¿Qué deseo conservar?

La vida está repleta de transiciones. Las hay de todos los colores y formas. Son algo habitual, a pesar de que, a veces, no seamos conscientes de todas ellas. Así pues, algunas las percibimos con claridad: sus causas, las consecuencias que acarrean, los cambios que llevan asociadas, todo lo que nos obligan a abandonar… En cambio, otras nos pasan más desapercibidas. Ahora bien, todas ellas van acompañadas de pequeñas o grandes crisis que, si sabemos aprovecharlas, son oportunidades para madurar y seguir desarrollándonos como personas.

Huelga decir que hay transiciones que todas y todos pasamos, aunque no todas las aprovechemos de igual forma. Son varios los autores (Piaget, Maslow, Erikson, Kholberg, etc.) que han definido (cada uno desde su especialidad), de manera más o menos precisa, aquellos pasos que todas las personas, si el entorno nos es propicio, acabamos realizando con mayor o menor éxito. Son cimas que al coronarlas nos pueden llevar a un estado más elevado de consciencia; a una disminución del egocentrismo y a un consecuente aumento del descentramiento. Cabe decir que esos cambios que todos y todas podemos vivir no son ni lineales ni tienen porque ser globales. No son lineales porque más que una recta siguen una especie de espiral: una suerte de escalera de caracol que va subiendo pasando por los mismos puntos, por lugares ya transitados, pero a diferente nivel. No son globales porque, aunque pueden darse de manera holística (físico – emocional – cognitivo), no tiene porque ocurrir así. A menudo, esos jalones se dan a un solo nivel (o a dos), ya sea físico, emocional, o cognitivo; y el resto de niveles quedan retrasados en un estadio inferior o anterior.

Toda transición va asociada al cambio. Y de ello no queda ninguna duda. Sin embargo, hemos crecido con la convicción que lo esencial de las transiciones son los cambios que llevan incorporadas. Y, aquí, en esa llaga, es donde quiero poner el dedo. Para mí, coincidiendo con Maturana (1928), lo esencial de una transición no es el cambio sino lo que en ella deseamos conservar. No quiero decir con ello que el cambio no sea algo significativo, impactante, trascendente. Lo es y mucho. A lo que apunto es a que, no obstante el cambio es algo altamente significativo, aquello esencial en toda transición no es lo que cambiamos sino lo que queremos conservar.

Cuando empecé a salir con la que ahora es mi compañera me encontraba, sin saberlo, en un importante transición. A raíz de estrechar la relación con ella, se dieron una serie de cambios en mi vida: dejé de hacer ciertas cosas, descuidé algunas relaciones, abandoné algunos hábitos, incorporé nuevas maneras de ver el mundo, etc. Ahora bien, pese a que lo más aparente fueron los cambios, lo central en esa transición no fueron los transformaciones que provocó, sino lo que, contra viento y marea, yo quise conservar. A saber: mi relación con ella. El afán de querer conservar mi relación con ella me llevó a realizar, consciente o inconscientemente, una retahíla de metamorfosis.

En toda transición los cambios son inevitables. Dejamos lo viejo e incorporamos lo nuevo. Y, ni que decir tiene que es importante preverlos, planificarlos, organizarlos. Ahora bien, sin desestimar el cambio, para mí, es esencial, hacernos conscientes de aquello que, en la transición, queremos, deseamos, conservar. ¿Por qué? Porque, consciente o inconscientemente, todos los cambios que vamos admitiendo pivotan alrededor de aquello que deseamos conservar. Y si lo esencial es aquello que conservamos, creo, vale la pena saber qué es, y todo lo que sacrificamos por mantenerlo.

En la escuela estamos acompañando una serie de períodos de adaptación de niños y niñas de edades comprendidas entre los 2 y los 5 años. Dejar la seguridad del núcleo familiar y encontrarla en otro contexto es un claro ejemplo de transición. Y, ahí, me pregunto: ¿qué es lo central en un período de adaptación?, ¿qué es lo que el niño, consciente o inconscientemente, desea conservar en ese paso?, ¿qué es lo que llega a sacrificar por querer conservar aquello que no quiere perder?, ¿de qué manera hablamos los adultos sobre ese tema, cuál es el eje central de nuestra conversación?, ¿coincide aquello que deseamos conservar los adultos y lo que desea conservar el niño?. Y, si no coincide, ¿qué graves conflictos emocionales se dan por ese hecho?

En la escuela estamos acompañando una serie de pasos de etapa. Hay niños que están entrando en la etapa preoperativa; otros, están iniciando su singladura por la operativa. Cada niño, en esos cambios de etapa, vive su crisis. Y, me cuestiono, más allá de los cambios que suponen esos saltos de etapa: ¿qué es lo que cada uno de ellos lucha por conservar?, ¿somos capaces, los adultos, de ver ese afán que tiene el niño por mantener, a ultranza, a todo trance, ciertos elementos de su vivir, alrededor de los cuales giran todos los cambios que va incorporando? Y… ¿cómo lo acompañamos?

 

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15 respuestas a ¿Qué deseo conservar?

  1. PAN DIRECTO dijo:

    Claro que sí Guillem, las transiciones son parte esencial de nuestro Camino de VIda

  2. Laura dijo:

    Me ha gustado mucho tu artículo…
    Me ha dado que pensar.

    Muchas gracias

  3. marga dijo:

    m’agrada afegir aquest punt de vista a les meves reflexions.
    moltes gràcies.

  4. Pedro dijo:

    Me ha resultado algo “diferente”.
    Una nueva manera de verlo…
    Gracias

  5. ika tawa dijo:

    Nunca se me había ocurrido mirarlo desde este punto y ¡wow, cambia muchas cosas! Como adulta, poner la mirada en lo que deseo conservar me hace ser consciente de las cosas que ya tengo, me sitúa en la abundancia y desde ahí renunciar a otras cosas no es realmente un sacrificio, es un trueque.
    Como madre, ¡no había caído en todos los “pequeños” duelos que conviven con los logros!
    Abrazos,
    ika

  6. Sebas dijo:

    Coincido con Ika;
    esta perspectiva que planteas me resulta nueva y muy útil.

    Gracias por todo
    Sebas

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