Soledad y angustia

Aquí estoy, solo. Como Rousseau (1712 – 1778) en los paseos que inspiraron su último libro, Las ensoñaciones del paseante solitario, ahora y aquí, no tengo a nadie más que a mí mismo. Y, a la manera del Robinson de Defoe (1660 – 1731), igual que hizo el filósofo, me pregunto: ¿qué soy desligado de todos y de todo? Y, eso, ¡maldita sea!, respuesta ontológica inefable (véase Encarnar nuestro verdadero Ser), es aquello que me gustaría experimentar y, salvo en contadas ocasiones, fugaz relámpago, abrir y cerrar de ojos, no lo logro.

Rousseau, en su obra póstuma, nos cuenta que, en sus horas de soledad y meditación, se siente plenamente él mismo. En esos momentos, él es para sí mismo, sin distracciones ni obstáculos. En esos instantes de soliloquio, él es aquél que la naturaleza ha querido que fuera. Y, en ese sí-mismo, en ese recóndito lugar dentro de sí, encuentra la anhelada libertad.

Sigo estando solo. En esa soledad, en esa plática con aquél que siempre va conmigo –nos dirá el gran poeta Machado (1875 – 1939)–, se fraguan las oportunidades en las que puede emerger mi Ser. Sin embargo, a menudo, para encontrarme, por acumular excesiva contaminación, no me basta la simple soledad. Para poder llegar a mí mismo, en esa carencia de compañía, además, requiero, paradójicamente, de la presencia de alguien más: la angustia. La angustia en soledad: una desagradable sensación que me invita a perder el interés por todo y por todos. Y, ahí, en esa sensación, útil no por lo desagradable sino por el hecho que me acucia a un austero desapego, en ese vacío fértil, aparezco, a veces y no siempre, yo mismo. Un yo mismo, mi Ser, al modo que Heiddeger (1889 – 1976) nos lo reveló en su Ser y Tiempo.

Ahora, no entiendo otra manera de encontrarme con el otro que desde mi soledad. Es decir, en la soledad en la que puede emerge mi Ser, a veces atino con el otro. No siempre lo consigo. Algunas veces, pasa. Pasa poco, pero pasa: emerge el otro, el otro como sujeto, como Ser, como un otro yo, a la manera de Buber (1878 – 1965). Entonces, el otro, magia transaccional, también en su propia soledad, puede encontrarse conmigo; la epifanía del nosotros, el encuentro yo – otro, desde la soledad compartida.

Delante de un niño procuro estar en soledad (Véase Soledad, silencio y amor). En esa soledad en la que, como Unamuno (1864 – 1936), me permito derretir la capa de pudor que me separa del otro. En esa soledad en la que puede emerger mi Ser. Ese Ser que abraza al otro, al niño. Ese Ser que da permiso para que el otro también Sea. Ese Ser, yo en soledad, que Está; sin juzgar, sin etiquetar, sin programar resultados, sin esperar nada a cambio, sin analizar, sin usar palabras… simplemente Siendo, nada más y nada menos (véase Simplemente… ser).

Ahora bien, si no lo logro, si no logro sentirme solo conmigo mismo, si no consigo estar cerca de mí mismo; entonces, no consigo llegar al otro. Y, en ese estar lejos de mí mismo, el niño, abandonado en la inclusa de ese momento, deja de percibir mi presencia. Sin mi presencia, lanzado al vacío, el niño ya no se vive como otro-yo, sino como un ello. Un ello, dirá Buber, como algo que está ahí, como un objeto delante de mí. Algo con quien trabajo: a quien puedo acompañar, a quien puedo dedicar mis pensamientos, a quien puedo tocar, a quien puedo evaluar… Alguien con quien, aunque le acompañe física, emocional y/o cognitivamente, estoy sólo parcialmente.

Es la soledad compartida tierra abonada para que nazca el nosotros. Así pues, con herramientas de eremita (véase Educar para Ser), la educación que construyo día a día, piedra a piedra, abre las puertas a una suerte de mística. Mi mirada contemplativa, desde mi vacío, quiere darle, sin buscarlo, al interruptor del niño. Por lo tanto, sin pretenderlo, con mi presencia, a tientas, a veces (las menos), abro su luz –una luz que ya está ahí aunque yo no la haya visto antes– (véase Simplemente… ser). Una luz que está, pero que requiere de mi presencia en el encuentro para poder ser. Una luz que encendida, liberado mi yo de prejuicios y a la vez cargado de paradojas, ilumina su habitación interior y alumbra a Aquél que el niño lleva dentro. Y, por qué no atreverme a decirlo, Ése que el niño lleva dentro de sí, si se da el encuentro, ¡qué lotería!, me abraza. Y, entonces, en ese instante, desde mi pequeñez, sonriendo y con lágrimas en los ojos, el niño me sostiene; el educando sostiene al educador.

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3 respuestas a Soledad y angustia

  1. Joan Gutiérrez dijo:

    Bona nit Guillem i companyia,

    El otro día me contaron la historia de la tortuga. Con su caparazón va a todas partes, y llega un momento que siente que su cuerpo está agarrotado. Le pesan las patas, le duele la espalda. Se para, se quita el caparazón. Hace unos estiramientos, se relaja, se respira. Vuelve a colocarse el caparazón y sigue su camino. Algo más descansada.

    Léase EGO cuando decimos caparazón. No podemos vivir sin él, pero que bueno sería poder hacer con nuestro EGO de vez en cuando, lo que hace esa tortuga con su caparazón…

    Salut!

    Joan

    • Guillem Massot dijo:

      Que bueno sería adelgazar nuestro caparazón, incluso perforarlo… para hacerlo, así, más ligero.

      Ir ligeros de equipaje como los náufragos; llegar a una isla desierta y, claro, empezar de nuevo; por que ¿cómo movernos por el mundo sin nuestro caparazón? ¿sin la seguridad que nos da? ¿cómo hacer “de nuevo” lo que siempre hemos hecho de una determinada manera?

      Quitarnos el caparazón por el dolor que nos provoca el llevarlo; adelgazarlo y volverlo ligero, de quita y pon, para vestirnos con él a voluntad; aprender nuevas maneras de hacer, de pensar, de sentir…

      Gracias, Joan
      Un abrazo
      Guillem

  2. Pingback: Dos barreras | Ser para educar

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