Interioridad

infantsEn 1956, Yukio Mishima (1925 – 1970) publica El pabellón de oro. El protagonista de esta novela, Mizoguchi, es un muchacho torpe, tartamudo y afligido por un complejo de inferioridad que todo lo que le sucede en su vida contribuye a agravar. En el capítulo VI del libro, después de la muerte de su amigo Tsurukawa, el joven Mizoguchi se repite a si mismo:

 

[…] mi único orgullo, desde mi infancia, nacía de no poder hacerme comprender, y no me sentía inclinado bajo ningún concepto a querer expresarme de modo que fuese comprendido. ¿Me esforzaba por esclarecer mi pensamiento? Era sin preocupación de ninguna clase. ¿Hacía lo mismo para comprenderme a mí mismo? Sigo estando en la duda; porque semejante exigencia sube desde el fondo del ser y acaba siempre por tender un puente entre uno mismo y los demás. […]


Mishima, por boca del protagonista, me conecta con de la siguiente idea: cuando uno está cerca de sí mismo, en contacto con el fondo del ser, desde ahí, emerge la posibilidad de encuentro con el otro. R. Moss nos dirá algo similar, aunque de otra manera; y, a pesar de no ser lo mismo, pareciera que es igual: estamos tan lejos del otro cuan lejos estamos de nosotros mismos. Rimbaud (1854 – 1891) lo afirmará desde su poesía: Yo soy otro (véase Sumar identidades); y Rumi (1207 – 1273) hará lo propio desde la suya: Yo soy tu, tú eres yo (véase El campo relacional).

En 1762, en Emilio, esta exaltación de la búsqueda de lo que hay dentro de nosotros, este entusiasmo por la idea de estar en contacto con lo propio, en intimidad con uno mismo, ya fue preconizada por Rousseau (1712 – 1778):

Es inútil aspirar a la libertad bajo el amparo de las leyes. ¡Leyes! ¿Dónde las hay? ¿Y dónde son respetadas? En todas partes sólo has visto el interés particular y las pasiones humanas. Pero hay las leyes eternas de la naturaleza y del orden, que para el sabio sustituyen la ley positiva; están escritas en lo más íntimo de nuestro corazón por la razón y la conciencia; para poder ser un hombre libre es preciso que primero uno se haga esclavo de ellas […] La libertad no está en ninguna forma de Gobierno, pero está en el pecho del hombre libre y la lleva consigo a todas partes.

Según Rousseau, para poder conseguir la anhelada libertad basta con rendirse a lo que guardamos en lo más íntimo de nuestro corazón (véase Encarnar nuestro verdadero Ser). ¿Será la ternura una de las vías para rendirnos a nosotros mismos (véase La calma, embajadora de la ternura)? Y, desde ahí, digo yo, a manos llenas de ese secreto, preñados de esas leyes eternas de la naturaleza, entonces, podemos llegar al otro.

San Agustín (354 – 430) también se mira por dentro: nuestro interior es lo que en verdad somos. Y esa interioridad a la que nos remite no es la del sujeto que conoce al estilo de Descartes (1596 – 1650), sino la de ser humano, cuerpo y alma, de carne y huesos que conoce, siente y ama. En sus Confesiones, el santo aboga por el camino de la interioridad como vía hacia la verdad:

Y otros que no me conocieron, aunque oyeron palabras mías o de otros sobre mí, pero su oído no está junto a mi corazón, donde yo soy quien realmente soy, quieren saber, por confesión mía, quién soy por dentro, adonde no pueden dirigir ni el ojo ni el oído ni la mente.

Y, ¿cómo lo hago para estar en contacto conmigo mismo, para estar en ese lugar donde yo soy realmente?, ¿cómo puedo llegar a conocerme a mí mismo y conocer esas leyes naturales que me gobiernan? Y, no me refiero a un conocimiento racional, limitante y rígido, sino a un saber corporal, sentido, profundo (véase El traje nuevo del emperador). Y, ¿cómo, desde esa intimidad con aquél que siempre va conmigo, puedo tender un puente sentido, verdadero, hacia el otro?

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5 respuestas a Interioridad

  1. Joan Gutiérrez dijo:

    Suena bien esto de mirar hacia adentro, suena bien hasta que atraviesas la primera capa de mierda y te das cuenta que la mierda era la más leve de las capas… je, je… pero no queda otra, ¿no?

    • Mirar hacia adentro… ¡cuánto dolor!

      Es como si estuviéramos dormidos (desde hace mucho tiempo, en un sueño que nos parece normal y cotidiano) y, cuando nos despertamos, nos damos cuenta del dolor. Ese dolor y la incapacidad para sostenerlo nos empuja, inexorablemente, de nuevo, al sueño… y, sin quererlo conscientemente, volvemos a dormirnos. Y, la pasamos, entre sueño y dolor, yendo y viniendo, con leves y fugaces momentos de lucidez despierta dolorosa.

      Pero, seguramente, en el camino del despertar, no hay otra vereda…

  2. Adrià dijo:

    “La nasa sirve para coger peces; cogido el pez, olvídate de la nasa. La trampa sirve para cazar conejos; cazado el conejo, olvídate de la trampa. La palabra sirve para expresar la idea; comprendida la idea, olvídate de la palabra. ¿Cómo podría yo encontrar un hombre que haya olvidado las palabras para poder hablar con él?”

    Zhuang Zi, XXVI, 13.

    Una abraçada.

  3. Pingback: Cerca de mí, cerca del otro | Ser para educar

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