Ciudadanas y ciudadanos (1/2)

Me da la sensación que, cuando reflexionosolo o en grupo- sobre qué sociedad queremos construir; sobre qué ciudadanos y ciudadanas queremos que conformen nuestra sociedad futura; inevitablemente, maquinalmente -en el sentido que Gurdjieff (1869 – 1949) le daría a este término-, me viene a la mente la frase, tantas veces dicha, de que los niños y las niñas son nuestro futuro. Ello, sin duda, en pro de construir una mejor sociedad, nos ha llevado, por ejemplo, a las personas que conformamos el proyecto en el que trabajo, a dedicar esfuerzos ingentes a mejorar el sistema escolar que tenemos, a afinar nuestros métodos educativos; e, incluso, a replantearnos, en general, aquello que entendemos por educación (Véase La escuela ideal)

Cuando pienso en la infancia, y si es la primear infancia aún más, siempre me vienen imágenes vinculadas con la fragilidad. Si uno piensa en un recién nacido, o en un bebé de meses, la delicadeza, la fragilidad, el cuidado, son elementos que, seguro, tenemos bien presentes. Maturana (1928) nos recordará que, por suerte, en la relación materno-infantil todavía conservamos -y protegemos- esos valores y actitudes que él llama matrísticos (véase Una educación matrística); y que, estarían vinculados, en general, con el concepto de ternura que tan bien ha manejado Rof Carballo (1905 – 1994) (Véase, por ejemplo, La calma, embajadora de la ternura o La urdimbre primigenia); o el de sostén que tan extensamente nos ha detallado D. Winnicott (1896 – 1971) (Véase, por ejemplo, Acompañar tocando o Segunda piel), o la energía arquetípica de la compasión de la que nos habla Gilligan (1954) (Véase Amputar la alegía (1/2)). No hay duda que, por ser los mamíferos que nacemos más inmaduros, tenemos la necesidad de extender el útero materno un tiempo más; un tiempo más o menos largo; un tiempo que abarca, aproximadamente, otros 9 meses: tiempo-espacio-relaciones necesario para que el recién nacido vaya co-construyendo su primera membrana, la física o corporal (Véase La emergencia de las tres membranas). Una necesidad de crear un útero externo en forma de lo que ya hacen otros animales; a saber: una suerte de nidos que no sólo satisfacerían las necesidades biológicas de nuestros pequeños, sino también las de seguridad, confianza, ternura y amor.

Si uno tiene la suerte de poder coger en brazos a un bebé de meses; si uno tiene la inmensa ventura de vivir de cerca esa posibilidad, entonces, sabe que, coger a un bebé es, ante todo, un ejercicio de sumo cuidado, de gran atención, de profunda presencia. En nuestro inconsciente más íntimo sabemos que ese ser que tenemos en brazos es especialmente frágil y, por miedo a que se nos rompa -una rotura que no debe ser necesariamente física, sino que basta con que sea emocional-, extremamos nuestro cuidado, evitamos distracciones y aumentamos nuestra atención plena (Véase Atención plena). Lo que nos pasa, salvando las obvias distancias, es algo parecido a lo que nos podría pasar si, en casa ajena, nos encargaran la limpieza de una porcelana finísima y delicada con un alto valor sentimental para sus propietarios. El esmero que le pondríamos a la tarea, el cuidado y la atención, la lentitud de nuestros movimientos, podrían ser equivalentes a los que desplegamos cuando podemos tener el lujo de acunar a un bebé en nuestros brazos. Es decir, en nuestro inconsciente, de alguna manera, los bebes y niños pequeños, son como pequeñas figuritas de porcelana o cristal; delicados, frágiles, sutiles…

A lo largo de la infancia, esa pequeña figura de fino cristal que ha recibido todo nuestro amor, todo nuestro cuidado, toda nuestra ternura, va creciendo y, en función del entorno y de las relaciones que en éste vaya estableciendo, va desplegando todo su potencial. Todos los estudios apuntan en esa dirección -y para ello vale la pena leer alguno de los trabajos, por ejemplo, de D.J. Siegel, o las acertadas aportaciones de Barudy (Véase, por ejemplo, Quiero vestirme de blanco), o los conceptos de aprendizaje de H. Maturana y Francisco Varela (1946 – 2001) (Véase, por ejemplo, Cómo sé lo que sabes o No aprendemos a través de la instrucción)- y nos aseguran que, esas primera relaciones, son cruciales, esenciales, para que las estructuras internas del pequeño sean de una manera o de otra; es decir, le permitan crecer en armonía o, por el contrario, pongan barreras a su coherencia interna. (Sigue en Ciudadanas y ciudadanos (2/2))

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2 respuestas a Ciudadanas y ciudadanos (1/2)

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