Una pizca de aprendizaje con toques Montessori (1/4)

Juntas dos cosas que no se habían juntado antes. Y el mundo cambia. La gente quizá no lo advierta en el momento, pero no importa. El mundo ha cambiado, no obstante.” De esta manera, con esta reflexión, empieza uno de los libros del inglés Julian Barnes (1946), Niveles de vida (2013).

Seguramente, a finales del siglo XIX, a los chicos, en algunas escuelas, se les asignaba un sito según su inteligencia: los listos se sentaban en las filas delanteras; los tontos, en las de atrás. El premio por los progresos era ir adelantando posiciones, estar más cerca del maestro, aproximarse a la sede de la instrucción, del conocimiento, de la verdad. Seguramente, a finales del siglo XIX, los chicos, en algunas escuelas, estaban bajo la férula del maestro; y tanto las ciencias como las letras se refrendaban gracias a varapalos más o menos energéticos. Seguramente, a finales del siglo XIX, María Montessori (1870 – 1952) conoció algunas de estas escuelas.

Según mi opinión, Montessori -en la práctica- juntó dos cosas, escuela y respeto, y, aunque mucha gente todavía no lo haya advertido, el mundo de la educación cambió. Si quisiera resumir, sintetizar, sus aportaciones, me atrevería a equivocarme diciendo que los tres principios revolucionarios de la pedagoga italiana son: la libertad que le otorga a los niños, la búsqueda constante de su verdadero interés, y el intento real de que desplieguen todas sus potencialidades.

Aproximadamente, en el año 1995, inicié mi camino profesional como educador. En esos entonces, ya me había leído La scoperta del babino de María Montessori en su versión castellana. En al año 2008, junto con un grupo de familias y educadores, empecé a trabajar con 5 niños y niñas de 2 años en algo que, en ese entonces, llamamos “una alternativa a la escuela”. Uno de nuestros referentes, era María Montessori. A lo largo de estos años, he escrito dos artículos hablando exclusivamente de Montessori: uno, en el 2010, Observaciones al método Montessori ; el otro, en el 2012, Algo más sobre Montessori. En el 2015, junto con un grupo de familias y educadores, continúo trabajando, ahora con casi 60 niños y niñas de 2 a 10 años, en el mismo proyecto que, todavía, sigue buscando un equilibrio entre amor y límites, libertad y responsabilidad, fuerza y ternura. Uno de nuestros referentes continúa siendo María Montessori. Ahora y aquí, aprovechando el frío del invierno y las alegrías que me produce la primera semana del año, y gracias al correo de un lector, Fabián, me decido a explicar un poco más la manera en como creo que, según mi experiencia y mis observaciones de todo este tiempo, los niños y las niñas aprenden (véase No aprendemos a través de la instrucción o ¿Cómo sé lo que sabes?).

Según mi experiencia de los últimos 7 cursos escolares, los esquemas propios de los primeros 7-8 años de vida se aprenden, se extraen -o para ser más preciso, y usando la terminología de J. Piaget (1896 – 1980), se abstraen (véase Fichas, aprendizaje y educación infantil)- de todas las interacciones con las realidades concretas que se han vivido. Y, esas experiencias vividas con realidades concretas incluyen materiales estructurados y, sobretodo y principalmente (en estos primeros 7-8 años de vida), materiales no-estructurados. Y, aquí, voy a apuntar una aclaración: cuando me refiero a materiales no-estructurados quiero decir todo aquello que, en principio, no guarda intrínsecamente ningún objetivo pedagógico ni ha sido construido ni pensado con ese fin; por ejemplo: piedras, palos, arena, trozos de madera, frutos, hojas, agua, cajas de cartón, etc. Es un material no manipulado previamente por los adultos con el fin de organizar sus elementos para que sirvan a una finalidad educativa. Pero, y al mismo tiempo, también quiero referirme a esos espacios-tiempo-relaciones (generalmente, con un alto voltaje de carga afectiva, emocional y relacional, y que ya E. Pickler (1902 – 1984) destacó -a su manera- y les dio un lugar privilegiado) que, aparentemente, carecen de importancia pedagógica para el mundo académico convencional y que, por ser “libres de objetivos académicos” también podríamos clasificar de no-estructurados; por ejemplo: los ratos en el arenal, los espacios de juego simbólico, las horas de las comidas, los espacio grupales en general, los momentos de aseo, los paseos y los juegos en espacios naturales, etc. Llegado aquí, vale la pena apuntar, aunque sólo sea de pasada, pero no por ello quiero restarle la importancia que creo que tiene, que, en niños y niñas menores de 7-8 años, no he detectado un verdadero interés por usar materiales estructurados hasta que la necesidad de manipular materiales no estructurados ha quedado satisfecha por completo. (Sigue en Una pizca de aprendizaje con toques Montessori (2/4))

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