Socialización y escuela (3/3)

(Viene de Socialización y escuela (2/3)) Empiezo esta última parte con la intención de seguir desarrollando el paralelismo, que ya inicié en la anterior entrega, entre dos procesos: el de socializarse y de hacer pan.

Para hacer pan, primeramente, necesitamos obtener los ingredientes. Si disponemos de niños y niñas que han sido aceptados en su total legitimidad por sus padres y por las personas que han tenido cerca estamos más preparados que si tenemos niños y niñas que han sido negados, o han sufrido la indiferencia o la violencia. Si compramos harina estaremos más preparados que si compramos los granos de trigo enteros. Y, eso, nos recuerda, entre otras cosas, que el proceso de socialización es un proceso sistémico, global, continuo. Uno no se socializa, de 3 a 4, los lunes y los miércoles; sino que lo hacemos a todas horas y en cualquier espacio. Por lo tanto, la historia de interacciones que el niño haya vivido en casa, el estado de los vínculos familiares, el ambiente de su barrio, etc. formaran parte de su proceso de socialización. Con la harina estamos más cerca de la emergencia del pan, pero alguien ha tenido que moler el trigo. Cuando estamos preparando los ingrediente, todavía no tenemos el pan pero, es evidente, que si disponemos de la harina estamos más cerca del pan que si sólo disponemos de los granos de trigo; y el trigo no se muele en la tahona, sino en el molino. Por lo tanto, el pan no sólo se hace en el horno del panadero, sino que se empieza a hacer en las manos del que planta y prepara el terreno para que nazca y crezca el trigo y, en cómo lo planta y lo cuida y lo recoje; y, en la calidad del agua que riega los campos y en cómo el pueblo gestiona sus residuos para mantenr el rio limpio; y el proceso continúa en el molino y en cómo y quién lo muele; y etcétera, etcétera… Y, ahí, es cuando es imprescindible que escuela y familia se den la mano; que escuela – familia – sociedad se incluyan mútuamente porque todas ellas forman parte del proceso de socialización ya que, en ese quehacer humano, estamos todos conectados. Cuando disponemos de personas que han sido aceptadas total y incondicionalmente aumenta el potencial de autonomía dentro del proceso de socialización; cuando tenemos una determinada harina aumenta el potencial de llegar a devenir un determinado pan dentro del proceso de hacer pan. Pero, bien, sigamos. Una vez disponemos de todos los ingredientes, y los tenemos de manera óptima, esperaremos a que emerja la autonomía o, en su caso, el pan. Una vez disponemos de un grupo de personas que hayan vivido, y sentido, la aceptación de sus padres (o no), necesitaremos de un espacio con unas determinadas cualidades. En el caso del pan, cuando la masa está lista, la hemos trabajado lo suficiente, y la colocamos en el horno, y el horno está a temperatura adecuada, esperamos. Ahora bien, el proceso de espera requiere de atención. Es imprescindible estar atentos (véase Atención plena y Estar presente). Hemos de parar el proceso en el punto apropiado: antes, el pan estaría crudo; después, podríamos llegar a quemarlo. El proceso de emergencia es algo continuado. En esta fase, gestionar las relaciones que se establecen entre las diferentes personas, observar el desarrollo del proceso y de las necesidades individuales y colectivas que van surgiendo (físicas, emocionales, cognitivas y espirituales), preparar el entorno de manera que disponga de todo aquello que les personas puedan necesitar (a nivel corporal, emocional, cognitivo y espiritual), poner límites (con Amor) en el entorno, y poner límites en el “hacer” de algunos cuando éste atente a la autonomía de otros o del entorno, etc. es crucial. Por lo tanto, no depende, solamente, de mezclar a personas en un espacio-tiempo sino que, además, y crucial para el proceso, es menester un saber ser – hacer – convivir del adulto que observa y está atento al proceso; y, al mismo tiempo, ser consciente que el adulto no hace la autonomía de los niños, sino que, simplemente, acompaña el proceso. Es sabido por todos que hacer pan implica un saber y también un querer; el pan hecho con amor sabe distinto. Y, también es sabido por todos que el pan no sube por el esfuerzo del panadero, sino que lo hace por la relación que se establece entre los ingredientes y, entre estos, y el medio. Así pues, el panadero sólo acompaña el proceso y prepara la condiciones del entorno.

Y, ya para acabar, diré que cuando paramos la emergencia de un proceso estamos estabilizando un cambio; estamos seleccionando una nueva estructura, en lugar de la antigua. La autonomía en comunidad es un estado que va más allá de la persona individual. La persona autónoma en comunidad, como diria Wilber (1949), trasciende e incluye a la persona individual; es un estado de nivel superior al que no todos llegamos. El pan es un estado que trasciende al trigo. Si estabilizamos la experiencia paramos el proceso. De modo que parecería que este tipo de experiencias emergentes requieren de un hacerse cada día, constantemente, de la misma manera que el pan, el de cada día, también debemos hacerlo a diario (o comprarlo en la panadería). Del mismo modo, acompañar los procesos de autonomía en comunidad es algo que, como adultos, debemos acompañar a diario, porque, como proceso emergente que trasciende al ser individual, es un proceso que se hace, en comunidad y a diario.

Esta entrada fue publicada en Acompañar procesos, Derechos, Otra mirada y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Socialización y escuela (3/3)

  1. Pingback: Socialización y escuela (2/3) | Ser para educar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s