Responsable de mi felicidad

Recuerdo que, un buen día, en mi adolescencia, mi tía me regaló el testamento de Abderramán III (891 – 961). El que fue el primer califa Omeya de Córdoba, que vivió 70 años y reinó 50, a modo de herencia, nos dejó la siguiente declaración:

«He reinado más de 50 años, en victoria o paz. Amado por mis súbditos, temido por mis enemigos y respetado por mis aliados. Riquezas y honores, poder y placeres, aguardaron mi llamada para acudir de inmediato. No existe terrena bendición que me haya sido esquiva. En esta situación he anotado diligentemente los días de pura y auténtica felicidad que he disfrutado: suman catorce

Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896 – 1957), italiano, siciliano para más reseñas, fue escritor de una sola novela, de extraordinario interés, sobretodo, por la magnífica descripción, rica y sutil, de la compleja realidad interior del protagonista. Un explicación detallada de cómo se van entrelazando el dentro y el fuera del Príncipe de Salina, Don Fabrizio; un tira y afloja, bien pudiera decirnos Ortega y Gasset (1883 – 1957), contemporáneo de Lampedusa, entre un adentro, su carácter; y, un afuera, unas circunstancias que, son el dilema ante el cual tiene que decidir. Así pues, por un lado, su voz interior. Y, por otro, sus circunstancias: las de la cultura en la que ha sido educado, y le abraza completamente; las de la familia y la sociedad en la que ha nacido, y el rol y las funciones que en ella desempeña, que ora le envuelven dulcemente, ora le ahogan sin piedad; y las del momento histórico que está viviendo cargado de dudas e incertidumbres. Ahora bien, dentro de lo excepcional que me parece todo el relato, quisiera resaltar, si fuera posible hacerlo, si dentro de lo ya singular se pudiera rescatar algo que fuera más allá, algo sobresaliente, el capítulo que detalla la muerte del Príncipe. En él, el Príncipe hace balance de pérdidas y ganancias de su vida: “trataba de extraer de la inmensa montaña de cenizas del pasivo las diminutas briznas de oro de los momentos felices”. Don Fabrizo enumera minuciosamente los momentos felices y, después, a esos destellos de pura felicidad les suma otros momentos de satisfacción, digamos, menos puros: “pepitas de oro mezcladas con tierra”. Al final, y antes de que el fragor del mar cese por completo, se pone a calcular cuánto tiempo ha vivido en realidad, cuáles han sido las horas felices: “Tengo setenta y tres años, aproximadamente habré vivido, un total de dos… a lo sumo tres años. […] ¿Cuántos habían sido los años de dolor, de tedio? El cálculo era fácil; todo el resto: setenta años.”

Para Gurdjieff (1869 – 1949) todos los hombres y mujeres somos máquinas, auténticas máquinas que trabajamos únicamente bajo la fuerza de las influencias externas. Nacemos máquinas y morimos como tal. Pero, ¿puede uno dejar de ser una máquina? Para Gurdjieff existe un antídoto: cuando una máquina se conoce a sí misma, deja de serlo; deja de ser, al menos, la máquina que era antes, pues empieza a ser responsable de sus actos. Un remedio que nos prescribe el Sr. Gurdjieff, el conócete a ti mismo del Oráculo, que, seguramente, necesita de la actitud básica de la Gestalt de Claudio Naranjo (1932): el darse cuenta, la responsabilidad, y el aquí y ahora.

Otra vez, la eterna controversia entre ver y saber. Pareciera que, como Edipo, cuánto más creemos saber de fuera, menos vemos lo que nos pasa dentro; cuántas más respuestas certeras sabemos dar al mundo, cuántos más retos de esfinges somos capaces de resolver, menos vemos lo que realmente somos en nuestro interior, más ciegos estamos a nosotros mismos y a nuestra propia existencia.

Así pues, disponemos de un carácter que cree saber, que va decidiendo en el mar de las circunstancias en las que navega; un carácter, necesario, que hemos ido forjando para poder dar respuesta al mundo, para poder sobrevivir; un carácter que, con el paso del tiempo, y a causa de la inconsciencia infantil en la que se fabricó a golpes de martillo en el yunque de las relaciones con nuestros padres, hemos ido identificando, erróneamente, con aquello que somos verdaderamente.

Dejar de saber para poder ver; transcender al ego para liberar la esencia. Y, paradójicamente, como Edipo, cuando por fin nos vemos cual máquinas, sacarnos los ojos; dejar de ver hacia afuera, para poder conocernos, para poder honrar al Oráculo, para poder ver hacia adentro.

Y, como Abderramán III y Don Fabrizio, me cuestiono: ¿Cuántos años he vivido siendo una máquina? ¿Cuántos años llevo cargando la inconsciencia de Edipo de saber sin ver? ¿Cuántos años de infelicidad? Toda mi vida. Y, como Concetta, la hija de Don Fabrizio, ahora, sabiéndolo, y con todavía un trecho de vida por delante, ni siquiera me queda ese consuelo, que es el último, y engañoso, elixir con que se embriagan los desesperados, que consiste en culpar a otros por mi infelicidad.

Ahora, con un vértigo tremendo, y una mezcla de ansiedad, miedo y un grado de curiosidad, me digo: yo soy el responsable de mi felicidad.

Esta entrada fue publicada en Dentro-Fuera, Derechos, Felicidad, Otra mirada y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

24 respuestas a Responsable de mi felicidad

  1. Isabel dijo:

    Bonissim!

  2. Irma dijo:

    ¡A mi también me ha gustado un montón!

  3. Laura dijo:

    A mi, en verdad, también me da vértigo.
    Y, me pregunto, ¿seré capaz?

    • Querida Laura,
      hace unos días he empezado la lectura de un libro de Alice Miller, El cuerpo nunca miente. En ella he encontrado un frase de Jurek Becker que dice así:

      “No tener recuerdos de la infancia es como estar condenado a cargar permanentemente con una caja cuyo contenido desconoces. Y cuanto mayor eres, más te pesa y más te impacientas por abrirla al fin.”

      Para mí, hacerme responsable de mi felicidad, ha empezado por abrir esa caja.

      Un abrazo

  4. Sebas dijo:

    Siento miedo de mi propio juicio, de ser demasiado severo conmigo mismo, de perderme en mi propio olvido…
    Siento miedo de la mediocridad, de mi propia tiranía, del “no-hacer” por miedo a…

    Siento miedo…

    • Sabas,
      yo también siento miedo.

      A veces, soy capaz de sentir ese miedo el tiempo suficiente para recoger todo aquello que ha venido a contarme.
      A veces, no soy capaz de mirarlo de frente y me escondo, huyo, me escabullo, me excuso…

      Yo también siento miedo…

  5. Pedro dijo:

    Me da la sensación que el cambio verdadero es una utopía. Creo que el peso de nuestro pasado nos aplasta; que nos estamos enterrado, de alguna manera. Vivimos sepultados, y sacar toda la tierra que llevamos encima es un trabajo para un Hércules y no para el común de los mortales. Así que, al fin y al cabo, me parece más honesto Abderramán que Don Fabrizio.

    • Pedro,
      en los días aciagos, que a veces son más de los que querría, me surgen también tus dudas. En esos días, me arrebujo entre las sábanas y no saldría de la cama. En esos días, me siento demasiado exigente conmigo mismo, demasiado duro, demasiado déspota… En esos días, pruebo de darme una tregua; empiezo a aprender a darme un poco de ternura. Sinceramente, no me resulta fácil.

  6. Comparteixo el vertigen de la Laura. Missatge per a mi sacsejador, nogensmenys totalment necessari per no oblidar el rumb. El rebo, però, no com una bufetada de vent desbocat sinó com una campaneta que pica subtil i breument al lloc més central de la meva consciència. Una vegada més, gràcies Guillem.

    • Gracies, a tu, Eduard.
      Per a mi es un honor que em llegeixis…

      Em quedo amb això de:

      “…la campaneta que pica subtil i breument en el lloc central de la teva consciència…”

      Em recorda a l’efecte que em provoquen les campanades de l’església del poble on treballo. Quan sonen, si estic més o menys a prop del campanar, no puc fer altre cosa que aturar-me y parar. Sento que parar i aturar-me m’ajuda a estar més a prop d’aquest punt central de consciència. Penso: és bo anar trobant campanetes, reals o metafòriques, que ens vagin aturant i ens ajudin a estar més a prop nostre.

  7. Susana dijo:

    Encontrarme con esta lectura, en este momento presente, en donde me paro a notar y ser consciente de una cierta incomodidad interna que me anuncia la necesidad de cambios… Es casi mágico… Gracias por esta reflexión que siento tan afin a mis inquietudes y me mantiene en el camino del ir, poco a poco, reconociéndome…. Gracias Guillem.

    • Susana,
      de tu comentario,
      me quedo con las siguientes palabras; o, mejor dicho, con las sensaciones que tus palabras despiertan en mí:

      “incomodidad interna”
      “necesidad de cambios”
      “ir, poco a poco, reconociéndome”

      Todas ellas despiertan en mí complicidad, afinidad, reconocimiento-

      Gracias por compartirlas.

  8. Estar en el camino, no llegar, esa es la meta. Es decir que no hay meta. La vida es perfeccionarse en el arte de ser consciente. No hay nada seguro. Todo por deliberar. Ahi está lo interesante.
    Maravilloso artículo Guillem. Grácias.

    • Antoni,
      creo que eso es lo que, a veces, me da miedo.
      Pareciera que la “escalera de la consciencia” es muy larga y que estaremos subiéndola durante toda la vida. Y, a menudo, esa imagen, me asusta…
      Me gustaría que todo fuera un poco más rápido; a veces, me siento lento, torpe… Y, ahí, reconozco, otra vez, a mi exigencia.

      “No hay nada seguro”.

      Gracias a ti…

  9. Molt bó… et segueixo el blog i per això jo crec que si més no als darrers anys vas sabent el que és la felicitat… jo hi sóc sovint… decidint com manego el vaixell ! gràcies per recordar.nos que nosaltres i els que ens envolten ens fan feliços! Judith

    • Judith,
      segurament, en aquests darrers anys, me n’he començat a adonar que no sempre he estat feliç, i que no sempre he buscat la meva felicitat; i, això, ja ha estat una petita llum que, sense adonar-me’n, m’ha aportat un pèl més de consciència.
      Ser-ne conscient, per a mi, encara que a voltes sigui desagradable, m’acosta a la felicitat que cerco. O, això, crec…

      Gracias a tu pel teu comentari
      Una abraçada
      Guillem

  10. joan dijo:

    A mis 71 años, igual divago o esquivo… Las palabras son siempre palabras, y, tal vez, no más que palabras. Ciertamente el cerebro, el espíritu, el alma, o como quiera llamársele, tiende a buscarle cinco pies al gato, aunque, ¿desgraciada o favorablemente? solamente tenga cuatro. Hablaba, siglo ha, el buen Horacio, que, maravillosa y suavemente, hablaba del “Beatus ille”… Tan rico, pienso, tan exhaustivo incluso, como quien intenta exprimir un limón que ni es limón ni tiene jugo.
    Con cariño y emoción para todos vosotros
    joan

    • En mi caso, a mis 42 años, he empezado a descubrir, a darme cuenta, de las consecuencias que ha tenido para mí el haberme disociado, durante toda mi vida, de las emociones intensas y auténticas. He empezado a atisbar mi propio conflicto: entre lo que he sentido/siento en mi cuerpo y lo que hubiera deseado/desearía sentir para estar a la altura de las normas que, a lo largo de mi infancia, he ido interiorizando.
      Me encantaría poder romper el círculo vicioso al que, a veces, me siento encadenado; y que, sé, me aleja de “mi mismo” y me acerca (sin quererlo y si saberlo la mayoría de veces), como un huracán imparable, a aquello que “yo creo que los demás quieren de mí”. Es, te diría, como “Ser” no en función de mí mismo, sino en función de lo que “yo creo que quieren los demás”; es como no saber estar en mí mismo; es como no haber aprendido a vivir en “mi ser consciente de mí mismo, del otro y del mundo”, sino haber necesitado construirme “un fantasía sobre lo que yo creo que sienten y piensan los otros”. Todo, sin duda, para conseguir su amor; para llegar a ser querido.

  11. raquelsuma dijo:

    Este es un paso de gigante. Cuando dejamos de ver la culpa en el mundo. Es el inicio de desmenbrar al “yo”.

    Ahora el peligro es trasladar la culpa a uno mismo. La responsabilidad aquí es ver las cosas tal y como son. A veces penas, a veces alegrías. No hay responsables, es el simple devenir vital. Aquí lo que toca es no apegarse a la felicidad y no rechazar la infelicidad. Aceptar Lo que Es sin límites. Sin juicios.

    De esa aceptación interior se deshacen los nudos.

    La fuente del sufrimiento nos la muestra el califa cuando sólo considera haber vivido en sus momentos felices.

    Uno vive siempre también en las penas. El sufrimiento aparece cuando tomamos la vida como algo personal y queremos desvincularnos de lo que ocurre. La única responsabilidad que podemos asumir es la de no juzgar lo que es.

  12. Pingback: Ciudadanas y ciudadanos (2/2) | Ser para educar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s