La mala reputación de la rabia (tercera parte)

(Viene de La mala reputación de la rabia (segund aparte)) Para ACEPTAR, también nos hemos agarrado a las muletas del lenguaje y el cuerpo.

En cuánto al lenguaje, cuando hemos hecho un primer reconocimiento de la sensación sentida podemos, entonces, saber si se trata o no de una emoción. Porque, no huelga decir, que, a veces, una sensación sentida corporalmente, nos puede estar hablando de una idea, de una oportunidad, o de cualquier otra cosa; aunque en todas ellas haya enganchada, entre otras cosas, su componente emocional. Y, ahí, cuando se trata de una emoción, vale la pena ponerle nombre. Nombrar algo es una manera de hacerlo nuestro. En la primera fase, de alguna manera lo acepto para reconocerlo, para poderlo mirar. Ahora, habiéndolo mirado, le pongo nombre como una manera de apropiármelo. E, incluso, ese nombrarlo puede ir acompañado de una especie de marco. Por ejemplo, “Ahora, sientes tristeza. Me doy cuenta que te gustaría estar con mamá, ¿es así?”; “Sientes miedo. Este perro se ha acercado mucho, ¿verdad?”. Quiero puntualizar que enmarcar la emoción no es fácil, aunque lo parezca; y, en este caso, invito a la prudencia. Considero más adecuado, simplemente, decir: “veo tu tristeza”, que correr el riesgo de ubicar la emoción en un marco incorrecto.

Nombrar la emoción es una manera verbal de darle la bienvenida; acoger al huésped en casa, dirá poéticamente Rumi (1207 – 1273) (Véase Conectados con la Vida). Ahora bien, no quiero pasar por alto que, aquí, lejos de indicarle, desde fuera, al niño lo que siente, lo que estamos haciendo es acompañarlo en su toma de conciencia. Después de ayudarlo a describir lo que siente (fase de reconocimiento):

  • le invitamos a expresarlo (si pudiera traducir esta actitud en una frase sería algo así como: ¿qué sería aquello (palabra, dibujo, movimiento, etc.) que definiría lo que sientes?);

  • y, cuando ya se haya agarrado a “ello”, le hacemos compañía para que lo compruebe (verbalmente, sería una suerte de: ¿es realmente eso?). Sin duda, ese “hacerle compañía para que lo compruebe” tiene tintes de compasión (Véase Estar presente) y, a su vez, rezuma empatía por los cuatro costados. De Rogers (1902 – 1987) aprendimos la empatía actitudinal -la comprensión del marco perceptivo del otro-, y la intuitiva -la sintonía con la experiencia del otro-; y de Gendlin, la empatía conductual -la base de la destreza del resonar para que el otro pueda cotejar aquello que expresa con aquello que está sintiendo-.

Al mismo tiempo, ese mirar lo que me ocurre, y ese nombrarlo, es una manera de no identificarme con eso que me pasa; es una manera de “darme cuenta”de que “yo” y “eso que siento” somos cosas distintas. Aquí, no sólo es importante diferenciar entre “mapa y territorio”, al estilo Korzysbki (1879 – 1950), sino también entre “cartógrafo y mapa”, al estilo G. Bateson (1904 – 1980) . Por decirlo con un ejemplo, no sólo la bandera y el país que ésta representa son cosas de distintas, y de niveles distintos; sino que ambas se diferencian, a su vez, del ciudadano de esa nación. Así pues, para poder mirar “algo” es imprescindible tomar cierta distancia de “ese algo”; y, ya sea “ese algo” una emoción, ya sea una idea, ya sea una creencia, para poder mirarlo debo sentir, de alguna manera, que “yo no soy eso”. Recordando a Gilligan (1954), en el caso de una idea, o de un sistema de creencias, a esa incapacidad de “mirar” -y de separarse de los propios pensamientos- la llamamos “fundamentalismo”, y no hace falta exponer los problemas que conlleva. En el caso de una emoción, a la confusión entre “yo” y “aquello que siento” la podemos llamar “secuestro emocional”, y, ni que decir tiene, también entraña sus peligros.

Según F. Dolto (1908 – 1988), como niño, ponerle nombre a aquello que me está sucediendo me permite, por decirlo de alguna manera, no relegarlo al inconsciente; no ubicarlo en mi parte oscura. Ponerle nombre y enmarcar mi sentir lo hace consciente, lo legitimiza. Ubicar mi llanto, y la sensación de ausencia o de soledad que siento por estar lejos de mi madre, y recibir la aceptación incondicional de mi sentir por parte del adulto que me acompaña, me da permiso para sentirme digno con eso que siento. Es decir, podría resumirlo así: “estoy triste porque mi madre no está, y la hecho en falta; al mismo tiempo, lloro y con esas lágrimas expreso mi tristeza; y, a su vez, gracias a la aceptación que recibo desde fuera, me doy permiso para todo ello, y me siento digno por sentir esa tristeza, y por expresarla tal y como la expreso”. (Sigue en La mala reputación de la rabia (cuarta parte))

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2 respuestas a La mala reputación de la rabia (tercera parte)

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