De niño a niño interior, o cómo el trabajo con niños puede ser una segunda oportunidad (3/4)

(Viene de De niño a niño interior, o cómo el trabajo con niños puede ser una segunda oportunidad (2/4)) Con todo lo dicho en el caldero, empecemos, que ya es hora, el relato. Nos encontramos a finales de setiembre y, el período de adaptación de Marc sigue su curso normal. Su madre lo acompaña y, con respeto y atención, se encarga de darle la cobertura que el pequeño requiere para poder adaptarse con seguridad al nuevo espacio y a las nuevas relaciones. Octubre transcurre sin demasiadas variaciones. A saber: Marc se va vinculando con las educadoras del espacio y la alegría es la música que suele acompañar a sus acciones. A finales de mes, su fase de adaptación física ha terminado y, con aparente facilidad, iniciamos el mes de noviembre. A medida que se retira el otoño y el invierno nos muestra las orejas, Marc empieza a bucear sin problemas en su particular adaptación emocional (véase Tres niveles de adaptación), y su madre va abandonando el espacio paulatinamente. Y, aquí, se da un primer hecho (ahora, significativo) que, en su momento, nos pareció carente de importancia. A principios de diciembre, por cuestiones personales, una de las educadoras falta unos días; y yo asumo la sustitución. Y, ahí, se da un punto de inflexión. Me explico. Durante esa semana, Marc muestra un interés especial en mí; y, eso, en nuestro proyecto es un síntoma de algo. El pequeñín me demanda continuamente, me reclama y me busca de manera desaforada. Incluso, cuando mi compañera regresa de su ausencia, y yo me dispongo a cubrir otras necesidades del proyecto, Marc llora desesperadamente mi partida. Durante la semana del 9 al 13 de diciembre, todos y cada uno de los días, Marc, llora por mi ausencia y, ello, y aquí encontramos un segundo hecho, despierta en mí una honda sensación de dolor, tristeza y soledad.

La súbita dependencia de Marc, y su profundo llanto, por un lado; y, mi honda sensación de dolor, tristeza y soledad, por otro, podrían leerse de manera aislada. Y, para encontrarles vinculación, para ver su sincronicidad, aquí, es donde hace falta que, ahora, hable de mí.

Voy, pues, a contar algo de mi propia historia; necesario para poder seguir el hilo de los acontecimientos. Desde verano de 2013, de alguna manera, estoy sumido en lo que San Juan de la Cruz dio en llamar la noche oscura del alma. A partir de setiembre, decido empezar un trabajo terapéutico. Y, hasta hoy, el dolor, la tristeza y una sensación de vacío me acompañan sin darme, apenas, tregua alguna. Por ello, y por sentirme incapaz, a principios de setiembre, decido abandonar todos mis quehaceres y compromisos; a excepción de la atención directa con los niños y niñas del proyecto, todas las mañanas de lunes a viernes. Así pues, en uno de los momentos más bajos que puedo recordar en mi mismo, en mi particular proceso, es cuando Marc y yo nos encontramos. Él, en su proceso emocional; y yo, en el mío. Y, ambos, en un momento, el período de adaptación, en el que, creo, pueden darse eso a lo que llamo sincronicidades emocionales. De alguna manera, Marc, resonó con mi propio niño interior. Su dolor y su sensación de soledad –los de Marc– encontraron un espejo en el que reflejarse: mi niño interior. Es como si, inconscientemente, de una manera instintiva, sin planificación, sin intervención de la voluntad, desde un no – hacer (véase Wu-wei), Marc hubiera encontrado a un igual con quien compartir proceso: mi niño interior.

Antes de seguir, quiero apuntar algo significativo: darme cuenta de aquello que les pasa a otros, fuera de mí, se me da más o menos bien; sin embargo, en este caso, en el que yo era uno de los protagonistas y, parte de ello se desarrollaba dentro de mí, me costó Dios y ayuda identificarlo. A pesar del retraso, hubo un momento, la semana antes de las vacaciones de Navidad, en el que, de repente, la situación se me volvió clara. Marc me estaba enviando un mensaje. Me indicaba que mi niño interior estaba dolido y se sentía solo, y que era importante que me ocupara de él. Su dolor y su soledad, los de Marc, eran actuales, del ahora y el aquí. Los mío eran del pasado, enterrados durante mucho tiempo bajo una multitud de capas y estratos; enterrados, como estrategia, útil ataño, para que aquél niño que fui pudiera sobrevivir. Marc, a través de esa sincronicidad resonante, me estaba indicando, o al menos ésa es la lectura que hago a la luz de Vigotsky (véase La coconstrucción de aprendizajes o Yo crezco, tú creces, él crece… todos crecemos (1ª parte), que hasta que yo no mirara a mi propio niño interior y empezara mi particular proceso de sanación no podría acompañarlo a él. Así que, sin más, decido apuntar la mirada hacia adentro, y contactar con esa parte que Marc me estaba indicando que yo estaba descuidando. (Sigue en De niño a niño interior, o cómo el trabajo con niños puede ser una segunda oportunidad (4/4))

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3 respuestas a De niño a niño interior, o cómo el trabajo con niños puede ser una segunda oportunidad (3/4)

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