentido de pertenencia, más allá de la vida).

Y, en el plano adulto – niño, la relación cambia y el vínculo se mantiene. Al estudio de la primera, la relación, debemos dedicarle todo nuestro esfuerzo para que el modelo de reparto del tiempo de guarda satisfaga el bienestar y las necesidades de los niños en particular y de los adultos en general; y, en referencia al segundo, el vínculo, es importante cuidarlo y mantenerlo sano para que el necesario Amor no deje de fluir.

Sin dejar los derroteros del tiempo de guarda, quiero manifestar que, a menudo, la custodia compartida ha pasado a ser una especie de mito que debe alcanzarse como sea; y, pienso que, aunque es interesante tender hacia ella, no siempre es la mejor solución. Hay dos situaciones que, a mi modo de ver, no la recomiendan. Primera: cuando uno de los progenitores, por la razón que sea, no puede atender las verdaderas necesidades de sus hijos. Segunda: cuando el niño, por la razón que fuere, necesita sentir especial y profundamente cierta seguridad (corporal, emocional y/o cognitiva) que, en algunos casos, sólo puede encontrar en uno de los progenitores o, incluso, en el espacio-tiempo de una vivienda (en referencia a la importancia que tiene para la seguridad de ciertos niños el hecho de no cambiar de vivienda me extenderé más adelante).

Creo firmemente que no es útil expresar a los hijos razones superficiales para explicarles la separación.

Es importante que los niños puedan expresar todos los sentimientos que les surjan a raíz de la separación (incluso aquellos que puedan parecerse a los que se sienten en un proceso de duelo). Y, lo planteo de ese modo, como un duelo, porque, en toda separación, cambia, a ojos de los niños, la relación que los padres mantienen con ellos y, a su vez, la relación que los padres mantienen entre sí. Es decir, la relación que el niño tiene con su padre y su madre se modifica, y la relación que, a ojos de los niños, sus padres tienen entre sí también sufre un vuelco. Además, cabe no descuidar a la siempre olvidada familia. Ese ente, grupo, sistema que emerge con el nacimiento del primer hijo, la familia, también con la separación, sufre un gran terremoto. Por lo tanto, no estamos hablando de un duelo sino de la friolera cantidad de tres-en-uno. (Sigue en Rupturas y separaciones (2/2))

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4 respuestas a Rupturas y separaciones (1/2)

  1. PILI dijo:

    Importantísima reflexión!! Me ha gustado mucho por la sencillez y el sentido común.
    Ojalá todos los padres, las madres, las familias y el sistema en general viera la separación desde el amor hacia los niños, desde el cuidado y el respeto extremo para que pudieran vivir el proceso de separación de sus padres también desde la aceptación, el respeto y el amor.Y eso solo se consigue siendo un modelo para ellos, con compasión y madurez.

    Gracias!!

    • Pili,
      muchas gracias…

      Estos días, comentando con un amigo, sentíamos que, a menudo, no sólo en los procesos de separación sino posiblemente en todos los procesos de “cambio”, tratábamos a los niños como si fueran “propiedades”. Los llevamos de aquí para allá como si fueran “maletas” y les damos el mismo derecho que damos a nuestras valijas. Y, todo ello, sin darnos cuenta, por inercia, por no considerarlos “personas de pleno derecho”. Inconscientemente, hacemos con ellos lo mismo que, inconscientemente, sentimos que hicierons con nosotros. Y, seguramente, ahí está el primer gran secreto: “estar atentos y ponerle conciencia”.

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