Tres procesos de lectoescritura

A continuación, voy a relatar tres historias; pequeños fragmentos de vida; tres instantáneas que reflejan tres momentos de tres procesos que, pareciera, corren en paralelo. Un niño, Quim (5;2) y dos niñas, Txell (5;3) y Berta (5;6), que, cada cual a su manera, se están abriendo paso, “naturalmente”, en el intrincado mundo del leer y el escribir (véase Procesos de lectura y escritura (1/3) o Lectura natural (1/2)). A su vez, sirviéndome de excusa el ejercicio literario-pedagógico, y a la luz del estudio de los procesos de leer y escribir, te propongo, lector, como si del inverso del juego de las 8 diferencias se tratara, que, a los tres textos que a continuación te presento, pruebes de encontrarles las semejanzas. Semejanzas que, sin duda, haberlas las hay. Y, a modo de pista, como sucede en las revistas de pasatiempos, te avanzo que una vez encontradas las similitudes, éstas, conformarían una pequeña lista de los ingredientes necesarios -aunque, seguramente, no suficientes- para asegurar el éxito en una imposible receta de un “Proceso de aprendizaje de la lectura y la escritura”. Suerte, valor, y al toro.

Primero:

El cuento, espacio cotidiano de grupo, había concluido. Durante casi veinte minutos la voz serena de Antonio había evocado la historia de Remijio, un campanero; durante casi veinte minutos otros corazones, sorprendidos y curiosos, habían tejido su propia historia en la que se mezclaban las palabras de Antonio: badajo, vocación, armonía, felicidad…; y, mientras duró el cuento, el aspecto de la sala dio la impresión de haber cambiado, de haberse transformado.

Ahora que la voz había callado, todo volvía al orden, al bullicio, familiar. Se abrió la puerta, salieron los niños y niñas, y las madres y padres les iban al encuentro. Con los zapatos aún a medio poner, Quim me cuenta que, ayer, leyó con su madre la nota que le entregué. Emocionado y risueño, me pide, casi me suplica, que le escriba otra; que, esta vez, la quiere leer a oscuras, debajo de la cama y con la ayuda de una linterna grande que tiene su padre.

Segundo:

«¡Felicidades! ¡Cumpleaños de Olga!»

El grito salió jubiloso de la boca de Berta y se fue repitiendo dentro de mí; y todos los poros de mi cuerpo expresaban satisfacción y alegría.

Esa mañana, Jan (8;1) había escrito un cartel anunciando el cumpleaños de su madre; lo había colgado en la puerta de entrada; y, cualquiera, subiendo por las escaleras, se lo encontraba, inevitablemente, de frente. Berta, después de superar el último peldaño, acomodada en el rellano, se paró delante del cartel. Un silencio atronador retumbaba entre ella y la hoja de papel, y por nada de mundo hubiera querido romper ese instante de concentración. Al momento, eternidad efímera para mí, Berta descifró el mensaje que horas antes Jan había construido. A mí, en la penumbra, a la sombra de esa niña que se iba alzando a hombros de gigante sobre el mundo de las palabras, una lágrima de profunda emoción me rodaba mejilla abajo.

Tercero:

La lluvia había llegado, la lluvia había vuelto a marcharse; y el sol, todavía adormecido, se alzaba lentamente como queriendo recuperar su trono que, durante unas horas, la luna le había usurpado. Txell, recién llegada y todavía con la piel adormecida, de pie delante de la cartelera de corcho, adivinaba el título del cuento y el nombre del educador que hoy iba a contarlo. De repente, como quién atina con un recuerdo de aquellos que quieren resistirse, grita: «¡Maica!» La fuerza de la palabra la empuja, y corre en busca del nombre.

Maica, ajena a todo aquel trajín, sigue ordenando la sala. De pronto, unos gritos lejanos se van acercando y, poco a poco, se percata que, los chillidos, cantan su nombre. Al girarse, casi sin tiempo, se encuentra a Txell que le dice: «Hoy, tú, explicas el cuento». Maica, sorprendida y algo extrañada, le pregunta: «¿Cómo lo sabes?». Txell orgullosa le dice que lo ha leído en el tablón de anuncios; y Maica, con calma y ternura, sigue: «¿Vamos a verlo juntas?» La acompaña de la mano y, deshaciendo lo andado, las dos, vuelven a situarse delante del papel. Txell, con la mano de Maica en su espalda, vuelve a leer, y, esta vez, de su garganta emergen otras palabras: «¡Marga!». Txell, visiblemente emocionada, dice: «¡Ponía Marga! ¡Ponía Marga!» Y, casi sin despedirse, empieza a saltar, y gritar a los cuatro vientos: «¡Hoy, Marga nos explica el cuento!»

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