El darse cuenta

Fruto de un comentario de una lectora, me decido a hablar del darse cuenta.

El darse cuenta, junto con la responsabilidad y el aquí y ahora, forma parte de la actitud básica en gestalt. C. Naranjo (1932) nos dirá, incluso, que la terapia Gestalt es la terapia del darse cuenta.

El darse cuenta es la capacidad de esta alerta; una alerta relajada. El darse cuenta me permite estar atento a mí mismo, al otro y al entorno. El darse cuenta es consciencia; que se da cuando el yo está presente, en presencia. El darse cuenta de E. Gendlin (1926) me permite, cual luz de linterna, estar abierto y enfocar a todo aquello que va surgiendo (dentro, fuera; y a esa zona intermedia, a caballo entre dentro y fuera); modular mi atención y dirigirla hacia donde yo quiera.

En el darse cuenta siento que la atención está en mí. Y, esa atención la puedo dirigir al otro, o a mí mismo o al entorno; e, incluso, a las tres cosas a la vez. Y, puedo dirigirla al otro, regresarala a mí mismo, pasearla por el entorno… Además, puedo poner la atención en mí mismo y darle Presencia y, entonces, devolverle al otro mi atención con Presencia. Esa Presencia, propia del Ser humano, es algo seguro y consistente que puede contenerlo todo; que puedo sostenerlo todo. Es segura y consistente como la seguridad y la consistencia de los pulmones al respirara o del corazón al latir.

Entonces, ese yo en presencia, propiamente humano, en ese darse cuenta consciente, puede hacer compañía a ese eso que está ahí dentro. Y ese eso, que puede emerger, bien puede ser, entre otras cosas, una gestlat inconclusa que, así, en presencia, podemos observar y atender. Entonces, ese darse cuenta puede focalizarse; y a eso F. Perls (1893 – 1970) lo llamó concentración; desde otro lado, E. Gendlin a ese arte de enfocar aquello que va emergiendo lo bautizará con el nombre de Focusing. Cuando ese darse cuenta se mantiene en un punto fijo, sin escaparse, sin irse, entonces la Gestalt lo llama concentración. Atender a algo, darle presencia, y mantener la atención con presencia en eso a lo largo del tiempo me permite profundizar, acompañar, sostener, ahondar…

Durante un tiempo, cuando trabaja con los niños, mi darse cuenta iba dirigido al otro, al niño. Era un darse cuenta descriptivo, que no juzgaba, que pretendía, con Presencia, acompañar todo aquello que aquí y ahora pudiera surgir. Era un darse cuenta que, casi siempre burdamente, focalizaba, se concentraba en algo concreto; probaba de acompañar las sensaciones, emociones y sentimientos que emergían en el niño.

Con el tiempo, ese darse cuenta, a la vez que lo dirigía al otro, al niño, también lo dirigía a mí mismo. Acompañar, atender al niño, abría cosas en mí. Y, esas cosas que se abrían en mí eran de diferente naturaleza: algunas, eran propias de un proceso empático; otras, eran proyecciones, evitaciones… propias de la situación interpersonal; e, incluso, algunas, eran sensaciones propias, reprimidas, que, fruto de la relación, emergían, a menudo, cargadas de dolor. Y, entonces, me percaté que si (además de focalizar en el niño) no focalizaba mi atención en aquello que emergía en mí, y de alguna manera separaba el grano de la paja, no podía acompañar, honesta y auténticamente, al niño. Así pues, me preguntaba: cuando respondo, o reacciono, ¿a qué obedezco? ¿Realmente acompaño al niño, o sólo estoy reaccionando a lo que el niño abre en mí? ¿Creyéndome que respondo al niño, no estaré, simplemente, reaccionando a mí mismo?

Más adelante, ese darse cuenta, que hasta entonces se depositaba en mí y en el otro, también empezó a acariciar al ambiente; el ambiente como un educador más, nos dirá L. Malaguzzi (1920 – 1994). Ser consciente del entorno; del entorno material y del entorno emocional. ¿Cómo estaba dispuesto el material? ¿Qué tipo de energía se respiraba? ¿Era el ambiente propicio para el aprendizaje? ¿Se sentía seguridad y tranquilidad? ¿De qué manera el ambiente (material y emocional) está influyendo en cada uno de los niños y en mí mismo?

A medida que me iba observando, a medida que dirigía ese darse cuenta focalizado hacía mí mismo (y hacia mí mismo en relación con el otro), iba percatándome de mis propios patrones (qué me atraía, qué me producía repulsión, qué evitaba…) y cómo influían, e incluso dirigían inconscientemente, mi relación educativa. ¡Cuánta inconsciencia gobernado mi quehacer educativo! Una máquina (véase Como una máquina), Sr. Gurdjieff (1869 – 1949), probando de acompañar procesos de crecimiento y aprendizaje. Y, en eso estoy actualmente: dándome cuenta como mi máquina está acompañando a personas en crecimiento que, a mi lado, y si no le pongo remedio (conciencia), van a crecer aprendiendo a ser máquinas.

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8 respuestas a El darse cuenta

  1. Paula dijo:

    Gracias Guillem por tus artículos, éste en especial ha sido muy significativo para mí en este momento.

  2. Sebas dijo:

    Querido Guillem,
    desde hace tiempo té leo con atención.
    No te conozco personalmente, pero he llegado a sentirte familiar.

    En este post, especialmente en su último párrafo, percibo tu dolor y, al mismo tiempo, tu exigencia.
    Exigencia contigo mismo…
    ¡Date una tregua!

    Me duele tu dolor

    Un abrazo
    Sebas

    • Sebas,
      tu mensaje me llega a lo más hondo.

      Seguramente, mi dolor y el tuyo son una misma cosa; seguramente, mi tristeza y la de cualquier otro que también esté triste son la misma cosa; como si todas las emociones salieran de un mismo lugar…

      Un abrazo compaertido
      Guillem

  3. Pingback: Atención y emoción | Ser para educar

  4. Pingback: Cuatro tipos de escucha | Ser para educar

  5. Guillem, que blog más bonito, tierno, sencillo, profundo, inquieto,… vas creando. Me lo recomendó Tomeu y me ha impactado conocer todo esto que expresas desde lo que aquí y ahora eres. Un gran regalo que hace poco llegó a mi vida. Un abrazo, Mariola Valencia

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