Puertas

Me levanto con una extraña sensación, incómoda, profunda: sin saber por qué; como si hubiera dormido con ella toda la noche y, poco a poco, hubiera estado haciendo mella en mí. La sitúo entre el abdomen y la zona pélvica. La escucho lo suficiente como para darme cuenta que es honda, recóndita, y que me genera cierta sensación de vacío. Seguramente, pienso, Pessoa (1888 – 1935), el del Libro del desasosiego, se encontraría con ella como pez en el agua. Esa sensación sentida, en manos de Gendlin (1926), me trae una misiva que reza, con signos de admiración, así: ¡Qué injusto que muchos hombres y mujeres vivamos sin saber quiénes somos! Y, ahí, al levantarme, esa rara sensación, me conecta con Saramago (1922 – 2010) conversando con Juan Arias (1932) en 1998:

Creo que aunque viviésemos doscientos años, habría puertas nuestras que seguirían cerradas. ¿Por qué? Porque no sabemos abrirlas. Freud llegó para abrir unas cuantas, pero seguro que no las abrió todas, y hasta que llegó Freud y otros como él, esas puertas estaban cerradas. De todas formas, la gente había vivido, los escritores habían escrito cosas magníficas, Shakesperare no había necesitado a Freud. A lo mejor, las puertas que uno puede abrir quizá no sean suficientes para poder expresar de una forma completa quién eres, porque si pudieras abrirlas todas, algunas sería mejor volverlas a cerrar inmediatamente porque el espectáculo podría no ser agradable. Quién sabe si lo mejor será que no lleguemos a decir nunca quiénes somos.

Cuántas puertas cerramos en nuestra niñez; cuántas puertas entornamos antaño que, todavía hoy, dejan entrever, diría Bufalino (1920 – 1996), luces y lutos; puertas que tapiamos, bien pudiera ser, por miedo al dolor. Cuántas puertas que ni siquiera sabemos que existen; dinteles y jambas que se nos han ido borrando de nuestra arquitectura interior. Y pertenezco a esa clase de hombres que se dedica a abrirse puertas para, algún día, tal vez, ¡dulce esperanza!, desde el pie del monte Parnaso, subir al templo y llegar a sentir como propia, poderla al fin incorporar, botando el imperativo y abrazando el presente de indicativo, la famosa frase tan admirada por Sócrates (470 aC – 399aC).

Y, ese niño, que en la relación con sus padres, a los que quiere y que apenas conoce -o casi desconoce cual Edipo-, va atrancando puertas; que en el defenderse de su entorno se protege para poder soportar la Vida. Y, ese niño, que se siente solo, o triste, o abandonado, o no querido, o no visto… va dándole portazos a la Vida, va sellando habitaciones, para poder seguir adelante de la mejor forma posible. Y, ese niño, bien pudiera aparecer, escondido bajo su máscara de puertas cerradas, como risueño, o talentoso, o fuerte, o hábil, o crítico, o amable, o bueno… o triste. Pero, sin duda, empiezo a vislumbrarle, con más confusión que nitidez, también en mí mismo, como una víctima.

Y, siendo la infancia el momento en el que más tapias levantamos; y, siendo la infancia y sus precintos el punto de partida de nuestra coraza corporal, diría Reich (1897 – 1957), que nos aleja de ser un cuerpo con santuario interior (véase El santuario somático o El cuerpo como santuario); y, siendo la infancia un momento de gran fragilidad. Sería conveniente, ¡de una vez por todas!, cuidar la relación que mantenemos con nuestros niños; sería conveniente velar por la diferencia, la unicidad que esconden y traen de la mano todos y cada uno de ellos. Y, Saramago, en las últimas vueltas con Arias, nos cuenta, al respecto, la siguiente anécdota:

Me contaron que en una escuela rural italiana había una niña de ocho años a la que casi expulsan de la escuela porque en vez de aprenderse de memoria una poesía de Leopardi había redactado ella una suya, ya que según decía: “A mí me gusta más la mía.” La consideraron una inadaptada cuando en realidad era una creativa. En una educación masificada que impide la creatividad, los diferentes son un factor de perturbación. El sistema tiene que funcionar sin que se introduzca nada que lo contradiga. El sistema no admite excepciones y, si las encuentra, las elimina. Porque si consideras la excepción como algo positivo, estás obligado a la revisión del sistema.

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2 respuestas a Puertas

  1. Laura dijo:

    Basándose en el primer párrafo que nos presentas de Saramago como fuente de inspiración, Pedro Guerra compuso su maravillosa canción: Daniela.

    Ahí os la dejo:

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