Ciudadanas y ciudadanos (2/2)

(Viene de Ciudadanas y ciudadanos (1/2)) Cuando somos adultos, esa pequeña figura de cristal que éramos todavía la mantenemos dentro de nosotros. Seguramente, le debemos a Piaget (1896 – 1980) el hecho de dejar de ver al niño como a un adulto en miniatura; y empezarlo a ver como a un ser único que percibe, significa y construye el mundo a su manera. De ese modo, y dándole la vuelta al calcetín, podríamos decir que no es el niño un adulto en miniatura, sino que, cuando llegamos a ese período que llamamos adultez, es el adulto el que tiene en su interior al niño que fue. Así, cada uno de nosotros, ciudadanas y ciudadanos de pleno derecho, elementos singulares que conformamos nuestras sociedades, albergamos en nuestro interior a ese niño que fuimos.

Y, ese niño que guardamos, cual figura de cristal que fue, está, ahora, releyendo a S. Freud (1856 – 1939), más o menos mellado, en función de los golpes que, a lo largo de toda nuestra infancia, recibimos. Si le miramos bien (si no miramos bien), de cerca, a ése, a nuestro niño interior, le veremos rasguños, fracturas, cicatrices; en definitiva, una herida, cargada de dolor, herencia de nuestra particular historia de interacciones, recursivas y recurrentes, con las personas que convivieron con nosotros. Y, si, dejándonos llevar por el afán del buscador, seguimos escarbando dentro de nosotros, cabe decir que, no sólo encontraremos a ese niño más o menos herido, sino que a su vera, más lejos o más cerca, con una mirada o con otra, abrazados o en pelea, encontraremos también a nuestra madre y a nuestro padre interior (véase De niño a niño interior, o cómo el trabajo con niños puede ser una segunda oportunidad (1/4), (2/4), (3/4), y (4/4)); esas tres instancias psíquicas que puso al descubierto S. Freud (Véase Ello, yo y super-yo). Y, en definitiva, esa familia interior nuestra, que tanto ha ayudado y ayuda a armonizar C. Naranjo (1932), inconscientemente, irá marcando nuestro rumbo, nuestra manera de relacionarnos con nosotros mismos, con los otros y con el mundo. En función de las relaciones internas que esa tríada vaya manteniendo, guiados por las necesidades no cubiertas de ataño de ese niño nuestro -marcado por una herida- (ese niño herido, y sus necesidades no cubiertas, manda), abandonados o arropados con más o menos delicadeza y ternura por esa madre, y criticados o nutridos por la autoridad y la fuerza de ese padre, iremos, pues, desplegando nuestro Ser Personas, construyendo grupos humanos más o menos en armonía, y, a su vez, sociedades más o menos felices.

Sin duda, pues, el futuro no es de los niños; sino, tal y como también apunta Maturana, de las relaciones que, en el presente, los adultos que estamos a su cargo vayamos manteniendo con ellos. Si las relaciones que, aquí y ahora, nosotros, los adultos, mantenemos con nuestros niños son respetuosas, entonces, los niños gozarán de la posibilidad de crecer con menos taras. Y, un niño que consigue guardar su particular figura de cristal en buen estado, crecerá, llegará a ser un adulto que, habiendo gozado de la aceptación, el respeto y el amor de los adultos con los que convivió, podrá relacionarse con él mismo, con su niño interior, desde el amor y la aceptación; podrá estar en contacto con el regalo de ser él mismo, y podrá vivir, parafraseando a Claudio Naranjo, en un abrazo a tres: madre – padre – hijo. Y, desde ahí, desde esa armonía interna, podrá construir relaciones armónicas, y, por extensión, sociedades armónicas.

Por lo tanto, el futuro no es de los niños; sino del tipo de relaciones que, en el presente, vayamos manteniendo niños y adultos. Y, que las relaciones sean de un tipo o de otro, que las relaciones sean más o menos constructivas, que las relaciones tengan cuidado en no dañar en demasía la figurita de cristal que todos y todas llevamos dentro, es responsabilidad de los adultos. Una responsabilidad, entendida como la capacidad de dar respuesta, que es doble.

  • Primero, por llevarnos a construir entornos donde el amor y los límites, la ternura y la agresividad, la suavidad y la fuerza, vayan de la mano, en equilibrio.

  • Segundo, por invitarnos a mirarnos por dentro y a cuidar de nuestra propia herida, que la tenemos (véase Responsable de mi felicidad).

Así pues, los ciudadanos y ciudadanas del futuro los estamos construyendo en el presente, en función de los contextos educativos que vamos creando, a través de las relaciones que nosotros mantenemos con nuestros niños y niñas, y gracias a la mirada más o menos amorosa que podemos brindarle a nuestro particular interior. De esa manera, la imposible receta podría ser la siguiente, y en este orden de importancia:

  1. un trabajo amoroso (confrontación y compasión) para sanar nuestra propia herida y perseguir ese abrazo a tres (niño – madre – padre) de nuestras instancias internas.
  2. cuidado y atención en nuestra manera de relacionarnos con los niños que tenemos cerca.
  3. creación de espacios y contextos respetuosos.
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9 respuestas a Ciudadanas y ciudadanos (2/2)

  1. Pingback: Ciudadanas y ciudadanos (1/2) | Ser para educar

  2. DAVID dijo:

    Gracias Guillem, me ha encantado tu post, me hace reflexionar y sobretodo me hace darme cuenta de la responsabilidad que tengo con la educación de mi hija!

    • David,
      desde hace un tiempo, y cuando pienso en cuestiones educativas, mantengo en mente, siempre que puedo, la siguiente frase de Gurdjieff (1869 – 1949):

      “Si queréis el bien de vuestros hijos, deberéis querer el vuestro. De hecho, si cambiáis, también ellos cambiarán. Pensando en su porvenir, debéis olvidarlos por un tiempo y pensar en vosotros mismos… sólo conociéndonos a nosotros mismos podemos ver a los demás.”

      David, gracias por todo
      Un abrazo

  3. ángeles dijo:

    Gracias Guillerm y David, a mí me hace reflexionar sobre la responsabilidad que tengo con la educación de mi sobrina, y yo misma.

  4. Pedro dijo:

    Así que, parece que lo mejor que podemos hacer por nuestros hijos es “ocuparnos” de nosotros mismos, ¿verdad?

  5. Irma dijo:

    Es como si todas nosotras hubiéremos sido heridas en la infancia y, de alguna manera, si no nos “ocupamos” -como dice Pedro- de nuestra herida, la acabamos traspasando a nuestros hijos. Me conecta, otra vez, con la responsabilidad y el amor (hacia mí misma y hacia mis hijos).

    Gracias

    • Como padre, y también como educador, y, ahora lo sé, a causa de mis propias carencias sufridas en la infancia, a veces, me siento incapaz, por mucho que me esfuerce en ello, de ofrecer amor a mis hijos y a los niños y niñas con los que trabajo. En el último año y medio, me he dado cuenta que, tal vez, el reconocimiento de mis sentimientos me permita ayudarme a mi mismo, y a mis hijos, a romper cierta cadena de carencias y “autoengaños” que, creo, de alguna manera, vamos pasando de padres a hijos desde ¿el inicio de los tiempos?

      Gracias a ti
      Un abrazo
      Guillem

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