La mirada de la gata (2/2)

(Viene de La mirada de la gata (1/2)) Y, ese Ser, esa existencia será de una manera o de otra en función, también, y entre otras cosas, de la clase de mirada que yo sea capaz, inconscientemente, de proporcionarle. Y, Machado (1875 – 1939) dirá que el ojo que ves no es ojo porqué tú lo veas es ojo porque te ve. Y, yo digo que el niño Es porque mira como lo miro. Y, a su vez, la luz de la mirada fresca, limpia, natural del niño (véase Simplemente… ser) me acompaña para que puede dirigir la mirada a mi propio niño interior, el de dentro, y, de alguna manera, empiece a compadecerme de él (véase De niño a niño interior, o cómo el trabajo con niños puede ser una segunda oportunidad (1/4)).

Y, ahí, veo, colgados de mi propia memoria, dos flecos deshilachados de viejo jubón, de los que me apetece tirar.

El primero tiene que ver con la Física. Ya en otros momentos he hablado de la superposición, en cuántica, y de cómo la leo a la luz de las relaciones humanas (véase Identidad y esencia, y Superposición e incertidumbre). Pues bien, queda claro que de Heisenberg (1901 – 1976) nos llega, entre muchas otras cosas, que observador y observado quedan involucrados en un diálogo creativo. Y, eso, en su momento, me sirvió para afirmar que nuestra mirada, como educadores, colapsa, por seguir con el símil de la cuántica, una determinada identidad en el niño. Pues bien, ahora, voy a ir más allá, y fruto de mi experiencia, declaro que no sólo es la mirada del educador la que colapsa una de las múltiples posibilidades que el niño trae de la mano, sino que, a su vez y a la vez, la mirada del niño colapsa las opciones identitarias del propio educador. Y, aún hay más, no se vayan todavía: no sólo determina una entre aquellas que el educador maneja conscientemente, sino que, a menudo, da luz a aquéllas que el educador mantiene relegadas en la sombra; reprimidas, olvidadas, censuradas. Así pues, en la mutua relación, en ese juego de miradas cruzadas, educador y educando, se van potenciando mutuamente, se van imbricando como las escamas de un pez; van creciendo sobre el mantel de una empatía relacional, dirá M. Marroquín (1934); vibrando en una suerte de resonancia límbica, dirá S. Gilligan (1954) .

El segundo tiene que ver con la psicología. Ciertamente, la mirada del educador posibilita que el educando vaya más allá de lo que, incluso él (educando), cree posible (véase Pigmalión y la llamada Galatea). Y, eso, de nuevo, me conecta con la Física. Veamos un ejemplo: la luz puede mostrarse como corpúsculo y como onda, y su manifestación depende del tipo de experimento que decidamos realizar. Es decir, los resultados que esperamos obtener en el laboratorio condicionan a la luz, y la llevan a comportarse como una cosa o como otra, como partícula o como onda. Y, ¿no es eso el efecto Pigmalión? ¿No es ésa la capacidad que tiene la mirada del ser humano, un Yo, cuando mira a un Tú, como a otro Yo? Una mirada que, cuando la recibo, me permite desplegar una de tantas; una de todas mis posibilidades, incluso las más remotas; aun aquéllas, ¡qué sorpresa!, que ni yo mismo contemplaba abrigar.

Hace poco, estuve en Madrid. Y, en la Sierra, encontré personas que me miraron con esa mirada que ayuda a Crecer; una mirada cuántica. Una mirada que me posibilitó estar con todas mis partes; las simples y las enrevesadas, las evidentes y las recluidas. Una mirada excelente, entre ellas la de Tomeu, que cuando la recibí me percaté, o más bien puede darme cuenta, que estaba dirigida a Todo mi Ser; hasta a aquellos rincones que ni yo mismo creía poseer.

El Otro, con mirada inclusiva, cuántica decíamos, como la de la gata, llama a esas puertas de Saramago (1922 – 2010) que tengo cerradas, olvidadas, atrancadas… y me lleva a preguntarme: ¿eso ves en mí?, ¿existe esa parte en mí?, ¿soy eso también? Y, entonces, sin prisas, sin empujones, sin aspavientos, la mirada del Otro me moviliza, al menos mueve mi propia mirada, hacia aquello que también soy y, por alguna trágica razón, no me permito abrazar. Pero, lo maravilloso es que esa mirada del Otro, que ve en mí esas pepitas de oro, afina su mirar porque, de alguna manera, se ha encontrado, al unísono, con mi propia mirada; el Yo – Tú de Buber. Y, ahí, en una circularidad infinita, en un virtuosismo de ida y vuelta, en un dar y recibir perpetuo; el Yo y el Tú celebran la epifanía del nosotros, dirá Lévinas (1905 – 1995); Presencia en relación que se torna revelación, y puede llegar al éxtasis, a la sacralidad. Un Yo – Tú que se aventuran a un mutuo crecimiento, que, de la mano, pasa de lineal a exponencial. Y, a eso, a ese campo relacional que todo eso contiene, y todo eso posibilita, lo podríamos llamar, simplemente, y sin ningún reparo, Amor.

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