Sra. Vergüenza

Hace ya algún tiempo, hablé de Timidez (véase Elogio de la timidez). Ahora, y de un tiempo a esta parte, me siento más cercano a Vergüenza. Por las mañanas, es ella quién acompaña a muchos de los niños y niñas de nuestra escuela. Yo mismo, a menudo, la traigo bien agarrada del brazo; y no la suelto hasta bien avanzada la jornada. Debo decir que, en ocasiones, me parece excelente compañera; pero que, en otros momentos, me la sacaría de encima a patadas. Ahora bien, en unas y en otros, siempre, me trae un mensaje de las profundidades de mí mismo. Vale la pena parase y escucharlo.

En diciembre pasado se publicó el libro Maestros del corazón: hacia una pedagogía de la interioridad (2013) que coordina Luis López Gónzález (1961). En esta obra conjunta, y en relación a la vergüenza, escribí lo siguiente:

Son los primeros días de Irene. Sus 4 años de edad desbordan el mundo y, a la vez y a veces, el mundo se le cae encima, pesado y difícil de llevar. En sus primeras semanas de escuela, nunca viene sola. Siempre son tres: ella, su madre y su querida vergüenza. Su madre la protege con una suerte de segunda piel; una envoltura invisible que funciona como si de un cálido útero externo se tratara. Me conmueve profundamente mirarlas, a ella y a su vergüenza. Ella no me mira, no alza su cabeza, no hace ningún ademán que me permita intuir que quiera acercarse a mí. Sigo mirándola, y con cada respiración y con cada movimiento de mi cuerpo la acepto en su propia intimidad. Veo también su adentro y le digo: Buenos días, Irene. Me alegra verte.

Los días pasan, y pasados algunos, me atrevo a saludar, también, a su vergüenza. Con profundo respeto, y conectando con su propia dignidad, le digo: Buenos días, Irene. Veo que te acompaña tu vergüenza. Ella, como siempre, no me mira; pero, levemente, casi inconsciente, percibo una incipiente sonrisa que busca amparo a la sombra de su pequeña nariz.

Caen las semanas, y los vientos de un otoño todavía perezoso harán volar hojas y vergüenzas. La vergüenza, que pareciera instalada a perpetuidad, un buen día, hace las maletas y empieza a marcharse. Irene me mira y, ese día, con la vergüenza todavía en el dintel de la puerta, de sus labios, sale un buenos días. Irene acepta mi mano encima de su espalda, acepta mi ser y mi estar, y lo hace porque, a lo largo del tiempo, se ha sentido reconocida en su intimidad. Si yo me hubiera acercado a Irene sin reconocerlas, a ella y a su vergüenza, sin darles un lugar, ella no se hubiera sentido digna, reconocida, legítima. Irene, al sentirse aceptada en su totalidad, externa e internamente, permite que le dé la mano y, en ese acto, acepta empezar a construir un espacio de mutua convivencia.

Eso que S. Gilligan (1954) llama segunda piel (véase Segunda piel o Variaciones I sobre Segunda piel) viene a ser una membrana más allá de la dermis de la que no disponen todavía los niños y que, sin ella, experimentan las supuestas amenazas (físicas, emocionales y cognitivas) del entorno. Un traje invisible como el del emperador pero real, más allá de nuestra piel, que vamos hilando, con hilo de carne y alma, a medida que crecemos, con la rueca de nuestra conciencia cognitiva. Un globo generativo que los adultos, desde nuestro Centro (véase Educar para Ser o Identidad y esencia o Conectados con la Vida), podemos agrandar hasta incluir al niño que, por no tenerlo y necesitarlo, requiere del nuestro para poder sentirse seguro y, así, poder ser él mismo.

Para acabar, cabe decir que hay veces que no consigo incluir en mi sentir, sin reparos, al niño que emerge delante de mí. En esos momento, vuelvo la mirada hacia dentro y, recordado a Maturana (1928), me digo: sólo mi inseguridad, sólo mi falta de respeto por mí mismo, sólo el miedo a amar, me impiden esa perspectiva, esa mirada, que acepta total e incondicionalmente a este niño.

Personalmente, sólo la dificultad en aceptar a mi propio niño interior me impide aceptar al niño que veo afuera. Y, otra vez ese magnífico binomio que se entrelaza hasta el infinito: dentro – fuera.

Esta entrada fue publicada en Acompañar procesos, Amor, Dentro-Fuera y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a Sra. Vergüenza

  1. Ángeles Córdoba Murcia dijo:

    Reblogueó esto en Psicoterapia y Crecimiento personaly comentado:
    Os presento un texto personal de Guillem Massot, educador y amigo, sobre la Vergüenza y nuestra relación con ella.

  2. Pingback: Al lado del miedo | Ser para educar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s