Cuatro tipos de escucha

En algunas ocasiones, y en relación al trabajo con niños y niñas, ya he hablado de la importancia del cuerpo, las emociones, lo analógico, lo no verbal (véase La comunicación como acto relacional o El cuerpo como mensaje). También he comentado lo crucial de la Presencia (véase, por ejemplo, Estar presente). Pues bien, en esta ocasión, me apetece escribir sobre aquello que la Gestalt de Claudio Naranjo (1932) entiende por los 4 tipos de escucha. Cuatro clases de escucha, cada una a diferente nivel, que se encuentran estrechamente vinculadas con los cuatro centros de los que ya habló Gurdieff (1869 – 1949) (véase Nuestro cerebro: 3 + 1 colaborando).

La escucha corporal consiste en estar abierto con todo el cuerpo, y dejar que en él resuene aquello que el otro dice. El cuerpo, como las cuerdas de una guitarra, vibra de una manera u otra, según quién está frente a nosotros y se expresa; según quién llega y tañe, diría Machado (1875 – 1939), nuestras más o menos empolvadas cuerdas. Escuchar con el cuerpo, afinar el cuerpo, atender la sensación sentida, diría Gendlin (1927), que nos producen los impactos con el mundo, es estar abierto a esta posibilidad; es, de alguna manera, dejarnos tocar por el otro.

La escucha emocional consiste en permitir que el río de las emociones fluya a través de ti. Aquello que nos llega del otro nos remueve; moviliza en nosotros colores, ritmos y formas que las imprimimos, en forma de emociones, en el papel de nuestro cuerpo. Lo que escuchamos del otro despierta en nosotros rabia, dolor, alegría, fuerza, tristeza…

La escucha mental consiste en quedarnos, y filtrar cognitivamente, con lo que el otro dice. Ese filtrar se puede dar de dos modos (véase Los tres mosqueteros). Un filtro es lógico, propio de hemisferio izquierdo; otro, analógico, de la mano del hemisferio derecho. El filtro izquierdo resume, analiza lógicamente; el filtro derecho compara, crea metáforas, juega con las palabras.

La escucha espiritual viene a ser algo más grande que uno mismo; trascendente. Cuando estoy centrado y consigo sentir mis 3 centros (instintivo, emocional y cognitivo) alineados; entonces, puede emerger este tipo de escucha.

De alguna manera, ahora, siento que en mí predomina la escucha emocional y la cognitiva. Y, digo de alguna manera, porqué, ahora, no acabo de saber desde dónde escucho. He perdido al cuerpo, o, tal vez, nunca lo he sentido. Desde hace unos años, en el trabajo con los niños, practico lo que podría bautizarse como escucha meditativa; es decir, la escucha vivida como si de un acto meditativo se tratase: vientre lleno, cabeza vacía y corazón abierto. De todas maneras, desde un tiempo a esta parte, siento que he perdido esta capacidad de escuchar desde la meditación. No me encuentro y, a menudo, me siento lejos de mí mismo; lo cual, a su vez, me aleja del otro. Ya no sé si antes escuchaba auténticamente al otro o, simplemente, me creía que escuchaba. Creo que el otro se sentía escuchado por mí, y, a la vez, sé que, eso, se puede “hacer sentir” sin estar verdaderamente escuchando; es decir, está ahí tu cuerpo simulando una escucha, pero sin estar verdaderamente presente.

En mi trabajo el desarrollo del observador o testigo interno me resultaba muy útil. Me permitía darme cuenta, por ejemplo, de mis distracciones; de cuando dejaba de estar con el otro, de cuando dejaba de estar conmigo mismo, de cuando me dejaba llevar por el entorno. Me permitía darme cuenta de cuando una emoción me secuestraba y, consecuentemente, todo quedaba teñido de su color: lo corporal, lo emocional y lo cognitivo. Me permitía darme cuenta de cuando mis prejuicios y mis expectativas distorsionaban todo lo que recibía del otro. Me permitía darme cuenta de cuando mi cuerpo, su postura, su estar, pervertía, de alguna manera, todo lo que abrazaba del otro. Y, digo, me resultaba, en pasado, porque, ahora, lo he perdido o, al menos, me cuesta más conectar con él. No lo encuentro. No me encuentro. Incluso, llego a pensar que nunca lo tuve; que fue un espejismo. Es como si me hubiera creído que lo tenía y esa misma creencia me hubiera servido para sentirme bien.

A menudo, ahora, en la relación con el otro, con el niño, me despierto colgado en mí mismo. Es como si la escucha interna hubiera ganado un excesivo terreno; es como si la escucha externa me costara un gran esfuerzo consciente y, en el momento que pongo el piloto automático, desapareciera y, sin más, emergiera la interna (véase El darse cuenta). Pero no una escucha interna centrada y en paz, sino una especie de escucha interna tipo disco rayado. De repente, incluso con mis hijos, me descubro como dentro de una lavadora cognitiva; dándole vueltas a pensamientos, colgado, centrifugando sin parar, y, todo ello, sin darme cuenta. Y, cuando me doy cuenta de ello, pruebo a respirar y a centrarme, otra vez.

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