Dentro y fuera

Me paseo por nuestra pequeña escuela. Mi mirada se posa, cual abeja de flor en flor, en mayores y chicos. Pruebo de acariciarlos con alas de mariposa, sin alterar su quehacer, sin modificar su sentir, sin desviar su pensar.

Tres grandes cerezos, casi sin hojas, protegen el flanco izquierdo del patio que acoge a los más pequeñitos. Debajo de un almendro, Sebastián, de 2 años, rubicundo y carialegre, arrellanado en el arenal, va llenando un cubo. Una palada tras otra, el cubo llega a colmarse. En ese punto, cargado de júbilo, y manifestándolo exteriormente con una sonora carcajada, vuelca el cubo para, luego, volver a empezar.

El polvo del camino se monta en mis botas. Mi paso se vuelve lento y me paro casi sin ruido. Marisa, de 3 años, de ojos profundos y llenos de mar, se esconde detrás de la falda de su madre. Cargada de embarazo, otea, escudriña desde su particular burladero. De vez en cuando, y de a poco, pareciera que, a la sombra de su pequeña nariz, se le escapara una pequeña sonrisa.

Abro la cerca que guarda la casa de piedra. La cierro, con delicadeza, tras de mí. Fuera, Joaquín, de 4 años, de pelo lacio y sonrisa franca, deambula, va y viene sin dirección determinada, como guiado por un sueño incierto y lejano. Se me acerca y me dice: No sé qué hacer, ¿qué puedo hacer? Al mismo tiempo, dentro, Sofía, de 5 años, colocha y circunspecta, utiliza un material de matemáticas. La luz, lacónica, entra por una tronera abierta en la pared de piedra. Mientras, ella agarra una bola con sus dedos y, en voz alta, dice uno. Y, ahí, va y sigue. Coge otra y dice dos. Y no para hasta llegar a diez.

Los avellanos, cuasi desnudos, acumulan, a sus pies, una multitud de hojas abigarradas. Tania, de 8 años, enjuta y vivaz, se acerca cabizbaja. En el camino, se encuentra a un grupo que juegan a perseguirse. Ella, tras ellos: silenciosa y con movimientos ligeros, les sigue como quién ya está jugando sin apenas haber llegado todavía. Los otros, al rato, se paran y le preguntan: ¿Quieres jugar?

Siguiendo la vereda, llego a la última casa. El sol, aquí generoso, transforma la construcción de madera en un aposento confortable. Safa, de 6 años, de dulce fragancia a canela y jazmín, ordena figuras geométricas. Una esfera, un cono, un cilindro. Todos ellos son acariciados con donaire por sus delicadas manos. Los sopesa, los observa detenidamente y los clasifica. Detrás, entre almohadones, Jan, de 7 años, emoción a flor de piel, lee absorto una historia que pudiera parecerme anodina. Su voz acompaña, un poco con retraso, a su mirada. Con ganas repite lo leído, como rumiándolo en una segunda comprensión.

El arte de educar quiero que tenga una relación circular con la experiencia. Y, así, observo aquello que me muestran externamente, ahí fuera, todos los niños y niñas a los que acompaño. Parte del fenómeno que, ahí sucede, queda reflejado en mi retina y lo anoto en mi cuaderno. Pero, ¿cuál es la totalidad de lo que ahí acontece? ¿Cuál es todo el fenómeno? Sin duda, parte de lo que ahí ocurre se da fuera. Pero, otra parte de lo que ahí también está se da dentro del niño y la niña; el niño vive una experiencia interna. Y, esa experiencia no puede resumirse sólo en lo que yo veo externamente. Así pues, me siento empujado a buscar, describir, aquello que vive el niño internamente cuando hace lo que hace; ya que, si me quedo sólo con lo que veo externamente me estoy perdiendo la mitad del proceso.

La educación que voy construyendo prueba de recoger, no esconde, la otra parte del fenómeno; a la que el niño puede tener acceso. Esa parte del fenómeno la podríamos bautizar como “su propia experiencia”. La educación que vivo, pues, respeta ambas caras de la experiencia: una, la observable externamente; otra, la vivenciada por el niño, a la que él puede tener acceso, y que yo puedo intuir. Ambas partes son significativas, y me resulta esencial acompañarlas las dos. Una de ellas podemos llamarla matemáticas, o lengua, o ciencias, o vergüenza, o aburrimiento, o proceso de adaptación, o juego, o socialización. La otra, esa vivencia interna que uno acoge dentro de sí, propala la esencia de lo que ahí esta sucediendo, matiza toda la actividad, realza y da significado al todo. Obviar una de ellas deja cojo el proceso. No acompañar una de ellas deja huérfana la otra mitad. Sin duda, mirar fuera sin sotener, intuir, empatizar, con lo que sucede dentro puede llevarnos a descuidar algo que, sin duda, es esencial.

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2 respuestas a Dentro y fuera

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