Al lado del miedo

A lo largo de estos años, he escrito sobre cómo acompañar el llanto (véase El llanto), sobre el por qué tocar a los niños (véase Acompañar tocando), sobre la timidez (véase Elogio de la timidez), sobre cómo acercarnos a la vergüenza (véase Sr. Vergüenza), sobre la diferencia entre agresividad y violencia (véase Agresividad y violencia); pero todavía no había hablado del miedo. Sin más, ahí voy.

Paco, Clap y Lula son tres perros que, ora alocados ora distraídos, deambulan por la finca que acoge a nuestro proyecto. Pau y sus hermanas, con sus recientes 3 añitos, los otean; miran y registran con cuidado todos sus movimientos: el meneo de sus colas, sus orejas más o menos abatidas, el jadeo que sigue a la carrera, sus ladridos a las nubes…

Me acerco a los tres hermanos. Me agacho a su altura. Mar y Pau están más lejos y allí se quedan; Alba, se acerca. Sin más, pero también sin menos, coloco la mano en su espalda. Ella la acepta, y se acurruca en mi palma como para resguardarse de algo. Inmediatamente, me doy cuenta que la sostengo a ella y a algo más.

  • Miedo –me dice–.
  • Tienes miedo –le digo, a la vez que constato visualmente los microgestos de su cara que refuerzan esa palabra–.
  • Sí –responde, en un susurro, sin voltearse, con la mirada fija en lontananza; pero sin perder de vista a los perros–.
  • ¿Dónde está ese miedo? –pregunto, mientras pruebo de sintonizar con esa parte de su cuerpo en la que la zozobra a alquilado temporalmente una jergón–.
  • Allí, Paco – y me señala a Paco; el perro más grande–.
  • Allí está Paco y tu miedo está aquí –a su vez, acompaño mis palabras con mis manos. Una, todavía en la espalda. La otra, se desliza, delicada y suave, desde su pecho hasta su barriga, como si quisiera escanear buscando resonancias de esa sensación de amenaza; con el único objetivo de querer darle la bienvenida–.
  • ¿Qué te dice tu miedo, Alba? –le pregunto, sin dejar de tocarla. Y, a la vez, calibrando su adentro, noto que mi cuerpo empatiza con el de ella; con el cuerpo de ella habitado por el miedo. Y siento que en mí, junto con esa empatía, no emerge nada más y, eso, me permite sostenerla, sin interferencias, a ella y a su miedo–.
  • Lejos… – me responde, con fuerza–.
  • Te voy a coger en brazos, a ti y a tu miedo, e iremos lejos –mientras, y después de captar su asentimiento y permiso, acompaño mis palabras con la acción congruente: la cojo en brazos y empiezo a andar alejándonos de Paco–.
  • Mira, Paco… –y, en sus palabras, percibo un cambio: como si su timbre y tono indicaran cierta levedad; preludio de que el inquilino, miedo, quisiera en breve dejar la habitación–.
  • Te llevo, a ti y a tu miedo, y, mientras nos alejamos, noto que tu miedo se va haciendo pequeño. ¿Dónde está ahora? –ella no me responde, y sin perder de vista a Paco, pone la mano, ¿inconscientemente?, en su barriga–.
  • Al suelo –me dice, con cara ya algo risueña–.
  • ¿Dónde está tu miedo? –le pregunto–.
  • Se ha ido…

Rumi (1207 – 1273) ya nos indicó que el ser humano es como un albergue al que llegan diferentes y diversos visitantes (véase Conectados con la vida). Si los aceptamos a todos; si ninguna emoción, ni siquiera las dolorosas, son evitadas, entonces se pueden afrontar todos los sucesos que nos presenta la Vida. Todos y cada uno de esos huéspedes nos traen un mensaje que vale la pena que aprendamos a descifrar (véase Yo crezco, tú creces, él crece… todos crecemos (1ª parte) y Yo crezco, tú creces, él crece… todos crecemos (2ª parte)). Y, en relación a ello, me llega un proverbio chino: No puedes impedir que los pájaros de la tristeza sobrevuelen tu cabeza, pero puedes impedirles que hagan su nido entre tus cabellos. Los invitados de los que nos habla Rumi son sólo eso: invitados. Les arrendamos una habitación para el tiempo que les sea necesario quedarse, y escuchamos eso que han venido a decirnos; pero no les permitimos, bajo ningún concepto, que hagan nido en nuestros cabellos.

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3 respuestas a Al lado del miedo

  1. Marta dijo:

    Gracies Guillem per compartir les teves experiències i coneixements! M’agrada la metàfora de l’alberg amb tot una varietat d’invitats… Molt últil per posar paraules i enteniment a tot allò que passa dins nostre…

    • Gràcies a tu, Marta.

      Un alberg amb tota una varietat d’invitats. Uns convidats a qui donem la benvinguda, i a qui deixem quedar-se tot el temps que necessitin, perquè ens porten un missatge important.

      Saber estar amb allò que hi ha en cada moment, tant de temps com faci falta.

      Una abraçada
      Guillem

  2. Pingback: Atención y emoción | Ser para educar

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