La no-directividad y yo (3/3)

(Viene de La no-directividad y yo (2/3)) Integrar y trascender la no-directividad me ha servido para alejarme de una etiqueta, de una idea, de una prisión que me encarcelaba por los cuatro costado. Estar atado a un concepto me llevaba, a menudo, a colocar el marco por delante del niño. Me empujaba, como el río al tronco, a leer todas mis intervenciones bajo esa óptica y, en ese trayecto, olvidarme de lo importante: el niño. Rabindranath Tagore (1871 – 1941), lo expresa de una bella manera en su maravillosa novela La casa y el mundo (1916):

Los libros no nos enseñan nada. En las Escrituras podemos leer que nuestros deseos son lazos que nos encadenan y que encadenan a los demás. ¡Palabras vacías de sentido! Sólo cuando le abrimos al pájaro la puerta de su jaula comprendemos hasta qué punto el pájaro nos libera. Sea lo que sea que enjaulemos, nos encadena con deseos más fuertes que cepos de hierro. Esto es lo que el mundo no ha llegado a comprender. Se quiere reformar siempre fuera de uno mismo, pero es en uno mismo, en sus deseos, donde hay que efectuar reformas, y en ninguna otra parte.

Nosotros creemos que somos dueños de nosotros cuando poseemos el objeto de nuestros deseos. Pero no somos señores de nosotros mismos hasta no haber liberado nuestros corazones de nuestros deseos.

Liberarme de la no-directividad fue dejar volar el pájaro y, con ello, poder volar, yo mismo, hacia la búsqueda de mi propio arte. Hasta entonces, y por no querer sentir miedo, me escudaba en libros, conceptos, ideas, promesas… y, toda esa basura me impedía estar en verdadero contacto conmigo mismo. Sylvain Tesson (1972), en La vida simple (2013), lo dice así:

Cuando uno desconfía de la pobreza de su vida interior, hay que llevar buenos libros: con ellos siempre se podrá llenar el vacío.

Rogers en Psicoterapia y relaciones humanas (1967) dice lo siguiente: lo importante no es la ausencia de directices, sino la presencia en el terapeuta de ciertas actitudes respecto al cliente y de una cierta concepción de las relaciones humanas.

Todo ello, y algo más, me ha llevado a integrar y trascender la no-directividad y a enfocar mi mirada en tres aspectos a la vez: en el niño, en mí mismo y en el entorno que nos permite vivir (véase De la no-directividad a una atención trifocal (1/3)). Por un serie de razones:

  1. A menudo, lo que le pasa el niño tiene que ver con lo que le pasa al educador (y con el tipo de relación que con él mantiene). Es necesario, pues, dirigir la mirada al niño y, a su vez, a uno mismo.

  2. A menudo, lo que le pasa al niño tiene que ver con la manera en como está estructurado el entorno (físico y humano; objetos y actitudes), y con el modo en cómo él lo vive y lo siente. Vale la pena mirar al entorno y no perderlo de vista. Vale la pena aprender a manejar los límites que permitan que el niño sienta, en el espacio, la seguridad que necesite para poder desarrollarse.

  3. A menudo, el niño es un síntoma de una situación. Y, las causas y razones a las que obedecen esos síntomas se encuentran, a veces, en su entorno familiar. Entonces, hay que actuar en consecuencia; y dirigir la mirada hacia el entorno familiar.

  4. Lo que le pasa al educador puede tener que ver con el niño, o puede estar relacionado con sí mismo. Saber diferenciar ambas sensaciones es de gran utilidad para el proceso educativo y, a su vez, para el proceso personal del educador. Una vez separado el grano de la paja es útil actuar en consecuencia. Así pues, es imprescindible no dejar de mirarnos.

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3 respuestas a La no-directividad y yo (3/3)

  1. Pingback: La no-directividad y yo (2/3) | Ser para educar

  2. Pedro dijo:

    Muchas gracias por tu extensa respuesta.
    He quedado ámpliamente satisfecho…

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