La urdimbre primigenia

De un tiempo a esta parte vengo hablando de lo que puede denominarse potencial interno, yo auténtico, fuerza interior central, etc. (véase Identidad y esencia o Educar para ser) y de cómo las posibilidades de desarrollo de lo que también se ha bautizado como esencia humana se concretan a través de las relaciones transaccionales con nuestro entorno (físico y humano), de manera esencial durante nuestra infancia, y especialmente con la madre. En este artículo voy a introducir las ideas que sobre ello nos presenta el gran Juan Rof Carballo (1905 – 1994) al que, por suerte, he descuboerto recientemente.

Juan Rof Carballo, en su libro Violencia y ternura, nos habla de una urdimbre primigenia. Según él, esta urdimbre constitutiva de la persona es una suerte de trama sobre la que se teje toda vida humana. Esta trama, que se prepara en los primeros meses y años de toda vida humana, se teje a través de las relaciones transaccionales con los seres que tutelen la vida infantil. Maturana (1928) lo diría de la siguiente manera: la historia de las interacciones repetidas del niño con su entorno transforma, de una manera u otra, su estructura interna (véase, por ejemplo, ¿Cómo sé lo que sabes? o No aprendemos a través de la instrucción). Y, Rof Carballo, a esta estructura interna en constitución, sobre la que se va a edificar toda nuestra existencia, la llama urdimbre primigenia. Vale la pena destacar que esta urdimbre, al mismo tiempo que constitutiva, transaccional en su formación, es también hereditaria; y se transmite a través de las generaciones, y se mantiene y manifiesta durante toda la vida.

Así pues, este conjunto de hilos que se colocan en nuestro telar interno, de una manera u otra según una serie de circunstancias (interacciones con el entorno humano, historia del sistema familiar, contexto socio-cultural, características del entorno físico, etc.), paralelamente unos a otros para formar la tela de nuestra vida, dibujarían, según todo lo contingente, la trama sobre la cual se levantaría toda nuestra existencia. Y, así, ya de adultos, para poder deshacer ciertos nudos, nos veremos empujados, tal y como me recuerda constantemente mi querida amiga, a desenredar, por seguir con la metáfora, nuestra propia madeja.

El cachorro humano es el que nace más inmaduro, y esta inmadurez requiere que su estructura interna, cual tejido, deba ser terminada después de nacimiento . Ya he hablado en repetidas ocasiones de como la madre, y su quehacer, sus buenos tratos, es fundamental para la constitución de esta trama (véase Quiero vestirme de blanco). Y, como, a su vez, la influencia del sistema familiar es, también, esencial para su formación.

Rof Carballo adscribe a esta urdimbre primigenia una serie de funciones. Por un lado, esta urdimbre representa ese abrigo humano sin el cual el niño perecería. Y, ello, supone que esta red relacional funciona de tal manera que facilita al infante todo aquello que requiera para su supervivencia. A saber: alimentación, amor, calor, hogar, afecto, etc. De ese modo, podríamos decir que de ahí deriva la función amparadora de la urdimbre; y que, ésta, coincidiría con lo que Winnicott (1896 – 1971) bautizó con el nombre de sostén y que ya he detallado en otros artículos (véase, por ejemplo, Acompañar tocando). Por otro lado, sin querer ser exhaustivo (Rof Carballo analiza 9 funciones) me gustaría destacar, además de, ésta, la tutelar o amparadora, dos funciones más: la liberadora y la ordenadora.

La función liberadora iría asociada a una serie de mecanismos que promoverían que nuestros hijos pudieran aventurarse, de manera autónoma, a ensayar su propia independencia. Cuando esta autonomía se sacrifica, por ejemplo, en beneficio de una supuesta protección o amparo se producen una serie de desequilibrios que, quedarían incluidos en todo aquello que de maravilloso y problemático tiene el binomio autonomía – dependencia; del que son protagonistas padres e hijos.

La función ordenadora se encargaría, con ayuda posterior del rol paterno, de la internacionalización de lo que serían la normas sociales y culturales; en medio, todo ello, de la pugna, ya mencionada, entre la propia autonomía y las necesidades de amor y afecto. Esta función de orden, según Rof Carballo, y antes de la entrada importante de la función padre (que constituiría lo que Rof Carballo llama urdimbre de orden), coincide con el paso a la actitud bípeda, el gobierno de los esfínteres y el desarrollo de la actividad muscular (lo que se desarrolla alrededor de los 2 años). Así pues, Rof Carballo manifiesta que, simplemente, la forma de sostener al bebé, las primeras pautas de cuidado, las modalidades de limpieza y alimentación, establecerían las bases de un orden, una especia de coordenadas básicas de lo que más tarde será el orden ulterior y fijar así las lineas fundamentales del mundo peculiar dentro del cual ha de circunscribirse la futura existencia de nuevo ser.

Ya para acabar, decir que Rof Carballo, junto a la urdimbre primigenia, nos habla de dos urdimbres más que se constituyen más tarde. Por un lado, la urdimbre de orden y, por otro, la urdimbre de identidad. Lo que Rof Carballo llama urdimbre de orden representa la ampliación y el desarrollo del bosquejo estructurador de la función ordenadora de la urdimbre primigenia. Y, la urdimbre de identidad se encuentra, aunque sea de forma rudimentaria, en lo que sería la función liberadora de la urdimbre primigenia. Así pues, la urdimbre de orden y la de identidad, que se despliegan posteriormente, han sido preparadas, estructuradas ya podríamos decir, en la urdimbre primigenia.

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