La costumbre que tranquiliza

Konrad Lorenz (1903 – 1989), en su libro Sobre la agresión: el pretendido mal, nos relata lo que le ocurrió con Martina, un ánade gris que troqueló desde su nacimiento a su persona, de manera que se había habituado a seguirle a todas partes. Leámoslo de su propia pluma.

De muy joven había Martina adquirido una costumbre, que tenía muy arraigada: cuando contaba una semana de edad, más o menos, hice el experimento de hacerla venir a mi dormitorio a pie, en lugar de transportarla yo, como hasta entonces había hecho. […] En el vestíbulo de nuestra casa de Altenberg, a la derecha de la entrada, hay una escalinata que conduce al piso superior. Frente de la puerta está una ventana muy grande. Al entrar Martina obedientemente detrás de mí, la insólita situación le dio miedo y buscó la luz, como hacen siempre las aves espantadas, quiero decir que corrió directamente desde la puerta a la ventana dejándome atrás a mí, que ya tenía el pie en el primer escalón. Ya en la ventana pasó un par de minutos, hasta que se calmó; entonces volvió, otra vez dócil, y me siguió hasta el piso superior.

En los días siguientes se repitió todo este ritual, sólo que, día a día, Martina abreviaba el rodeo que daba para llegar a la ventana, así como el tiempo que tardaba en calmarse. De esta manera, todo el tinglado tomaba, cada vez más, el carácter de hábito o costumbre. Hasta que una noche se le olvidó a Lorenz

[…] hacer entrar a Martina a su hora en la casa y conducirla a mi recámara. Cuando al fin me acordé de ella, ya estaba bien oscuro. Corrí a la puerta de la casa y al abrirla, la oca se apresuró a entrar toda miedosa por la puerta apenas entreabierta, me pasó entre las piernas, y contra su costumbre, corrió delante de mí hacia las escaleras. Después hizo algo aún más contrario a su costumbre. Se apartó del camino sólito y eligió el más corto, abreviando el ángulo recto que solía describir, poniendo el pie en el primer escalón por su lado derecho y empezó a subir “cortando· la curva de la escalera. Sucedió entonces algo verdaderamente emocionante. Se detuvo en el quinto escalón de pronto, estiró el cuello, señal de terror en una oca silvestre y tendió las alas como para colar de allí, a mismo tiempo que emitía su grito de advertencia y estuvo a punto de levantar el vuelo. Dudó un momento, se volvió, bajó otra vez los cinco escalones y ejecutó rápidamente, como alguien que olvidara realizar una obligación importante, el rodeo original hasta la ventana. Después subió la escalera otra vez como al principio, empezando debidamente por el extremo de la izquierda. Y cuando volvió a llegar al quinto escalón, se detuvo, miró en torno suyo, se sacudió y saludó, dos pautas de comportamiento que se observan con regularidad en los gansos silvestres cuando al miedo sucede la calma.

Según Lorenz, la costumbre se había transformado en necesidad; y la oca no osaba prescindir de la ceremonia sin llenarse de terror. Sin embargo, a mi entender, la supuesta costumbre del pato se trata más de una suerte de protección; en lo que coincido con la interpretación que de este hecho hace Juan Rof Carballo (1905 – 1984) en su libro Violencia y Ternura (1967).

Este curso, estoy particularmente atento a los periodos de adaptación (véase Tres niveles de adaptación o ¿Qué deseo conservar?) de los más chiquitos. Para los niños y niñas de 2/3 años, alejarse del núcleo familiar para abrirse paso en un entorno totalmente distinto es una aventura costosa y no exenta de dolor. Curiosamente, y sin querer comparar a nuestros pequeños con un ánade, al leer a Lorenz, y los comentarios que del mismo texto hace Rof Carballlo, no puedo evitar encontrar semejanzas. Comparar a un niño con un ánade me sirve, en este caso, porque sus maneras de funcionar, a mis ojos, se asemejan, pero, sobretodo, porque están, ambas, suficientemente alejadas de las maneras de funcionar que tenemos los adultos; aunque, como veremos, en este caso, tal vez no sea tanto así, ya que nosotros como adultos, en determinadas ocasiones, también funcionamos como Martina (cuando, en momentos de ansiedad, la repetición de determinados patrones nos aportan cierta seguridad). Cuando el mundo habitual del animal, y en nuestro caso del niño, es violentado, todo costumbre adquirida en medio de la ansiedad que produce lo novedoso (por ejemplo, un contexto escolar), adquiere un efecto tranquilizador. Abandonar el ambiente familiar y adentrarse en un entorno desconocido, y además hacerlo sin la presencia de los padres, es, sin duda alguna, una forma de violencia. De esa manera, todos los días, al entrar, bien de mañana, el pequeño Miguel me pide que toquemos un rato el tambor; Raúl y otros insisten en que salgamos de excursión y realicemos una ruta, siempre la misma (saludar al cerdito, saltar en la piscina de avellanas y ver el agua de la balsa); Pedro necesita entrar y completar un juego que consiste en ensartar unos palitos en una tabla agujereada; María me pide que le cante la misma canción… y todo ello, creo, como una ampliación de su máximo tranquilizador, la propia madre y el propio padre. Así, el hábito se transformaría en una ampliación del mundo maternal, protector y segurizante. De alguna manera, podría asemejarse a la costumbre que manifiestan algunos niños y niñas cuando nos piden que les repitamos por enésima vez un determinado cuento sin que se altere lo más mínimo el relato. Esa búsqueda del orden sería una manera de deslizarse hacia la seguridad de lo conocido, como sustituto de la ternura materna. Cabe decir, antes de terminar que, en nuestro proyecto, sería fácil demostrar que el niño y la niña soportan tanto mejor las variaciones y los cambios, y hasta llegan a regocijarse con ellas, cuanto más protegidos se sienten por el entorno y por los adultos que, allí, les acompañamos.

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