Una ética heredada

En este final del verano que, en lugar de anunciarme al otoño, parece que me invita a mi particular invierno; me encuentro con esta pequeña epístola de Thomas Merton (1915 – 1968).

No es fácil tratar de decir lo que sé que no puedo decir. Tengo realmente la sensación de que tú has visto algo más valioso… y también más asequible: la realidad que está presente a nosotros y en nosotros, y a la que puedes llamar “Ser”, “Atman”, “Pneuma”… o “Silencio”.

Y el simple hecho de que estando atentos, aprendiendo a escuchar (o recobrando la capacidad natural de escuchar, que no puede ser aprendida, como no se puede aprender a respirar), podemos vernos inmersos en una felicidad de tal naturaleza que es imposible de explicar: la felicidad de estar en armonía con todo en ese escondido fundamento del Amor para el que no hay explicación posible.

Supongo que lo que más me place es que todos nos reconozcamos unos a otros en ese espacio metafísico del silencio y felicidad y tengamos, al menos por un momento, la sensación de que estamos llenos de paraíso, sin siquiera saberlo.

En diferentes artículos (véase Identidad y esencia y Educar para Ser) he hablado ampliamente del hecho que en todos nosotros, desde que nacemos, existe algo así como un punto tierno. Para ello, en diversas ocasiones he hecho mención del libro de Trungpa (1939 – 1987), Shambhala: la senda sagrada del guerrero (2008)

Ese lugar dentro de uno mismo, ha sido bautizado con infinidad de nombres: alma, centro, esencia, sí mismo, bondad fundamental, yo interno, joya de incalculable valor. Esa bondad arropa todo nuestro potencial interno; todo aquello que está esperando el momento adecuado para desplegarse, para abrirse al mundo. Merlo, en La fascinación de oriente (2002) nos dirá que todo el desarrollo esencial es, en última instancia, el desarrollo de la joya. Esa joya nos invita a convertirnos en lo que podemos llegar a Ser. Y, Shah (1924 – 1996, en El camino del Sufí (1995), se referirá a ese llegar a Ser de la siguiente manera: Ser es absolutamente bueno. Si contiene algún mal, no es Ser.

En algún otro artículo ya he hablado también de Kropotkin (1842 – 1921) y de su teoría sobre el apoyo mutuo (véase La evolución cooperativa). Pues bien, ahora y aquí, quiero relacionar lo uno con lo otro; ese punto tierno con la idea de la bondad en el reino animal. Es decir, apuntar que esa bondad innata no está confinada solamente a los seres humanos, sino que la heredamos en un largo camino evolutivo.

Ya Kropotkin quedó mucho más impresionado por la lucha de los animales contra los elementos que por sus luchas internas; lo cual, en su libro El apoyo mutuo (1989), le llevó a enfatizar, como factor evolutivo relevante, los procesos de cooperación y solidaridad entre los animales en el duro clima de Siberia. Más adelante, para Kropotkin, en La selección natural y el apoyo mutuo (2009), será clave demostrar que existen instintos sociales primordiales, una bondad casi instintiva, anclada en el proceso evolutivo de Ser Humano. De esta manera, ese punto tierno y bondadoso, también según De Wall, en Primates y filósofos (2007), nos viene heredado, junto con otras muchas cosas, de nuestros ancestros no humanos a través del proceso de la selección natural.

Y, todo ello para poder afirmar que, tal y como nos expone Damasio en su libro En busca de Spinoza (2006), la esencia del comportamiento ético no se limita a los seres humanos.

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