La mala reputación de la rabia (segunda parte)

(Viene de La mala reputación de la rabia (primera parte)) Para RECONCER nos hemos ayudado del cuerpo y del lenguaje.

El lenguaje nos ha acompañado, sobretodo, con preguntas del tipo: ¿qué sientes?, ¿cómo es?, ¿en qué parte de tu cuerpo lo notas?, ¿dónde lo ubicas?, ¿qué forma tiene?, ¿es muy grande?, etc.

El cuerpo nos ha servido, sobretodo las manos, pero también los brazos y el pecho, principalmente, para alcanzar dos objetivos.

El primero: asistir en el caso de dificultades en la toma de conciencia. A menudo, el educador desde fuera observa dónde el niño siente lo que siente, y colocando su mano en ese lugar puede apoyarle -en el caso de que el niño sienta cierta confusión consciente- para que le sea más fácil el “darse cuenta”; para que le sea más sencilla la tarea del reconocimiento. He visto, por ejemplo, niños que cuando les preguntas, “¿dónde lo ubicas?”, responden, “no lo sé”, mientras su mano -inconscientemente- se sitúa en el pecho, o baja hasta la barriga. Y, ahí, la mano del educador puede soliviar al consciente lo que el cuerpo del niño ya sabe.

El segundo: sostener al niño en ese momento de toma de conciencia, ampararlo al puro estilo de Winnicott (1896 – 1971). La emoción, incluso en el momento del reconocimiento, requiere de aceptación. E, inicialmente, esa aceptación viene desde fuera; es el adulto, con su actitud el que acepta eso que está emergiendo y todavía no sabemos lo qué es. Y, esa primera aceptación permite que podamos mirarlo y reconocerlo. Es decir, esa aceptación en la fase de reconocimiento, nos asegura que no lo matamos antes de saber de qué se trata. Y, esa aceptación, a veces, es imprescindible darla a entender corporalmente. Para explicarlo me serviré de la siguiente metáfora. Cuando nos presentan a alguien, a alguien que no conocemos, habitualmente, junto con el nombre, acompañamos el momento con un apretón de manos o, incluso, con un beso en sendas mejillas. Ese apretón de manos o esos besos a un desconocido es una manera de decirle: “no te conozco, pero voy a darte la oportunidad de que te muestres tal y como eres; sin saber quien eres, te doy la bienvenida”. En nuestro caso, ese primer contacto corporal, como si un prepararse para enfocar se tratara -diría Gendlin (1927)-, es como un decir a la sensación: “no sé quién eres, pero me doy permiso para reconocerte; acepto este primer momento, y te doy espacio-tiempo para que te muestres tal y como eres”. Así pues, tocar al niño, y tocarle en ese lugar dónde se ubica su sensación sentida, puede darle la cobertura suficiente y necesaria para que se dé permiso para explorar, para descubrir, para reconocer. H. Maturana (1928), tal vez, a esa capacidad de aceptar para poder reconocer la llamaría amor. Y, lo explico con un ejemplo del biólogo chileno. Cuando encontramos una araña y, justo verla, sin más, por miedo o por desconocimiento, la pisamos; entonces, no le damos la oportunidad de ser, de mostrarse. Ahora bien, si en lugar de pisarla, primero, le permitimos que sea; entonces, podemos verla y, gracias a ello, tenemos la posibilidad de conocerla. Será entonces, desde ese conocimiento, que podremos decidir, quizá con más acierto, y seguro con más respeto, qué hacemos: la piso, me quedo quieto, me voy corriendo, fundo una asociación en defensa de los artrópodos, etc. Según Maturana, esa emoción que nos permite darle la oportunidad al otro para que se muestre, aceptándolo tal y como es, es el amor (Véase Los tres chilenos y el amor). Con el niño, el amor que sentimos por él, y por todo de lo que él emerge (no por todo lo que hace), nos permite:

  • aceptar que “eso” esté allí,

  • permitirle a “eso” que salga, incluso antes de saber qué es y qué ha venido a contarnos.

En el caso de la ira, y en referencai a nuestro proyecto, bien pudiera ser que, por falta de amor hacia ella, por asociarla a muchos de nuestros problemas, por prejuicios, etc. la hayamos reprimido, inconscientemente, incluso antes de reconocerla. La represión no permite la emergencia de la sensación; es una suerte de introyecto del tipo: “lo que sientes no está bien”. Y es probable que esa mala fama inconsciente de la que hablé (Véase La mala reputación de la rabia (primer parte)) nos haya llevado -como proyecto- a reprimir la rabia. Una desensibilización que, seguramente, hemos patrocinado inconscientemente los adultos (la suma de todos nuestros inconscientes generando un “campo”, por decirlo de alguna manera) y que, por suerte, no ha impedido que muchos niños se la reconozcan y la prueben de expresar. Ahora bien, esa represión de la ira nos ha impedido -al menos hasta ahora- mostrar al mundo nuestra fuerza; defender nuestras posiciones; proteger nuestras membranas (física – emocional – cognitiva) de invasiones reales; conectar con nuestros instintos; satisfacer nuestras necesidades. (Sigue en La mala reputación de la rabia (tercera parte))

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2 respuestas a La mala reputación de la rabia (segunda parte)

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