Aprender… ¿sin esfuerzo?

Maturana (1928), en diversas ocasiones, define el aprendizaje como la transformación de la estructura interna del ser vivo coherente con las circunstancias de su vivir en el fluir de sus interacciones, sin esfuerzo (véase ¿Cómo sé lo que sabes? y No aprendemos a través de la instrucción).

Cuando yo tenía 15 años, a mi madre no le gustaban algunas de mis compañías. Y, ella, lógicamente y de manera amorosa, se preocupaba por el grupo de amigos que yo frecuentaba. Me decía: “No me gusta que vayas con esta gente porque aprenderás sus maneras de hacer las cosas… y, eso, me preocupa”. Yo, como era lógico, le respondía: “No, mamá, yo eso no voy a aprenderlo”. Pero, sin duda, mi madre estaba en lo cierto. En el fluir de mi historia de interacciones con mis amigos, yo y ellos, nos íbamos mutuamente transformando coherentemente con las circunstancias que vivíamos; de manera que, ellos y yo, íbamos cambiando, sin esfuerzo. De alguna manera (y sin entrar en detalles y en proporciones; y, seguramente, sería importante e interesante entrar en ellos), yo me iba pareciendo más a ellos, y ellos, a su vez, se iban pareciendo más a mí. Y, a eso, a esos cambios de nuestra estructura interna (que luego se reflejaban en conductas concretas, como muy acertadamente sospechaba mi madre) fruto de las relaciones que manteníamos con nuestro entorno (y entre nosotros) coherentes con nuestras circunstancias; a eso, a eso que, además, hacíamos sin esfuerzo, a eso, le llamamos aprendizaje.

Y, ¿qué quiere decir “sin esfuerzo”?

Resulta que, en la escuela, para conseguir el esquivo aprender, y sobretodo cuando éste se nos vuelve escurridizo, nos encomiendan leer libros, o consultar profesores de refuerzo, o mejorar ciertas de nuestras técnicas (fórmulas de concentración, métodos nemotécnicos, técnicas de estudio, ejercicios de mejora, etc.). Y, si todo eso fracasa, y el aprendizaje todavía se nos resiste, la escuela, por lo general, nos culpa -nos suspende- por no haber practicado con suficiente ahínco las susodichas técnicas, o por haberlas usado con poco regularidad, o por haberlas aplicado con poco atino, o por no haber disfrutado del suficiente apoyo de nuestra familia… Todo ello, nos lleva, en el mejor de los casos y si todavía no se ha roto nuestra autoestima, a emprender con nuevo ímpetu, y esfuerzos renovados, el trabajo que creemos imprescindible para conseguir nuestro preciado objetivo: aprender. Pero, vamos a ver, ¿aprender o aprobar exámenes?

El esfuerzo puede mejorar la conducta, pero no puede cambiar la persona. A veces, cuando pienso en todo esto, las preguntas que me resuenan son algo así como: ¿qué debo hacer para aprobar su asignatura, Sr. Profesor?, ¿cuánto dinero debo gastarme (en libros, en clases de refuerzo, en profesores especializados, etc.) para conseguir un 5?, ¿cuánto esfuerzo debo dedicarle a la materia?, ¿qué método debo seguir? (Véase Métodos y aprendizaje)

Aprobar un examen puede conseguirse con esfuerzo. Aprender no depende del esfuerzo (Véase Métodos blandos o duros (1ª parte)). Aprender es un proceso que depende de muchos elementos y que se da sin esfuerzo. En el aprender, uno no puede controlar los cambios que va viviendo internamente, ni puede planificarlos por adelantado, ni puede decidir cómo se producirán, ni cuándo se van a dar. Aprender es un proceso que requiere su tiempo y sus modos.

Y, ¿qué podemos hacer para ser conscientes de nuestro aprender? Uno puede observarse, y observar su conducta; ponerle conciencia, atención, luz. Uno puede sentir. Uno puede experimentar los cambios que se van produciendo en su interior. Uno puede ser consciente de sus nuevas reacciones; de sus nuevas conductas. Uno puede ser consciente de sus nuevas maneras de relacionarse con la gente; de sus nuevos sentires. Uno puede ser consciente de las nuevas maneras de resolver las situaciones que se le van plantando en su cotidiano; de sus nuevas maneras de plantear soluciones. Y, esa conciencia no se ha de transformar en un nuevo esfuerzo; ya que, ese ponerle conciencia a la vida es un placer. El mismo placer que siente un niño al descubrir el mundo. Incluso cuando nuestra atención descubre cosas que pueden desagradarnos; incluso entonces, pude ser una gran alegría.

Para terminar, voy a plantear el titular de dos anécdotas. El primero: cuando conocí a mi compañera, y me enamoré locamente de ella, realizaba, a diario, tremendas caminatas para poder verla. El segundo: el día que subí al Monte Perdido me levanté antes de que saliera el sol y caminé horas y horas sin parar por una empinada cuesta que no terminaba jamás. En ambas situaciones, gasté muchísima energía, incluso puedo decir que, a veces, fue penoso y muy cansado; pero no era cuestión de esfuerzo. Incluso puedo decir que fue divertido.

Aprender es fácil y puede ser divertido, no requiere esfuerzo; aunque, a veces, puede resultar penoso, muy doloroso y cansado (Véase Motivación y voluntad se dan la mano).

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2 respuestas a Aprender… ¿sin esfuerzo?

  1. Pep miquel Garcia Ramos dijo:

    Ir por el camino
    es traspasar los límites…cuando el pensamiento vuela
    sobre los ojos y las luces…
    La aventura es un fragil hilo que nos dan el canto
    la trasparencia para una posible ensoñación…
    Alas susurrando el hálito de vuelo
    la frescura del amor
    o el cariño
    o la ternura
    quién lo sabe…
    A veces el camino llama el amanecer.
    Pepmiquel

    • Pepmiquel,
      tu comentario me toca…

      Me ayuda a levantarme,
      a ver el horizonte que se despliega delante de mí.

      Agradezco tu luz que, de alguna manera, siempre me ha estado acompañando…

      Un fuerte abrazo
      Guillem

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