De niño a niño interior, o cómo el trabajo con niños puede ser una segunda oportunidad (4/4)

(Viene de De niño a niño interior, o cómo el trabajo con niños puede ser una segunda oportunidad (3/4)) En las siguientes sesiones terapéuticas, a partir de la segunda semana de enero de 2014, y de manera orgánica y corporal, aparecen tres partes en mí, a las que, luego, en un proceso donde integro la parte cognitiva, les doy nombre: una, la podríamos llamar padre; a la otra, madre; y, a la tercera, niño (véase De niño a niño interior, o cómo el trabajo con niños puede ser una segunda oportunidad (2/4)). Voy a intentar describir las tres partes y para ello voy a usar un lenguaje personal y en presente.

La parte padre la siento fuerte y dura; agresiva, negadora de sentimientos y emociones. Esta parte le transmite miedo al niño; quisiera “matarlo”; le gustaría que esta parte infantil desapareciera. Sin duda, la parte padre se incomoda frente a la ternura, la debilidad, la inocencia, la espontaneidad, la alegría desenfrenada, el sinsentido, la imperfección. La parte madre observa, pero no actúa. Mira el dolor de la parte niño pero, de alguna manera, expresa: ¡no hay para tanto! Esta parte le trasmite al niño distancia. De alguna manera, la parte femenina acepta los abusos que la parte masculina imprime a la parte infantil. La parte niño siente miedo del padre. A su vez, se siente sola, y no percibe ni la ternura ni el calor que necesita recibir de la parte maternal. Este parte niño calla; no quiere molestar. Se queda en un rincón, acurrucada; sentada en el suelo, con los muslos pegados al pecho, los brazos rodeando las pantorrillas y la cabeza plegada sobre las rodillas. Llora en silencio.

Mi proceso sigue se curso y ni mucho menos ha llegado a su fin; aunque hay una parte de mí que desea ver ya su final (véase Dos barreras). El proceso de Marc es imparable. Marc, a su manera, y a partir de la tercera semana de enero, percibió que yo había empezado a mirar la soledad y el dolor de mi niño interior. Y, en su darse cuente instintivo, la semana del 20 de enero, dejó de demandarme en exclusividad. Es como si nuestras vibraciones internas ya estuvieran en otra frecuencia y, por lo tanto, ya no existiera resonancia entre ellas. Actualmente, en una espléndida primavera, Marc, ya lleva un tiempo habiendo finalizado su adaptación emocional y se encuentra en un momento de profundo despliegue y desarrollo.

Antes de terminar y como muestra del desarrollo del proceso, quiero relatar una situación de contratransferencia que se dio a mediados de febrero, un viernes, a la hora del comedor. Me encontré con Marc. Descalzo, sin camiseta, y con el body desabrochado, corría atropelladamente a mi encuentro. Carcajada desbordada, inocencia por doquier, mostrándose descaradamente cual sólo pueden hacer los niños, lanzaba a los cuatro vientos toda su espontaneidad; toda la Vida que hierve dentro de él. Le separaban de mí unos pocos metros, y se acercaba bailando graciosamente como un tentetieso; mostrándose al mundo con una transparencia y una grandeza propia de un dios. Por un momento, cual balazo en mi sien, me vinieron ganas de decirle ¡basta!, de limitarle tanto goce. Me paré. Me agache a su altura. Respiré conscientemente, y me golpeó un profundo dolor en el pecho. Me di permiso para sentirlo. Cubrí suavemente el pecho con la mano, y estuve respirando lenta y profundamente. Marc seguía su carrera, y cada vez estaba más cerca de mí. Entonces, me vino la imagen de mi niño interior: ese niño atenazado; incriminado por su padre e ignorado por su madre. Marc, sin más, había tocado mi dolor profundo, y toda mi carga reprimida encontró en él el blanco perfecto para proyectarse. Una vez más, con todo mi trabajo en carne viva, recogí el mensaje que Marc me enviaba: cuida a tu niño, no lo dejes solo, abrázale. Y, en esas estaba yo cuando, abriendo mis brazos de para en par, le sentí apretado contra mi pecho. Sin darme cuenta, y con las lágrimas bajándome a borbotones por las mejillas, le estaba abrazando con todo el amor del que era capaz. Y, desde una Presencia que sólo recuerdo haber sentido en momentos de mucho dolor, le di a mi maestro las gracias.

Esta entrada fue publicada en Acompañar procesos, Dentro-Fuera, Otra mirada. Guarda el enlace permanente.

16 respuestas a De niño a niño interior, o cómo el trabajo con niños puede ser una segunda oportunidad (4/4)

  1. Pingback: De niño a niño interior, o cómo el trabajo con niños puede ser una segunda oportunidad (3/4) | Ser para educar

  2. Ángeles Córdoba Murcia dijo:

    Exquisito, íntimo y lleno de coraje este cuarteto de relatos. Guillem, nunca ningún otro relato sobre nuestro niño interior me había llegado tan directamente a las entrañas del corazón y a la comprensión de mis sentidos. Me encanta la correlación que estableces entre analista-analizado / educador-niño.
    ¡¿Cuánto de transferencia y contratrasferencia hay en esto que escribo?!
    Un gran y sentido abrazo de mi niña interior a tu niño interior.
    ángeles

  3. Lili Buenos Aires dijo:

    Excelente!. Honro tu profundo trabajo interior Gullem. Gracias por compartir esta profunda vivencia explicada en el conjunto de referencias psicológicas de distintos autores y escuelas. Tu relato me llegó y me enseñó!
    Lili

  4. Laura dijo:

    Estas cuatro últimas entradas me han parecido de una gran sinceridad.
    No sé qué más puedo decir…

  5. Sebas dijo:

    Joder, tío, ¡qué movidón!
    Me resulta, en cierta medida, sorpredente…

    Gracias por compartirlo

  6. Pedro dijo:

    Me ha parecido un ejercicio bien costoso y honesto. Te desnudas y te muestras. Por dentro, por dentro, por dentro y… más adentro; y lo que se ve fuera. Me descubro, hasta cierto punto, entrando de puntillas en tu intimidad. ¿Qué intención te ha movido a compartirlo?

    • Pedro, he dejado tu comentario para el final por resultarme el más complejo de responder. La pregunta que planteas es, según mi criterio, la madre de todos los huevos: ¿cuál ha sido mi intención al compartir estos cuatro escritos? ¿qué hilos ha movido la intención que me han llevado a exponerme, que me han llevado a hacer pública parte de mi intimidad?

      Por un lado, puedo decirte que hay una parte de mí que podría llamar honradez, autenticidad, responsabilidad. Esta parte me lleva, ahora, a mostrarme tal y como me veo, a exponerme tal y como me siento; aunque eso, esa exposición pública, pueda resultar más o menos incómoda. Cierto es, también, que ese exponerme en un medio virtual me permite sostener esa posible incomodidad de otra manera; más liviana, más ligera. Así pues, descubriendo mis lagunas, buceando en mis incertidumbres, escarbando en mis errores, habría una parte de mí que quiere “mostrarme desmontado”; de la misma manera que, durante un tiempo, me mostré “más o menos montado”.

      Por otro lado, estaría la necesidad profesional de compartir algo que me parece novedoso, poco o nada explorado; incluso, diría yo, algo que todavía está en vías de exploración. En la literatura que he consultado, y en relación a los procesos educativos, hay poco o nada sobre el tema de las resonancias entre niño-adulto. Y, por lo tanto, la publicación de esta serie de cuatro artículos, de la serie de tres anteriores (Yo crezco, tú creces, él crece… todos crecemos), y algunos más que vendrán está encaminada a reflexionar públicamente sobre un tema (resonancias niño-adulto) que me parece de vital importancia, por una serie de motivos:
      1.- Porque, de alguna manera, presentan a un educador que, en algunos aspectos (crecimiento personal, maduración, etc.) está en un plano horizontal respecto al niño. Y, así, nos invita a ver la relación educativa niño-adulto desde un enfoque simétrico (sujeto – sujeto), del Yo-Tu, propio, por ejemplo, de Buber. Evidentemente, con un grado mayor de responsabilidad.
      2.- Porque este enfoque da luz, aumenta las perspectivas de uso y de entendimiento, a la teoría de la zona de desarrollo próximo de Vigotsky. Si uno lee a Vigotsky y su teoría del aprendizaje social, sin querer, pareciera que aquél menos capaz siempre es el de menor edad y, que aquél que da la mano es siempre el más viejo. Y eso, aunque Vigostky no lo diga explícitamente, creo que no siempre es así. A veces, en ciertos procesos de orden superior, generalmente emocionales (pero no siempre), el más capaz no es siempre el más viejo; a veces, lo es el más joven. O, incluso a veces, lo son a la par. Y, ahí, también, ampliaríamos la teoría del ruso: no sólo el más capaz puede dar la mano al que se está capacitando, sino que, a veces, uno y otro puede hacer el camino juntos.
      3.- Porque esta manera de entender los procesos educativos niño-adulto muestran a un niño capaz. Dejan de plantear la idea de un niño incapaz, de un niño que debe aprender de los adultos. Y, plantea un niño capaz, al estilo, por ejemplo, de Juul; un niño que cuando sus necesidades no son cubiertas lo nota y lo expresa; aunque, a veces, sea el adulto el que no posee la capacidad para entenderlo, para descifrarlo.
      4.- Por que, más allá de los procesos más conocidos de transferencia y contratransferencia, tan bien estudiados por Freud, Jung y otros, planteo otro -al que llamo “resonancias niño-adulto”- que, aunque Dolto ya intuyera en lo que dio en llamar “fusión madre-niño”; y, otros, ya presentaran el “campo” donde se dan – empatía relacional, campo relacional- (Gilligan, Carkhuff, Gendlin, Rogers, etc.), creo, nadie había concretado en este nivel de detalle. Y, nadie había planeado casos concretos (o, al menos, yo no los he encontrado) donde este campo relacional y estas resonancias hubieran posibilitado que, de la mano de un niño, un adulto hubiera podido dar un empujón a un proceso que éste tuviera detenido.

      Y, por último, decirte que al leer tu comentario, con cierta angustia me entró una duda. ¿Y si hubiera una parte de mí que, con la escritura de estas cuatro entradas, buscara “hacerse ver”, “mostrarse para ser visto”, “buscar la atención del otro”, “mostrarse especial”? Bien es cierto que el ego aprovecha todas y cada una de las posibilidades para salir a flote… y, con pavor, me pregunto si esta publicación no es una estrategia más del ego para buscar su dosis de “atención” y de “amor”.

      Querido y cercano Pedro quédate con la que más te convenza, con dos de ellas, o incluso con las tres a la vez. Dos de ellas, las primeras, eran conscientes en mí desde un inicio; la última, se despertó en mí tras tu comentario. Y, no por ello -ni por ser la última en aparecer, ni por ser la más inconsciente- es la menos importante ni la menos probable, sino, si cabe, todo lo contrario.

      Un fuerte abrazo
      Siempre tuyo
      Guillem

  7. Irma dijo:

    ¿Qué hay de cierto en las explicaciones que nos damos?
    ¿Cuáles son las emociones que se esconden detrás de esas explicaciones?
    Que necesidada más ancestral, ¿verdad?, ésa de explicarnos el mundo… ésa de creer en algo que nos ayude a explicar eso que vivimos…
    Sería algo así: me doy explicaciones sobre lo que me pasa, luego puedo vivir más tranquila. Percibo una cierta inseguridad vital, cierto miedo existencial, ¿no crees?, en ese ejercicio, por otra parte tan cotidiano, de tamizar por vía cognitiva toda nuestra experiencia…

    Tu explicación todavía me está llegando
    Gracias por compartirla

    • La verdad, Irma, es que no sé qué hay de cierto en todo aquello que nos explicamos. Generalmente, en educación, al querer avanzar, al querer comprender, generamos hipótesis. Hipótesis que, luego, necesitan ser comprobadas, contrastadas… El pensamiento inductivo y el deductivo son importantes; pero el abductivo es el que nos permite ser creativos, generar “cosas nuevas”. De alguna manera, las hipótesis son las herramientas mentales que nos permiten avanzar, ir un poco más allá…
      En mi caso, en mi trabajo, cuando algo me sorprende, cuando algo sobresale, consigue captar mi atención. Y, a partir de ahí, desde la incertidumbre que me genera la sorpresa, construyo una posibilidad, genero una teoría, esbozo una hipótesis para avanzar, para comprender esa sorpresa, para poder situar “eso” que sale de la norma en algún lugar. Incluso, a veces, para poder sostener esa incertidumbre. Y, sí, creo que detrás de toda hipótesis, detrás de toda idea, detrás de cualquier razonamiento lógico, se esconde una emoción. La emoción, así, estaría de base; sería el fundamento de cualquier teoría… sería, por decirlo de alguna manera, la piedra angular del todo constructo teórico. Incluso, detrás de esa “necesidad de buscar explicaciones”, hay una emoción… Seguramente, en cada caso será una emoción distinta: miedo, curiosidad, inseguridad vital, alegría…
      Durante una época de mi vida pensé que en todo lo que me pasaba, la suerte jugaba un papel más o menos importante. Luego, pensé que la surte se la construye uno; y, por lo tanto, de alguna manera, aquello que nos pasa lo hemos construido nosotros. Ahora, no sé qué pensar. Seguramente, ni uno ni lo otro. Me imagino a la suerte y la voluntad de la mano, entrelazándose, jugando, en un tira y afloja constante… Se me antoja pensar que, e todo esto, el entramado sistémico juega un papel importante y que, por lo tanto, mucho de lo que está en juego es, en una primera aproximación, invisible a los ojos (o, al menos, sus explicaciones, sus por qués, sí que funcionan de forma velada). Pero, seguramente, si algo a lo largo de mi historia se ha mantenido constante es esa necesidad de buscar explicaciones a lo que pasa en el mundo; explicarme aquello que me pasa y vivo. Y, esa necesidad que tengo de “buscar explicaciones a aquello que vivo” ¿en qué se sustenta?, ¿qué emoción la alimenta?. Tal vez sea ¿miedo existencial?… ¿tal vez sea para poder sostener esa sensación de “estar lanzados al vació del espacio”? También tengo que decir que esa necesidad de buscar explicaciones a aquello que vivimos no la detecto en todo el mundo; hay personas que les basta vivir.
      Pero… algo que sí sé es que esa necesidad de buscar explicaciones, de no quedarme con lo que en ese momento manejaba, de seguir buscando cuando algo no cuadraba en la visión que en ese momento tenía del mundo, me ha llevado a ir afinando mi manera de mirar a los niños, me ha llevado a desechar creencias inútiles (al menos, hasta este momento), me ha impulsado a reconstruir mi entramado teórico para poder ajustar mi visión del mundo a mi experiencia vivida.

      Un abrazo muy fuerte y sincero
      Guillem

  8. Pingback: Ciudadanas y ciudadanos (2/2) | Ser para educar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s