La mala reputación de la rabia (primera parte)

Hace ya un tiempo que tengo la necesidad de hablar de la ira. Y no de la ira en general, sino de la ira en relación con el proyecto en el que trabajo. Quiero empezar diciendo que, cuando pienso en ella dentro del proyecto, siento un cosquilleo en el estómago, una cierta efervescencia; y, cabe decir que, aunque mi mirada la estoy centrando en mi lugar de trabajo, no hay duda que mi momento personal tiene algo que ver con esa inquietud. Así pues, ahora, mi momento personal me está ayudando a sostenerle la mirada, a la ira; y, según mi punto de vista, han sido dos los inconvenientes que me han impedido no poder atender a dicha emoción, de la forma en la que ahora lo estoy haciendo, hasta este momento. Paso, seguidamente, a desglosar esas dos trabas.

Por un lado, el primer obstáculo lo sitúo en el hecho que la ira sea, socialmente, la emoción más malentendida de todas las emociones. ¿Por qué? Primero, porque es una especie de emoción máscara; es decir, a menudo, aquello que parece ser rabia no lo es (y, ahí, la rabia sería una máscara), y, otras veces, lo que parece no serlo puede esconderla (y, ahí, la rabia sería la enmascarada). Y, segundo, porque la rabia, sin duda, es la emoción con más mala reputación. Y, en nuestro caso, en el proyecto, aunque nadamos con la sensación de ir a contracorriente, esa mala fama, a pesar de que nos hubiera gustado limpiársela (y nuestro discurso iba en esa dirección), de alguna manera, también se la adjudicamos (tal y como lo corroboraban nuestra obras). Voy a ahondar un poco en ello. Nuestro proyecto, sin duda, nace de una serie de reflexiones que, tanto familias como educadores, nos estábamos haciendo dentro del marco de lo que podríamos llamar el “mundo materno – infantil”. En mi caso particular, el hecho de ser padre me ofreció la oportunidad de mirar a la infancia de otra manera, y de plantearme mis formas de hacer-pensar-sentir; de cuestionarme, a nivel general, mi quehacer como educador. Pues bien, incluso en ese recodo de paz, o justamente por verlo de esa forma, que es el “mundo materno infantil”, la rabia queda dulcemente amordazada; y, consecuentemente, nuestra mirada quedaba, en relación con eso, inconscientemente distorsionada. En la relación madre-bebe, por ejemplo, la tristeza o el miedo se abrazan, a menudo e inicialmente, con duda (una incertidumbre que, a veces, obedece a cierta exigencia: ¿lo haré bien?, ¿voy a entender las demandas y las necesidades emocionales de mi hijo?, ¿seré una buena madre?, etc.), pero con dulzura; sin embargo, la rabia se pasa de largo, se mira de reojo; y, cuando emerge, se vive con cierta incomodidad y desasosiego, como si esa emoción no debiera aparecer cuando las cosas van bien y, su presencia fuera un indicador de que algo estamos haciendo incorrectamente. Y, eso, ese oculto desprestigio, también dentro del “mundo materno-infantil”, creo, nos llevó, y nos ha llevado, a ondear la bandera de las emociones temiendo, inconscientemente, la entrada de la desacreditada rabia.

Por otro lado, el segundo escollo lo ubico en nuestro propio mirar. Me explico: tengo la sensación que en aquello en lo que, supuestamente, ponemos más energía, más ahínco; en aquello que cuidamos más, a lo que le dedicamos más atención; ahí, en eso que apreciamos tanto, normalmente, tenemos, inconscientemente, un punto ciego. Y, parece raro, porque desde que nuestro proyecto empezó su andadura hace ahora 7 años, si de algo nos sentimos orgullosos, si de algo nos jactamos, es del esmero que le ponemos al acompañamiento emocional. Pues bien, mi sensación es que ese celo con el que hemos abrazado lo emocional, el mimo con el que hemos abordado el tema de las emociones, ha sido, a la vez, la venda que nos ha impedido darnos cuenta del vacío que le estábamos haciendo a la rabia.

Dicho todo esto, después de los preliminares, voy a pasar a describir lo que creo que nos ha pasado con la ira; y, para ello, me voy a valer de otras dos emociones -la tristeza y el miedo- que, por ser también primarias, están emparejadas con ella.

Desde un inicio, a nivel emocional, y a modo de esquema, en nuestro proyecto nos hemos centrado en tres puntos que considero claves en el proceso de acompañamiento emocional. A saber:

  1. Reconocer corporalmente la emoción. Tomar conciencia de ella. Detectar qué ocurre en el cuerpo cuando la emoción emerge.

  2. Aceptar aquello que nos pasa. De alguna manera, dar la bienvenida a la emoción.

  3. Expresarla. Darnos permiso para mostrarla. Escoger vías y maneras para sacar al mundo, fuera de nosotros, aquello que estamos viviendo internamente. (Sigue en La mala reputación de la rabia (segunda parte))

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4 respuestas a La mala reputación de la rabia (primera parte)

  1. margarita dijo:

    tres puntos muy importantes…para que nos acompañen en nuestra vida.
    Un beso

  2. Pingback: La mala reputación de la rabia (segunda parte) | Ser para educar

  3. Pingback: La mala reputación de la rabia (cuarta parte) | Ser para educar

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