La no-directividad y yo (1/3)

Con este título quiero poner de manifiesto que lo que aquí voy a escribir es mi viaje personal alrededor del concepto de la no-directividad. Pretendo, simplemente, poner en palabras lo vivido para que, sin buscarlo, le pueda servir al lector para su propia reflexión. No persigo, pues, ni dictar cátedra ni crear escuela entorno a mi particular proceso; y mucho menos, Dios me libre, proponer mi visión como la única y verdadera.

Dicho esto, creo que a mi favor, voy a decir, no en mi contra pero si como protección, que mucha de la gente que dice ser no-directiva y mucha de la gente que se considera detractora de esta práctica no conocen en letra (ni han experimentado en cuerpo), ni por encima ni por debajo, el propio concepto que aman, los unos, y aborrecen, los otros. Por lo tanto, a mis ojos, ese desconocimiento los invalida, a unos como supuestos defensores, y a otros como críticos; y, lo dicho, me aleja voluntariamente de ambos.

Por mi parte, quiero manifestar mi marco y mis límites. Nunca he trabajado con el psicodrama de J.L. Moreno (1889 – 1974), una de las fuentes de donde bebe la no-directividad. Ahora bien, en teoría y a la práctica, me he mojado abundantemente con el agua que mana de la otras dos fuentes que también alimentan el río de este concepto. A saber: por un lado, la teoría y la práctica de la dinámica de grupos (en este caso, más que en ningún otro, ligadas metodológicamente); y, por otro, el trabajo de Carl Rogers (1902 – 1987).

Antes de empezar, la necesidad de entender la no-directividad me obliga a aclarar tres conceptos. Primero, lo que llamamos percepción y campo perceptivo. Segundo, lo que entendemos por persona. Tercero, la relación entre el primero y el segundo, y la no-directividad.

Empiezo por el primero. La psicología clásica entiende que la percepción es el proceso de recibir y organizar todo aquello que nos llega a través de los sentidos. Ahora bien, la psicología humanista entiende la percepción como el significado que damos a todo aquello que ocurre dentro y fuera de nosotros. Así pues, el campo perceptivo, a modo de campo fenomenológico, vendría a ser el conjunto de las percepciones presentes, en el aquí y el ahora, en cada persona.

Sigo por el segundo. Según el conductismo clásico, la persona es considerada como un ser reactivo, encerrando su comportamiento bajo la fórmula “estímulo-respuesta”. Por su parte, el psicoanálisis clásico entiende a la persona como alguien reactivo en profundidad, determinado por sus experiencias pasadas y por fuerzas e instintos interiores. Ahora bien, la psicología humanista se abre a una persona creativa, que puede incidir sobre su entorno, que toma decisiones con responsabilidad, y que crece en busca de la autorrealización (A. Maslow (1908 – 1970)), en busca de la identidad personal (E.Erikson (1902 – 1994)); y que, todo ello, se extiende más allá de la dimensión social hasta llegar a la trascendencia (V. Frankl (1905 – 1997)).

Termino con el tercero. Rogers, amparado por el concepto humanista positivo de ser humano (segundo concepto), constata en su práctica que, cuando consigue crear las condiciones favorables en el proceso de crecimiento, la persona se transforma en activa y funciona de manera útil y constructiva. Y que, ello, se consigue más y mejor, cuánto más se evita incidir en su campo perceptivo (primer concepto). Así pues, una intervención no-directiva (tercer concepto) se dirige a intentar que la persona tome conciencia de los factores externos más significativos, y de todo aquello que determina su campo perceptivo; sin imponerle estructuras ni en el campo perceptivo ni en el experiencial.

Pues bien, hacia el 2006-2007, época en la que empecé con una no-directividad práctica, inconscientemente, vivía en un estado de perpetua cobardía. Digo esto porque el miedo a ser directivo me atenazaba. Y, para poder explicar mi inmovilidad, voy a volver a la teoría. Rogers, partiendo de la aceptación incondicional del otro y de su voluntad por comprenderlo (véase La felicidad de sentirse acompañado), y en base al concepto humanista de persona, entendió la no-directividad como una actitud esencialmente positiva. Podríamos resumir su optimismo en la siguiente frase: no es necesario dirigir al niño a pensar – sentir – hacer de una manera determinada; ya que, si se crean unas condiciones favorables, él se transforma en activo y constructivo (véase Autopoiesis y Autorregulación). En cambio, yo, en esos momentos, poniéndolo en práctica de manera demasiado ortodoxa, lo convertí, sin quererlo, en algo negativo. Para mí, ser no-directivo, no estructuraba una serie de conductas y actitudes concretas, sino que significaba simplemente no ser directivo. De esa manera, en lugar de acompañar al niño para que fuera consciente de ciertos elementos externos y de todo aquello que determinaba su campo perceptivo, me esforzaba -simplemente- en no imponerle estructuras ni en el campo perceptivo, ni en el experiencial y, por extensión, a veces incluso, tampoco en el conductual. (Sigue en La no-directividad y yo (2/3))

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5 respuestas a La no-directividad y yo (1/3)

  1. Joan Gutiérrez dijo:

    Bon dia Guillem i companyia,

    L’altre dia al càmping de Vinyols vam fer un partit de futbol!!! Fotia un sol de mil dimonis… anàvem amb xancletes… la pilòta era de cuir … i les porteries de hockey… je, je…

    Vam començar el partir: el Guillem i jo érem un equip; i l’Òscar, el Jan, l’Oriol i un altre noi feien l’equip contrari.

    Ben aviat els dos homenots convertits en canalla van començar a passar-se-la i els gols anaven caient; per altra banda, en els quatre cadells els nervis creixien i dominava el joc individual i el xut precipitat. – Quan anem?, deien amb resignació. – No ho sé, no ho comptem, deiem amb cara de vergonya… però això de no comptar no convencia aquells marrecs! Ells sabien en el fons que el seu joc no donova el fruït del nostre i axiò creava certa frustacio. Una entrada forta del Jan al seu pare ho confirmava….

    – Jo veig que nosaltres ens la passem més. Vaig dir amb aires que destil·laven un intent pseudodirectiu i pata-pedagògic.

    La cosa els hi va calar… una estoneta….

    – Pot ser com que sou més us podrieu separar més i llavors nosaltres hauríem de córrer més per agafar la pilota. Aquest missatge era directiu (també respectuós). Els convidava, no els instruïa.

    La cosa va anar agafant volada i va començar a caure algun gol fabricat dels quatre benjamins…

    -Quan ataquem és una cosa i quan defensem és una altra. Quan defenseu, un podria anar pel que té la pilota, l’altre podria estar a sobre del qui no la té, un podria cobrir la porteria i el que queda podria defensar l’espai buit. Sou quatre ratolins contra dos elefants. Podeu aprofitar que sou més!

    Renoi!, l’aspecte del joc es transformava per moments…

    – Tot semblava rotllar. El Guillem hem deia: Ostres, aquest joc amb un entrenador amb cor podria ser una gran cosa…

    Acte seguit, l’Oriol marcava aferrissadament el Guillem i cau al terra fent-se una bona rascada. Plora, i el seu pare que estava atent al joc el consola i se l’emporta per posar-li aigua. Decidim esperar-lo per reemprendre el joc. L’Oriol tarda, i el Jan comenta: Veus què passa quan es fan invents!!!

    Al cap d’una estona, els nostres benjamins es troben dos nens més grans del càmping, ara van al mateix equip. Aquests dos nens ja en saben d’estratègia, i volen organitzar el joc del Jan, l’Oscar, l’Oriol aquell altre noi. Tú posa’t aquí, tu posa’t allí. Comença una discussió. El Jan, l’Òscar i l’Oriol diuen: nosaltres volem fer com volguem! Tots som tot!!!. Veuen que jo m’acosto per incorporar-me al seu equip i l’Oriol m’informa: Joan, tots som tot. Jo dic: Ah, d’acord! Comença un altre partit, ara tots som tot. I jo, reconec, també m’ho passo d’allò més bé!!!

    Je, je, sembla ser que qualsevol petit trosset de realitat pot contenir forces d’expansió i retracció….

    Una abraçada,

    Joan

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