Cerca de mí, cerca del otro

En estos días, me he sentido muy cercano a un niño de casi 5 años que asiste a nuestro proyecto. Gracias a los ratos pasados con él, me he dado cuenta que cuando estoy en contacto conmigo, con mi dolor (sabiendo que es mío); cuando no niego mi experiencia; cuando atiendo a mis sensaciones (agradables y desagradables); entonces, desde ahí, llego al otro y puedo acompañarlo para que esté en su propio “aquí y ahora”. Darme cuenta de ello, ha sido un paso. Y, ahí, recuerdo a W. Reich (1897 – 1957):Para salir de la prisión hay que saber que estamos en ella”.

Me he dado cuenta que, desde mi aquí y ahora, desde ese “estar conmigo”, mi propio lenguaje se ralentiza (como si quisiera acariciar con las palabras); mis palabras ya sean de confrontación, ya sean de apoyo llevan la carga adecuada de fuerza y ternura; mis movimientos se tornan suaves, certeros y flexibles; empatizo con profundidad; y la intuición va de la mano de la deliberación. Estar con todo lo que siento me acerca a una suerte de autenticidad emocional que me recuerda -con nostalgia- a J. Campbell (1904 – 1987): “El privilegio de una vida es ser quien uno es”.

Hace dos lunes, al llegar a la escuela, me noté acelerado. Me sentía bromista y algo irónico. Al cabo de unas horas, me di cuenta que al ir acelerado, al ir de prisa, me había ido alejando progresivamente de mí y, esa “rapidez”, me había impulsado inexorablemente hacia “el otro”. J.R. Jiménez (1881 – 1958) ya lo avisó: “¡No corras, ve despacio, que adonde tienes que ir es a ti solo!” De manera irremediable, la aceleración (que se proponía huir de mi sensación desagradable) me había estado empujando hacía el otro, hacia el niño que tenía delante; me había llevado, diría, a confluir con él; a perderme en él; en un estado de profunda desconexión de mí mismo.

Así pues, recordándome a mí en relación con ese niño ese día –algo que un observador externo hubiera podido valorar como una serie de actitudes adecuadas de gran proximidad, simpatía y buen humor–, me doy cuenta, ahora, que mis maneras no eran más que una cortina de humo que me separaban de mí mismo y, de alguna manera, azuzaban y estimulaban al niño a que, a su vez, se separar de sí. En resumen: él vivía en mí la posibilidad de no estar con sí mismo; y, en la relación conmigo, vivía ese “estar desconectado de sí mismo” como algo legitimo y adecuado.

Me doy cuenta que ese “no estar conmigo” me lleva a “perderme” en el otro, a “no ponerle límites”; a no atender a mis necesidades ni a las suyas; a no “estar al lado” de lo que me ocurre. En definitiva, me lleva a no ser consciente de lo que siento (por no querer estar con mi dolor). Me lleva a confluir absolutamente con el otro y olvidarme por completo de mí mismo.

Aunque ya he citado a R. Moss (véase Acompañar tocando), no es hasta ahora que lo comprendo. A saber: el último día de escuela antes de estas vacaciones, cuando me encontré con este niño (en una mezcla de tensión, enfado y tristeza), me di cuenta que cuando yo estaba conmigo, entonces, yo podía estar con él; que mi capacidad empática nacía en/de la capacidad de estar conmigo. Es decir, cuando soy capaz de estar conmigo, también con mis sensaciones desagradables, llego al otro. De alguna manera, estoy aprendiendo a estar con quien soy; y eso, ahora, me lleva -con esperanza- a Pessoa (1888 – 1935): “Por mucho que un hombre aprenda, nunca aprende a ser quien no es”.

Me percaté que, estando con él, iban emergiendo en mí sensaciones e imágenes que eran mías. En ese momento, me permití tocarlas y abrazarlas; sin dejar de estar con el niño. No me fui de mis sensaciones. No me alejé de ellas. Al contrario, me quedé en/con todas ellas; y, a la vez, con él. Las dos cosas a la vez: con lo que me pasaba a mí, y con el niño. Al ir lento conmigo mismo, en un pianísimo interno, de alguna manera, también podía estar con él. Por decirlo de alguna manera: estar conmigo y con lo mío me permitía tocarle a él y quedarme con él.

Cuando toco lo mío, cuando me doy permiso para estar, me relajo, voy más lento, me vuelvo más intuitivo; y, todo ello, “no me lleva a volcarme en el otro sin estar con él porque no estoy conmigo”, sino que “me lleva a estar con el otro porque estoy conmigo”. Y, estando conmigo, con lo mío y, a la vez, con el otro; entonces, el otro, vive todo “ese estar” como algo legítimo; y, consecuentemente, y de manera inconsciente, se da permiso para estar con él y con lo que a él le está pasando.

Otra vez Mishima (1925 – 1970) (véase Interioridad) y su Pabellón: “Lo que da sentido a nuestro comportamiento ante la vida es la fidelidad a un cierto instante y nuestro esfuerzo por eternizar ese instante” ¿Y si ese instante fuera un encuentro con uno mismo? No es hasta la fecha que ¿comprendo? que la única lealtad o fidelidad verdadera es la que guardo conmigo; y que, ello, me permite lealtad para con el otro. En Hamlet, leo el siguiente consejo, de Polonio a Laertes: “Sé fiel a ti mismo, y a eso seguirá, como la noche al día, que no podrás ser entonces falso para nadie”.

Esta entrada fue publicada en Acompañar procesos, Dentro-Fuera, Otra mirada, Sentir - Pensar - Hacer y etiquetada , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

8 respuestas a Cerca de mí, cerca del otro

  1. DAVID dijo:

    Hola Guillem, soy David el hermanos de Mar, Ángeles y Sara, darte las gracias por los artículos que escribes, me gusta mucho la manera de expresarte que tienes y la pasión que desprendes por la educación. Hablando con mis hermanas y debido a la responsabilidad que he adquirido con mi hija de nueve meses, la búsqueda de guarderías para que poco a poco se vaya iniciando en su aprendizaje, hacen temblar mis cimientos y la responsabilidad como padre, de ofrecerle una educación equilibrada y justa, me hacen plantearme un montón de cosas y es ahí dónde me recomiendan tu experiencia, así que sin compromiso alguno me gustaría contactar contigo.
    Un saludo Guillem y feliz Semana Santa

    • David,
      hace ya un tiempo, te escribí al correo desde el que haces los comentarios en el blog.
      En ese mensaje te decía que cuentes conmigo en lo que necesites.

      Un abrazo
      Guillem

  2. Ángeles Córdoba Murcia dijo:

    Querido Guillem, estoy viviendo este proceso que tan bien describes “Cerca de Mí, cerca del Otro”. Cada vez que no estoy conectada conmigo, me traiciono y traiciono al otrx. En mi historia personal me doy cuenta que he estado muy pendiente del otrx. Francamente esto me ha pasado factura hasta tal punto que necesito alejarme del otrx y entonces me voy al otro extremo, como consecuencia de esta doble traición. Me pregunto cómo fue en mi infancia. Los adultos que me rodeaban tal vez se traicionaban así mismos demasiado a menudo. Me siento feliz por saberme capaz de transformar esta “herencia”. Y me siento triste al reconocer que nuestros niños “pagan” nuestras “fechorías”.
    Me han encantado cada una de las citas que has referenciado.
    Gracias Guillem

    • Gracias Ángeles…
      A menudo me descubro fuera de mí, mirando a los otros, buscándolos para conseguir su atención; como el adicto que sólo está pendiente de la dosis que le va a calmar su estado de ansiedad.
      Poco a poco, me voy dando cuenta de ello…

      Un abrazo

  3. Laura dijo:

    Guillem,
    hace un tiempo me gustó mucho la entrada que titulaste “Puertas”.
    Ésta, que también me ha gustado, al igual que la otra, me ha recordado a “una tarde escuchando a Pedro Guerra”.
    Tan cerca de mí…
    Gracias

  4. margarita dijo:

    Me alegro mucho Guillem

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