Rupturas y separaciones (2/2)

(Viene de Rupturas y separaciones (1/2))El niño necesita saber que, a pesar de la separación, continúa perteneciendo a las familias de sus dos linajes (padre y madre).

El proceso de separación mantiene parecidos con el proceso de duelo. Un duelo porque, seguramente, aquello que, fruto de la separación, muere (además de lo ya mencionado en la primera parte) es una suerte de representación de ellos mismos (los niños), ya que, sin duda, los niños, inicialmente, son la representación viva de la combinación de sus padres. Si se acompaña a los niños en su proceso de comprender que ellos son la representación de sus dos progenitores, entonces, aunque lo deseen y les apetezca, no requerirán vivir con los dos de manera cotidiana.

El niño cree que es el centro del mundo. Cuando sucede algo que le produce dolor, el niño cree que él es el agente que lo desencadena.

Es importante hablar de la separación con tiempo. Los padres -aunque no siempre- acostumbran a vivir un proceso de reflexión (individual o compartido en pareja) previo a la separación efectiva. Este proceso, a menudo, los niños se lo acostumbran a perder y, normalmente, se les presentan los hechos como si de un producto sin proceso se tratara. A lo niños, entonces, al no haber vivido el proceso, les resulta más complejo hacerse una idea de algo que ya está consumado.

Si los dos progenitores hablan entre ellos y con sus hijos del proyecto y del proceso de separarse, y lo hacen de manera responsable, entonces a los niños les resulta más fácil hacer sugerencias, matices, cambios en todo aquello que les afecta directamente.

Aquello que les pasa a los padres incumbe a los hijos. Las peleas, las discusiones, la separación… les afectan. Si los niños viven ciertas situaciones quiere decir que las incorporan (más o menos inconscientemente); pero para que estas realidades se tornen conscientes y humanizadas es necesario ponerles palabras; es decir, es imprescindible hablar de ellas. El hecho de no hablar de ciertas situaciones (la separación , por ejemplo), o de ciertos sentimientos (la tristeza que me produce, por ejemplo) o de ciertas personas (cuando, por ejemplo, uno de los progenitores decide no hablarles a sus hijos del otro progenitor) produce desórdenes y desequilibrios que acaban cargando y somatizando los hijos.

El niño, a lo largo de sus 6 primeros años, vive 3 discontinuidades: la del cuerpo, la afectiva y la cognitiva (véase La emergencia de las 3 membranas). Hasta los 3-4 años, aproximadamente, aquello que en el niño es continuo es su cuerpo y su afectividad. Su cuerpo, concretamente, se va construyendo, también, en un determinado espacio donde también se encuentran sus padres (la casa donde creció con ellos). Si los padres se separan y, además, el espacio también cambia (cuando el niño, a causa de la separación, también cambia de casa), entonces, el niño puede sentir dificultades en reencontrar su cuerpo (esto es especialmente importante, claro está, cuando el niño tiene menos de 3 o 4 años y, por lo tanto, todavía no ha construido su identidad cognitiva); es decir, sus referencias espaciales y temporales. Pero, si cuando la pareja se separa, el niño tiene la posibilidad de seguir en el espacio en el que sus padres estuvieron unidos (su casa), entonces, existe continuidad, y el trauma de la separación se vive mejor. Si la sensación de familia se destruye por la ausencia de uno de los progenitores o por la ruptura de la pareja, o si el mismo niño es quien la ha perdido, entonces, el niño conocerá dos niveles de abandono: el espacial, que repercutirá en su cuerpo, y el nivel afectivo, con la disociación de sus sentimientos -cargada de conflictos emocionales (véase Conflictos emocionales)-, que también se reflejará en el cuerpo. La conclusión que de todo ello puede desprenderse es que lo mejor sería que la vivienda quedara para los hijos, y que fueran los padres lo que vivieran en ella de forma alternativa.

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3 respuestas a Rupturas y separaciones (2/2)

  1. Pingback: Rupturas y separaciones (1/2) | Ser para educar

  2. Sofia dijo:

    He leido este articulo ya tres veces, lo encuentro muy interesante, como varios otros con los que me he deleitado! Este en particular, me toca en lo personal, ya que estoy viviendo una separacion (aun no es cien por cien segura) Pero si , me he regresado a mi ciudad de origen con mi hija (tiene 2 anios recien cumplidos) , primero por un mes, y luegos, juntos ambos padres, por necesidad personal mia, decidimos que ella y yo podiamos quedarnos aqui en mi ciudad dos meses mas (lo que implico que ella no vea a su padre por tres semanas seguidas, ya que coordinamos que el vendria a mitad de ese periodo por una semana para que nosea tan largo el tiempo de no verse) Quiero aclarar que no nos hemos pelado bruscamente, ni discutido por demas, sin mas yo me sentia muy sola en la crianza donde estabamos viviendo y entonces decidi volver a mi ciudad, donde esta mi familia , y estamos en la casa de su abuelo(tios tias y abuelos de mi hija tamb).Ahora leo al final del articulo, la necesidad de no abandonar la propia casa del hijo, donde convivia con padre y madre.. y me reseuna en mi situacion, ya que he pensando en estos meses, que ella tendria que estar en SU casa..pero que estar alli a mi no me surge saludable ni comodo por la soledad emocional que viviamos (es un lugar solitario, un bosque , sin pueblo) Entonces, como madre, me pregunto si la esoty danianado..He acompaniado este proceso con palabras, le he contadoa mi hija que nos ibamos a quedar aqui por un tiempo, pero es pequenia y aunque responde y habla, no quiero atosigarla de informaciones.. mas de las necesarias.

    • Querida Sofia,
      primero de todo quiero agradecerte tu mensaje.
      Por dos razones.
      La primera, por tu sinceridad.
      La segunda, por permitirme matizar, afinar, retocar mi escrito sobre las separaciones…

      Te leo y percibo tu preocupación. A la vez, veo el gran amor que sientes hacia tu hija.
      La primera casa de tu hija es su cuerpo y, con sus dos años recién cumplidos, podríamos decir que, esa casa, el cuerpo que será su casa, “todavía está en construcción”. Por lo tanto, con sus dos añitos, la casa de tu hija es tu propio cuerpo, Sofía. El tuyo porque eres su madre. Para tu hija, tu cuerpo funciona como si de una “segunda piel” se tratara y, podríamos decir, se extiende hasta incluirla a ella. Esa “segunda piel” (tu cuerpo extendido) que abraza a tu hija le “hace de casa”; la “hace sentir en casa allá donde esté”. Así pues, si tú estás bien tu hija está bien. Por lo tanto, si para poder estar tú bien has tomado la decisión de dejar tu casa de “ladrillo”; eso es lo mejor para tu hija…

      Sobretodo, por tu bien y por el de tu hija, no dejes de habitar tu cuerpo.

      Un fuerte abrazo desde mi casa

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