Métodos y aprendizaje

Estos días de inicio de verano vuelvo a darle vueltas al tema de la educación y los métodos educativos. Y… después de mucho ir y venir, pienso que conseguir ciertos desenlaces, ya sean corporales, emocionales, cognitivos, e incluso espirituales, normalmente, no depende, necesariamente y de manera exclusiva, del método utilizado para llegar a ellos; y que, a menudo, si el entorno es propicio y la persona está preparada, se dan, aun, a pesar de ellos.

Antes de seguir, permitidme un matiz, si queréis, algo semántico. Cuando hablo de métodos no me estoy refiriendo a técnicas. Y, me explico. Una técnica estaría relacionada con aquello QUE hago, y un método tendría más que ver con el CÓMO lo hago. Así, el método, por decirlo de alguna manera, sería de orden superior a la técnica; la trasciende e incluye. Y, yendo un paso más allá, tecnología y metodología quedarían abrazadas por una suerte de epistemología que definiría el marco, el alcance, los límites; en definitiva, el POR QUE hago aquello QUE hago de la manera en CÓMO lo hago. Bien, dicho esto, sigamos.

Voy a presentar la relación que creo que existe entre métodos y desenlaces con un ejemplo concreto. Y, entre todas las posibilidades he escogido el caso del estado de atención plena o atención no-dividida (véase Atención plena). Si uno es capaz de llegar a ese estado por sí mismo y, a su vez, es capaz de permanecer en él simplemente, entonces no tiene necesidad de ningún método que le facilite llegar a ese estado de atención. Ahora bien, a mí, personalmente, me resulta, a veces, algo difícil llegar inmediatamente a ese estado de poder ser-estar plenamente con el otro. En algunas ocasiones, no sé cómo llegar a ese estado de presencia, atenta y relajada, y, ahí, un método me va muy bien.

Ahora bien, el método, en este caso la manera de llegar a un determinado estado, el modo de conseguir determinado desenlace, sólo es un método; y… no es el estado o el desenlace en sí mismos. Es la práctica del método lo que nos puede llevar a conseguir cierto desenlace; por ejemplo, el estado de “presencia”. No es el método aquello que nos lleva a ese estado de “estar atento” y, a la vez, “estar relajado” y, a la vez, “estar conectado con nuestra presencia”; sino una suerte de integración natural y progresiva de ese método.

La confusión que, en algunos casos, se da entre método y desenlace nos lleva, erróneamente claro está, a darle más importancia al método que al estado o al proceso deseado. Sin ir más lejos, en nuestra enseñanza, las técnicas y los métodos de enseñanza-aprendizaje para los procesos de lectura y escritura, creo, han llegado a desbancar, de largo, al propio desenlace -natural, diría Freinet (1896 – 1966)– de llegar a “leer” y “escribir”. Y, cómicamente, y con el resorte del miedo, el maestro está más pendiente del método a seguir que de las verdaderas necesidades del niño (y, de paso, digo, que eso también puede suceder cuando uno sigue a pies juntillas ciertos métodos o ideas educativas, como el método Montessori o la idea de no-directividad o el modelo de la llamada escuela libre o lo que fuere que uno agarre por bandera). En este caso, y en otros, a medida que, de manera natural, se van practicando ciertos métodos de aprendizaje de la lectura/escritura, e, incluso, a veces, como ya he dicho, a pesar de ellos, el “desenlace” deseado surgirá poco a poco.

El estado de presencia, el concepto de número, la gestión de la ira, el proceso de andar, leer y escribir, y tantos otros desenlaces, no son algo que se pueda “hacer”, sino algo que se produce espontáneamente; algo que emerge sistémicamente como fruto de la relación que se da entre una serie de elementos (véase Socialización y escuela (1/3)). Por citar algunos, voy a desplegar tres: por un lado, es importante que uno esté conectado y se deje llevar por su propia necesidad interna de ir hacia ellos (Piaget, el cuerpo y las emociones); y, ahí, si se tiene en cuenta y se respeta este punto, motivación y voluntad, en lugar de funcionar como opuestos, irán de la mano y se complementarán (véase Motivación y voluntad se dan la mano). Por otro, es casi imprescindible que uno, metafóricamente, encuentre las respuestas a sus preguntas en el vivir de las personas que lo rodean (Vigotsky, los otros y las relaciones); y, ahí, los desenlaces, primero y de manera escalonada, se darán de manera interpersonal -en la relación con el otro y con el entorno- para, luego, pasar a ser intrapersonales -en la relación con uno mismo- (véase La coconstrucción de aprendizajes). Y, por último, es esencial que uno perfeccione la práctica (no como aquél que es fiel a una supuesta cultura del esfuerzo, sino como aquél que en su hacer sigue la llamada de su dentro-fuera). No quiero acabar la enumeración de esta trinidad sin poner la guinda al pastel. Y, el 4, sería que uno encontrara un entorno humano que le escuchara, le respetara y le acompañara (sin interferir) su interior; y, a su vez, lo guiara por el sendero que se dibuja en la relación que se da entre el dentro – fuera de cada uno.

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3 respuestas a Métodos y aprendizaje

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