Yo y mamá

Gozo del privilegio de observar. Me siento. Respiro. Lo miro a él. La miro a ella. Los miro a ambos, en su individualidad, en su relación, en su codependendia. A él, en sus idas y venidas; pero sin perderla de vista, a ella. A ella, en su sorpresa por sus hallazgos, los de él; en su amor incondicional; en su alegría por cada uno de sus retornos, los de él.

Según Jung (1875 – 1961),

Lo “maternal”: por antonomasia, la mágica autoridad de lo femenino; la sabiduría y la altura espiritual más allá del intelecto; lo bondadoso, protector, sustentador, lo que da crecimiento, fertilidad y alimento; el lugar de la transformación mágica, del renacer; el instinto o impulso que ayuda; lo secreto, escondido, lo tenebroso, el abismo, el mundo de los muertos, lo que devora, seduce y envenena, lo angustioso e inevitable.

Él, alocado, proceloso, agitado. Cortando el azul inmenso, muestra toda su energía: primitiva, desbordante. A través del oleaje, caprichoso, con un azar que sigue cierta regularidad, deja entrever patrones antiguos, heredados. Y, desde ahí, llega hasta ella. Y, ésta, lo acoge, lo abraza, con todo su cuerpo, sin restricciones de ningún tipo; con calor y suavidad; con la mirada tierna. Y, él, después de la agradable borrasca, llega a ella; como arriba el náufrago a la isla desierta: hambriento de vida, de seguridad y de dependencia.

Ahora, él, calmo, plano, ancho. Transparente, sin ambages, vuelve a alejarse. En un vaivén continuo, eterno, se retira. Viene y va. De la seguridad que le da la tierra firme a la incertidumbre que le espera en alta mar. Así, ella queda, ahora, allá a lo lejos; la otea en lontananza. Y, desde ahí, como el vigía apostado en la cofa del palo mayor, la atisba, sin perderla de vista. Sin rumbo fijo, con el cuaderno de bitácora en blanco, con el timón al buen tuntún… va y viene, explora, sube y baja; sabiendo que, ella, allá en la costa, cuando así lo requiera, lo espera con los brazos abiertos.

M. Mahler (1897 – 1985) estudió las diferentes etapas evolutivas por las que pasa la diada “madre-hijo” en el proceso de individuación-separación. Cuando los niños y niñas más pequeñitos entran en nuestro proyecto (alrededor de los 2 años de edad), están en un momento más o menos avanzado de la fase que Mahler llama de reacercamiento, que va desde los 15 meses hasta los 24 e incluso un poco más allá (Véase El control de esfínteres y un poco más (1/2) y (2/2)). El niño es consciente que él y mamá son distintos, y la redescubre como un individuo separado de él. Por un lado, en el niño, aumenta la capacidad de alejarse de la madre; y, por otro, aumenta la necesidad y el deseo de compartir con ella todas sus nuevos descubrimientos. En las observaciones que realizo en el espacio de los niños y niñas de 2-3 años, me he dado cuenta que, en esta fase de reacercamiento, tal y como indicó Mahler, se da una pequeña o gran crisis en el momento en que el niño es más consciente de su estado de separación de la madre. Así pues, en esta crisis -propia y “normal”, cabe decir, de todo proceso-, en la que el niño se percata de su vulnerabilidad frente al mundo, emerge, en él, a veces, una fuerte ambivalencia: quiere estar con la madre y, al mismo tiempo y con igual fuerza, quiere separarse de ella. Esto le lleva, a menudo, después de un periodo de aparente confianza en él mismo (en el que la madre, a menudo, cree que su hijo ya ha finalizado su proceso de adaptación -véase Tres niveles de adaptación-), a reclamar/necesitar con más fuerza a la madre.

Ella se ha alejado; él, seguro y tranquilo, ya no puede seguirla con la mirada. Con el tiempo, ha aprendido a llevarla dentro de sí; como si transportara, cual equipaje perpetuo, un camafeo interior de su figura. A su vez, ha encontrado otras playas donde descansar; otros lugares apacibles donde parar a contar sus aventuras. Ella se queda en mezcla de paz y angustia; con la mirada puesta en el horizonte; preparada para avistar el leve indicio que indicará su regreso. Él, en momentos de zozobra, la llamará; y a su llamada aparecerán otros graos en los que podrá desembarcar; pero ella, su puerto primigenio, cada vez quedará más lejos. Sin embargo, a él, sin duda, siempre le quedará esa talla emocional internalizada, a la que podrá regresar siempre que lo necesite, que, según la bondad de la imagen, según sus muchas o pocas fisuras e imperfectos, podrá sostenerlo con todo el amor y la ternura que requiera.

Finalmente, en la fase de individualidad, de los 2 años en adelante, se logra un cierto grado constancia emocional; emergencia de la membrana emocional (véase La emergencia de las tres membranas). La madre se percibe como una persona separada y situada en el mundo exterior; y, al mismo tiempo, queda internalizada en el mundo interno representacional del niño.

El tema de la madre no deja de ser puro desasosiego. Contradictoria presencia, que recuerda y enfrenta a la madre que alimenta y protege con la que devora y abandona. La madre: un Todo que es imprescindible amar y, de la cual, para poder llegar a Ser es obligado alejarse.

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6 respuestas a Yo y mamá

  1. Judith dijo:

    uau ! que encertat i poètic. apropar-se per allunyar-se de la mare, aquest camí que tots fem. preciós ! gràcies per compartir-ho! Judith

  2. Anna dijo:

    Ja ho deia jo que feies pedagopoesia…

    Gràcies…

  3. Laura dijo:

    Guillem,
    gracias por este maravilloso texto…

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