Como una máquina

L. Tolstoi (1828 – 1910), en el relato Las tres preguntas del emperador, nos cuenta la historia de un emperador que piensa que, si conociera la respuesta a 3 preguntas, nunca fallaría en ninguna cuestión. Las preguntas son: ¿Qué es lo más importante a hacer?, ¿cuál es el momento más oportuno para hacerlo? y ¿a quién se debe hacer? En un principio, el monarca, sin suerte, busca las respuestas fuera de sí; busca a alguien que pueda contestar sus dudas. Finalmente, una serie de vivencias que experimenta en carne propia, acompañadas por la guía de un ermitaño, le sirven para contestarse a sí mismo, desde dentro. Según lo que descubre, sólo hay un momento importante y ése es el ahora. La persona más importante es siempre con la que se está, el otro, ésa que está delante de uno. Y el propósito más importante es hacer que esa persona, la que está junto a uno, sea feliz.

El arte de educar que emerge de esta pequeña historia es un reflejo de lo que pretendemos en el proyecto donde trabajo. Nuestra humilde utopía educativa coincide, de alguna manera, con las conclusiones sacadas por el emperador en su búsqueda de la verdad. El niño, en su vivir, explora e interactúa con el mundo que le rodea (natural, cultural y humano); y el educador, de manera respetuosa, prueba de hacerle de guía en ese camino que llamamos Vida. Para el educador cada intervención es un salto al vacío y en cada una de ellas se da cuenta que, ése, el aquí y el ahora, es el único y más preciado tiempo de que dispone. El otro (en la forma que sea: educando, familia, compañeros de equipo, etc.), y el tipo relación que con él mantiene, es lo esencial porque, por una parte, el otro es quien recibe todo lo que el educador da; y, por otra, el otro es el espejo en el que el educador puede mirarse y, de esa manera, seguir creciendo como persona. Por último, el objetivo de esta educación en la que creo es conseguir que emerja aquello que el niño ya lleva dentro; y, sin duda, el hecho de poder desplegar todo su potencial interno es la fuente que le va a proporcionar aquello que podríamos llamar felicidad.

En cierta manera, pues, la educación que pretendemos resulta ser una suerte de preventivo frente a la depresión y la infelicidad. Si coincidimos en la idea que una buena terapia es un proceso que nos permite reconectarnos con nuestras verdaderas necesidades; entonces, el mejor remedio para no enfermar bien pudiera ser vivir en conexión con uno mismo. Al parecer, digámoslo de paso, algo nada sencillo. Así pues, preparar y cuidar entornos para que los niños y las niñas puedan escucharse y satisfacer sus verdaderas necesidades de manera autónoma sería, sin duda alguna, un modo de velar por su salud y bienestar en un sentido amplio.

Y, aquí, en ese contexto escolar que pretendemos que sea respetuoso, es cuando yo, como educador, me descubro, a diestra y siniestra, esgrimiendo conductas que, en algún momento, me fueron necesarias; pero que, ahora, resultan obsoletas y, hasta cierto punto, dañinas. Me doy cuenta de que mis respuestas, a veces, lejos de ser auténticas, persiguen con desespero el reconocimiento y la mirada del otro; pretenden obtener aquello que en algún momento busqué y no hallé (o, tal vez, conseguí y luego perdí), y que ahora echo en falta. Y, por lo tanto, desconectado de lo que verdaderamente necesito, pululo, como ya vaticinó Gurdjieff (1869 – 1949),  cual máquina inconsciente.

Y, cabe decir que, todo ello, toda esa desconexión de mí mismo, la voy salvando, a veces y de casualidad, con algo que, poco a poco, voy practicando, voy viviendo: la lentitud. Lentitud que se traduce en maneras de estar con mí mismo y, de ese modo, poder estar con el otro y con el entorno. A saber: saborear cada momento cual fruta madura, respirar cada instante vivido, fluir con el no-hacer (véase Wu-wei), usar la visión periférica, soltar las amarras de la seguridad, regresar al cuerpo, huir de los saberes y las certezas, estar centrado (véase Conectados con la Vida), enterrar las expectativas, practicar la atención plena (véase Atención plena), aparcar las exigencias… Dejar a un lado esa respiración mía, esa respiración de urgencia, escasa y mísera, entrecortada y sin ritmo alguno, con la que, simplemente, logro sobrevivir. Recuperar mi respiración plena, consciente, a todo pulmón, espléndida, con la que poder inflar las velas de mi cuerpo; con la que lograr vivir. Y, otra vez, en eso, a respirar, a vivir, los pequeñines de menos de 3 años, con los que comparto algunas de mis mañanas, son modelo que me permite recordar lo que en algún momento supe y que, con el tiempo, he olvidado. A todos ellos, desde la máquina que soy, les doy las gracias.

Esta entrada fue publicada en Acompañar procesos, Dentro-Fuera, Felicidad y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Como una máquina

  1. Pingback: El darse cuenta | Ser para educar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s