La mirada de la gata (1/2)

La gata de una amiga me miró con ojos de luz; de luz de atardecer, de luz de mar. Luz de mar que depende del ojo que lo mira. Ojos de gata que se asoman a la vida a través de la ventana de mi mirar. Y yo di vida a la gata, y ella me afectó. Y, todo lo que me dijo, me recordó a Martín Buber (1878 – 1965), y a su maravilloso libro “Yo y Tú”. Releo y copio, del libro, el relato que su mirada me regaló; rescató de mi polvorienta memoria.

Miro a veces a los ojos de un gato doméstico. El animal domesticado no ha recibido respecto de nosotros, por ejemplo, como a veces imaginamos, el don de la mirada verdaderamente “parlante”, sino sólo – al precio de la más elemental ingenuidad- la capacidad de dirigir esa mirada a nosotros los no animales. Pero en él, en su amanecer y ya desde su comienzo, ha llegado a él un algo de asombro e interrogación que sin embargo falta totalmente al animal salvaje en toda su inquietud. Este gato comenzó por preguntarme indiscutiblemente, bajo la inspiración de mi mirada, con el fosforescente “¿es posible que te refieras a mí?, ¿quieres realmente que yo te proporcione no sólo entretenimiento?, ¿estoy yo ahí?, ¿qué significa ese ahí desde ti?, ¿qué significa ese ahí en torno a mí?, ¿qué significa eso de mí?, ¿qué es eso?” -”Yo” es aquí una perífrasis para una palabra, que nosotros no tenemos, de autorreferencia sin yo; y bajo el vocablo “ahí” se expone a la radiante mirada humana en la total realidad de su fuerza relacional-. La mirada del animal, el lenguaje de la inquietud, se abría aquí grandemente, pero ya aquí se extinguía. Mi mirada insistió evidentemente más, pero no era ya la radiante mirada humana.

Una gata, un árbol, una montaña, un libro pueden decirme “algo”; pueden volverse un Tú, pero, sin duda, Yo no podré ser nunca un Tú para ninguno de ellos. Así, una rosa, un algarrobo, la mirada de la gata, o los libros de Bufalino (1920 – 1996) que vuelvo a releer pueden transformarse en un Tú; los seres existentes no-humanos pueden tornarse un “Otro” a los que veo fuera de mí, y… pueden decirme “algo”, pueden “contarme cosas”.

La reciprocidad es completa cuando dos personas se dicen Tú, uno al otro; cuando soy capaz de relacionarme con el Otro, no como un “algo”, sino como un Tú; un otro Yo, dirá Rimbaud (1854 – 1891). Sin embargo, en el mundo de la naturaleza o del arte la reciprocidad no logra completarse dada la incapacidad del árbol, o de la gata, o del libro para tener un mundo y llevarlo de la mano. Les es imposible cruzar cierto umbral; son todos ellos unos Pinochos que no tendrán la suerte de dejar de ser de madera.

En el caso de los niños, me sucede algo parecido. El mundo de un niño me resulta tan ajeno como me lo puede parecer el de una gata, un perro o un árbol. Y, cuando miro el fondo de sus ojos, a veces, aunque no siempre suceda, y según el grado -o el nivel- de atención y de conciencia que en ese Acto deposito, me aparece un Tú. El niño, desde su inocencia, desde su ingenuidad, desde su espontaneidad, desde su “limpieza”, me dirige también la mirada, a mí que no soy ya niño; o, dicho de otro modo, que he olvidado a ese niño que guardo dentro. Lo he olvidado. Sí. Aunque, sin duda, en todo aquello que hago, sea él, ese niño que escondo en lo más profundo de mí, el que dirige todas y cada una de mis acciones. Sí, olvidado; a pesar de que, ahora, pretendo rescatarlo del ostracismo que sufre. Ese niño, que habita en mí, y que no fui capaz de cuidar -y que no fueron capaces de cuidar- cuando era chico; y, que, ahora, sigue pidiendo, a su manera casi incomprensible, como pueden hacerlo una flor, un árbol o una montaña, mi Atención, mi Cuidado, mi Amor.

Y, regresando al niño que miro, al de fuera, su mirada iluminada al contacto con la mía, me pregunta: ¿es verdad que te interesas por mí?, ¿es cierto que soy importante para ti? ¿es que existo para ti?, ¿es que existo? Y, mi mirada posibilita que emerja Su existencia; como las manos del panadero posibilitan que emerja el pan. No es el panadero quien hace el pan (véase Socialización y escuela (1/3)). El pan emerge por sí solo, gracias a unas condiciones que éste prepara o posibilita. El panadero o el jardinero preparan el entorno, seleccionan unas condiciones, pero es al pan y la planta quienes crecen; no son ni uno ni otro los que los hacen crecer. De la misma manera, es mi mirada de adulto, y sus condiciones, las que posibilitan que emerja el Ser del niño. (Sigue en La mirada de la gata (2/2))

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