Dos barreras

Para mí, una de las ventajas de estar transitando un proceso doloroso es que tengo la oportunidad de ver ciertas cosas desde una nueva perspectiva. Otra, es que aparecen elementos que, a pesar de que siempre han estado ahí, no es hasta ahora que me doy cuenta de su existencia. Y, me pregunto: ¿por qué pueden darse ambas cosas en un proceso doloroso? Tal y como ya apunté en Soledad y angustia, la sensación de vacío, de angustia, que acompaña un proceso de esta índole, me brinda la oportunidad de centrarme en mi mismo, ya que, por su misma naturaleza, me convida a perder el interés por todo y por todos. Al estar conectado conmigo mismo, por un lado, me permito observarme más de cerca, y con mayor lentitud; y, por otro, me sorprendo al dirigir la atención, gracias también al azar, cabe decirlo, a ciertos rincones de mi realidad (externa e interna) que, hasta ahora, permanecían en aquello que algunos han bautizado con el nombre de punto ciego.

Pues bien, gracias a mi particular proceso, y a la luz que lo alumbra, me estoy dando cuenta de dos importantes barreras que, de alguna manera, me impiden seguir adelante; o, al menos, así lo vivo. Y, a su vez, me está revelando, en mi quehacer como educador, callejones lúgubres y sin salida que, hasta ahora, creía bien abiertos a la luz y al mar.

Mi primera barrera es mi propia premura, las propias ganas de avanzar; la impaciencia por llegar al destino, por encontrar el final. Es la sensación que bien pudiera sentir el prisionero, que acaba de ser recluido, al pensar en el fin de una larga condena; o el enfermo crónico al visualizar el momento de su lejana convalecencia. Y esta ansiedad por cruzar la meta, que no pretende otra cosa que desembarazarse de tanto dolor, me lleva a hacer. Me encamina a meterme de lleno en aquellas actividades en las que puedo sentirme agente activo de mi desarrollo; me empuja a hacer en pro de mí mismo. Y, claro, como no, al mismo tiempo, me aleja de aquello que, aparentemente, pareciera que no me lleva a nada. Esta primera barrera, que bien pudiera parecer un aliado, un agente motivador del cambio, ahora, la siento y la vivo como un poderoso impedimento.

Cuando estoy acompañañando el proceso de un niño (sea el que fuere: desde la gestión de su impulsividad, pasando por sus primeros pinitos con la lectura, hasta montar en biciceta) me permito no hacer (véase, por ejemplo, Wu-wei); puedo adoptar una actitud de espera: abierto al otro, a mi mismo y al entorno. Vendría a ser un saber estar, preparando el entorno, dándole al niño el espacio-tiempo-relación que requiere para, a su ritmo, ir avanzando en su particular camino. Y, entonces, ¿por qué no puedo hacerlo conmigo mismo? ¿Por qué no puedo acompañarme a mi mismo de la misma manera como acompaño al niño? Se me ocurren dos razones. La primera, me abre una duda: la posibilidad de que, realmente, no esté acompañando al niño tal y como creo que lo estoy haciendo y, por lo tanto, que de alguna manera, inconscientemente, le esté apremiando, acuciendo o apretando. La segunda, me conecta con algo que empieza a ser una evidencia: el poco amor que muestro hacia mi propio niño interior y, consecuentemente, el poco amor que puedo ofercer a los niños con los que trabajo. Ambas razones, juntas o por separado, me abren abundante campo de obervación y trabajo.

Mi segunda barrera es una creencia, profunda, antigua, de que yo, en algún momento de mi vida, ya había alcanzado el punto al que ahora pretendo llegar. Es como si el sendero que, ahora, transito, en alguna ocasión ya lo hubiera recorrido. Esta segunda barrera, una suerte de jucio profético, a modo de expectativa que ya se ha autocumplido, a la manera de un reto que ya tengo superado, la intuyo llena de soberbia. Es como si una parte de mí creyera que ya ha llegado; y, ese creer haber arribado, evidentemente, impidiera que mi nave, por verse ya en el puerto, levantase el ancla.

Cuando estoy acompañando el proceso de un niño me permito vaciarme de expectativas, me despojo de jucios, echo lejos los retos; ya que, todos y cadacuno de ellos son amenazas al libre desarrollo de su potencial interno. Y, ahí, vuelvo a preguntarme: ¿por qué no me regalo a mí mismo lo que, supuestamente, ofrezco a mis educandos? Y, las dos posibles respuestas que, ahora, me golpean el pecho son las mismas que llamaban a mi puerta con la pregunta anterior. ¿Será que, contrariamente a lo que me digo, delante del niño, secretamente, llevo la mochila cargada de expectativas, jucios y retos? ¿Será que gasto carretadas de autoexigencia conmigo mismo que, con certeza clara y manifiesta, también vierto en los pequeños a los que acompaño?

Desde aquí, agradezco a mi dolor este baño de incertidumbres. Y, a la vez, pido disculpas a mi niño interior y a los niños con los que he trabajado y trabajo por mis posibles negligencias, nada desdeñables.

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15 respuestas a Dos barreras

  1. Mar dijo:

    Querido y hermoso niño,
    qué bueno que cambiaste el sufrimiento por el dolor. El dolor nos conecta a la vida y a la conciencia de nuestro Ser para no llegar y siempre estar.
    Como siempre, lloro al leerte.
    Un abrazo,
    Mar

    • Me gusta que me digas “Querido y hermoso niño”.
      Al leer tus palabras, siento ternura; una ternura que me abraza y me cuida.
      Me viene una palabra: agradecimiento; profundo…
      Me colmas cierta necesidad; lejana, perdida…

      Una caricia
      Guillem

  2. Ángeles Córdoba Murcia dijo:

    No sé que me gusta más te tus posts Guillem, si el post en sí mismo o los comentarios de tus lectores/as!!!!
    Un gran abrazo amigo, bello hermano.
    Un gran abrazo mar, bella hermana.

  3. PAN DIRECTO dijo:

    Transitar por el dolor, nos hace efectivamente conocernos, descubrirnos y hasta encontrarnos, no son barreras ni obstáculos si no pasos en nuestro Camino de vida!
    Fantástico post, Guillem!
    Saludos

  4. Laura dijo:

    Te leo, y no puedo hacer otra cosa que llorar.
    Lloro por ti y lloro por mí.

    A veces, me gustaría rendirme y tirar la toalla, cansada de tanto dolor;
    a veces, preferiría estar adormilada, como quien está en los laureles;
    a veces, agradezco el dolor que siento porque, de alguna manera y tal y como dice Mar, me conecta con la Vida.

    Gracias por tu honestidad
    Laura

  5. Pedro dijo:

    Guillem,
    no te conozco.
    A menudo, te leo; pero rara vez escribo comentarios.

    Esta entrada que acabas de publicar, me conecta con un pequeño librito que ahora estoy leyendo. En él aparece un poema chino que dice así: “Siéntate y espera que venga la primavera”. Ahora que por doquier están floreciendo los almendros se me ocurre pensar que no podemos hacer nada para apresurar a la primavera o impedir que llegue. Pero, aún algo más, ¿hay algo que podamos hacer que no sea dejar que la vida siga su curso, por dentro y por fuera?
    En mi caso, a menudo, desconfío de que nada importante pueda suceder sin mi participación, o que cualquier cosa pueda desarrollarse sin mi control o intervención. Y, este poema, “Siéntate y espera que venga la primavera” me llena de confianza; de confianza en la Vida. Una confianza que he perdido y que, poco a poco, quiero ir recuperando.

    Gracias por todo
    Pedro

  6. joan dijo:

    Diria que, fins ara, has estat reflexionant “cap al futur”, pensant-te com pare…
    ¿I si et pensessis mirant enrera, com fill?
    Per “exemples”:
    Un adult, criat amb carns de vedella i de pollastre, es fa vegetarià…
    Ho digui amb paraules o no ho digui,
    ¿no está tirant en cara als seus pares que el van pujar malament?

    Un adult, criat amb criteris i pensaments cristians passa de tota moixiganga cristiana…
    Ho digui amb paraules o no ho digui,
    ¿no está tirant en cara als seus pares que el var “cristianar” malament”?

    etc.
    joan

    • Rebo dels meus pares una pila d’experiències, agradables i desagradables, alegres i tristes, lleugeres i doloroses… Totes, sense excepció, les rebo, les acullo i els hi dono un lloc dins meu.
      Ells, els meus pares, em van donar la Vida i em van acompanyar, a la seva manera, amb el seu saber, amb la millor intenció, duarant el naixement, la infantesa, la joventut…
      Rebo tot allò que he viscut amb ells en tots els períodes de la meva Vida.

      Rebo amb agraiment tot allò que he viscut amb ells per a, des d’alli, des de l’acceptació, el reconeixament i l’amor, poder fer el meu propi camí.

      Rebre i acceptar tot allò que m’han donat, i tot allò que he viscut amb ells, és un homenatge al seu acompanyament, a la seva entrega i al seu amor. I, des d ‘aquí, fer el meu propi camí és, alhora, un homenatge a mi mateix i als meus propis fills.

  7. raquelsuma dijo:

    Sueltalo todo, una vez expiesto a la luz de la conciencia ella trabaja.Y trabaja por que la incertidumbre es muestra compañera y la propia vida la garantía. Sueltalo todo, estar centrado es estar en el presente en el aqjí y ahora, en ese presente todo fluye pero en la mente todo toma caminos tortuosos irresolubles.

  8. Pingback: De niño a niño interior, o cómo el trabajo con niños puede ser una segunda oportunidad (4/4) | Ser para educar

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