De niño a niño interior, o cómo el trabajo con niños puede ser una segunda oportunidad (2/4)

DSCN5832(Viene de De niño a niño interior, o cómo el trabajo con niños puede ser una segunda oportunidad (1/4)). Me encontré por vez primera con Marc en setiembre de 2013. Él contaba, por aquel entonces, con 2 años de edad. Su familia decidió enrolarse en nuestro proyecto, y yo, gracias a ello, tuve la inmensa suerte de poder compartir, intensamente, su periodo de adaptación. Sin duda, los períodos de adaptación son momentos duros, tanto para el niño como para la familia. Y, eso, no debería sorprender a nadie que esté, o haya estado, vinculado con proyectos de lo que podríamos llamar pequeña infancia. Ahora bien, lo que me gustaría apuntar al respecto, lo novedoso (aunque siempre haya estado ahí) es lo siguiente: los períodos de adaptación son momentos emocionalmente intensos que permiten que ciertas resonancias, entre niños y adultos, fluyan de manera más libre. Es como si en esos espacios-tiempos-relaciones, durante los períodos de adaptación, se abrieran ciertas puertas que permitieran que, entre niños y adultos (y, ahí, en esa categoría, incluyo especialmente a los educadores), pudieran darse una suerte de resonancias límbicas entre lo que está viviendo realmente el niño (en su espacio psíquico-corporal real) y algo que se encuentra enterrado en el adulto, a menudo sin él mismo saberlo, agazapado, estructurado orgánicamente en lo que la psicología moderna ha dado en llamar niño interior.

Y, ¿a qué llamo niño interior? Para responder a esta pregunta podría empezar hablando de algo sobre lo que ya he hablado. A saber: las tres partes de nuestro cerebro trinuo (Véase Los tres mosqueteros y Nuestro cerebro: 3 + 1 colaborando). Pero, en lugar de eso, lo que voy a hacer es nombrar la tríada de instancias psíquicas con las que Naranjo, en la Mente patriarcal (2010) o en Cambiar la educación para cambiar el mundo (2004), las relacionan: el Neocórtex con el Superego, el Sistema Límbico con el Yo, y el Cerebro Reptiliano con el Ello. La teoría que acompaña a esta famosa tríada (véase Ello, yo y super-yo), a través de la que se ha examinado la vida psíquica desde Freud (1856 – 1939), nos explica que la neurosis no es otra cosa que el desacuerdo entre nuestra parte instintiva (Ello) y nuestra parte “autoritaria” (donde se encuentran las expectativas internalizadas de la sociedad en la que vivimos: Superego); mientras esa otra parte que sentimos como Yo prueba de resolver ese eterno conflicto entre placer y realidad, instinto y sociedad. Pues bien, cabe decir, y ahí aterriza el niño interior, que, Eric Berne (1910 – 1970), en Juegos en que participamos (1966), usando un lenguaje más llano acabaría diciendo lo mismo. Al Superego lo llamaría padre crítico (y, bien podríamos llamarlo padre interior); al Ello, niño (en psicoterapia, actualmente, niño interior); y al Ego o Yo freudiano, adulto (y, Naranjo lo rebautiza como madre interior que, a la luz de la empatía y la compasión, intenta una mediación amorosa entre impulsos y principios; y, a su vez, con la construcción del sentimiento de pertenencia, nos vincula a la comunidad).

Habiendo presentado al niño interior, voy traer al consciente dos conceptos que, creo, nos van a ser útiles para seguir el hilo de nuestra historia: la sincronicidad y la contratransferencia. Ya en otras ocasiones he hablado de las sincronicidades que pueden darse entre educandos y educadores (Véase, por ejemplo, Yo crezco, tú creces, él crece… todos crecemos (1ª parte) y Yo crezco, tú creces, él crece… todos crecemos (2ª parte)); y, creo, no es casualidad que éstas se den en mayor número y calidad en momentos de gran sensibilidad emocional, como son los períodos de adaptación. También, ya, en otros escritos, he hablado, aunque someramente, de la contratransferencia (Véase Esto es tuyo, esto es mío…); es decir, de las emociones, pensamientos y conductas provenientes del bagaje del pasado del educador, que éste trae al encuentro con el niño (especialmente, frente a la transferencia niño – educador). Pues bien, retomando lo ya dicho, y a la luz de lo que ya apuntó W. Reich (1897 – 1957), que la relación analizado – analista tiene mucho en común con la relación niño – educador, voy a aderezarlo con otras palabras del mismo Reich, que encontramos en su escrito Los padres como educadores: la compulsión a educar y sus causas:

Los padres, frente a cualquier manifestación instintiva del niño “recuerdan” sus propios deseos infantiles reprimidos, y las instancias instintivas del niño representan un peligro para la subsistencia de las represiones propias.

(Sigue en De niño a niño interior, o cómo el trabajo con niños puede ser una segunda oportunidad (3/4))

 

 

 

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4 respuestas a De niño a niño interior, o cómo el trabajo con niños puede ser una segunda oportunidad (2/4)

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