La mala reputación de la rabia (cuarta parte)

(Viene de La mala reputación de la rabia (tercera parte)) En cuanto al cuerpo, no hay duda que lo que aquí se maneja es esencial. Si en la fase de reconocimiento, el cuerpo nos ha servido para salvar las dificultades en la toma de conciencia, y para lo que podríamos llamar una pre-aceptación; ahora, en la fase de aceptación, el cuerpo también nos sirve para un doble objetivo:

  1. Cuando tenemos contacto y conciencia corporal de “eso” que sentimos y, al mismo tiempo, le ponemos nombre, nos adueñamos de “ello”. Así pues, cuando el educador coloca su mano en esa zona dónde el niño siente “eso”, y lo hace con presencia, y, si es conveniente, lo nombra, entonces, realmente, “eso” se acepta; y, lo más importante, el niño se siente aceptado. Y, cabe decir, que esa aceptación ya modifica el sentir; es decir, ese acto compasivo de aceptar “eso que me pasa” ya modifica la manera en cómo yo me siento con “eso” y, de alguna manera, también modifica “eso”. Y, sin duda, el contacto corporal con presencia da cobertura, por un lado, “al niño sintiendo eso” y, por otro, a todos los cambios que se van dando: en el sentir del niño respecte a “eso”, y en “eso”. Para explicarlo contaré que, en mi caso, cuando siento tristeza y lloro, poder hacerlo acompañado de alguien que, sin más (y sin menos), me acoge y me sostiene con su mirada o con su abrazo; por un lado, me sostiene; y, por otro, me hace sentir bien conmigo mismo (es decir, es algo así como: “me siento bien por sentirme triste”; “estoy bien -a nivel de identidad- por sentirme triste”). Pero, todavía hay algo más. A saber: de alguna manera, esa tristeza, que de algún modo ya es también la tristeza del otro, con la simple aceptación, parece que “se mueve” y, ese movimiento (aunque, a veces, sea mínimo), sigue una dirección constructiva, de autoconocimiento, sanadora.
  2. Al mismo tiempo, el contacto corporal de la mano en esa zona dónde el niño siente eso, funciona a modo de sonda; y le abre las puertas al niño para que pueda profundizar en eso; para que eso se pueda desplegar completamente.

Con la ira, por lo ya comentado (Véase La mala reputación de la rabia (primer parte)), hay ciertas dificultades:

  • Primera, corporales; ya que cuando un niño siente rabia respecto a un adulto, generalmente, ese niño no quiere recibir contacto corporal por parte de éste. La sensación de ruptura de vínculo que vive el niño le lleva a no querer contacto corporal con la que él supone fuente de su enfado. Eso puede dificultar, inicial y aparentemente, el acompañamiento.
  • Segunda, de coherencia entre lo verbal y lo no-verbal; ya que, la parte verbal del acompañamiento, por ejemplo un “veo tu enfado”, a menudo, puede ir acompañada inconscientemente (no-verbalmente) de un “entiendo que te hayas enfadado, de verdad te lo digo, pero, por favor, no te pongas así de rabioso”. Y, eso, el adulto (sin apenas darse cuenta) lo puede expresar mínimamente, de manera casi imperceptible, con micro-gestos; pero el inconsciente del niño lo capta y se lo traga. Unas cejas levantadas, un estiramiento de la comisura del labio, una mirada que se estrecha, unos brazos moviéndose, una mano en tensión, un tono de voz, la intensidad… Todo ello, elementos no-verbales e inconsciente que danzan con esa frase, “veo tu enfado”, son elementos que delatan, matizan y condicionan, el auténtico grado de aceptación de “eso” que siente y expresa el niño.

Para terminar este segundo bloque, quiero decir que la auténtica aceptación nos aleja de tres actitudes que con la rabia, y otras emociones, son muy habituales: culpabilización (“esto te ha pasado por no hacerme caso”, “yo ya te avisé”, “no tienes derecho a ponerte así”, “con todo lo que yo he hecho por ti”, etc.), menosprecio (“esto no es nada”, “por tan poco, no hace falta que armes semejante escándalo”, “no hay para tanto”, “baja marcha”, etc.), y distracción (“venga, vamos a hacer otra cosa”; “¿quieres que te dé algo de comer?”; “¿vamos a jugar?”; “sal un poco,y así te olvidas del tema”, etc.). No hay duda que, estas tres actitudes, como proyecto (y no necesariamente con los niños), y en concreto con la rabia, nos han acompañado bien de cerca. (Sigue en La mala reputación de la rabia (quinta parte)).

Esta entrada fue publicada en Acompañar procesos, Dentro-Fuera, Sentir - Pensar - Hacer. Guarda el enlace permanente.

5 respuestas a La mala reputación de la rabia (cuarta parte)

  1. Pingback: La mala reputación de la rabia (tercera parte) | Ser para educar

  2. raquelsuma dijo:

    Desde mi experiencia la actitud que disuelve mejor la no-aceptación de cualquier emoción es responsabilizarse del propio rechazo (no-aceptación) en este caso, sintiendo verdadera vergüenza por nuestra mala actitud hacia el otro, seguido del reconocimiento de nuestra incapacidad para resolver la situación a la vista de nuestro mal hacer.
    En general, cualquier actitud que tienda a afirmar nuestro yo, nuestro ego, significa separarnos y potenciar el conflicto, entonces cualquier actitud que niegue ese yo nos ayudará en el sentido contrario que es disolver la separación.
    Darse cuenta del propio error, es el primer paso hacia la disolución del conflicto, el siguiente paso es negar ese yo fuente de conflicto, quitándole la validez resolutiva por evidencia de los errores.
    Vergüenza y arrepentimiento es un modo interno que mostrará un exterior aceptador.
    Mientras miremos al niño sin reconocer nuestro propio error en nuestro mirar y no nos arrepintamos el conflicto es alimentado.

    En esa situación de alimentar el conflicto la distración o el quitar importancia son el reflejo de nuestro interior lleno de orgullo.

    • Muchas gracias por tu comentario.
      Me parece pertinente y lo comparto…
      Alimentar el conflicto, como tú ya apuntas, tiene que ver con esa incapacidad de amarnos a nosotros mismos; esa falta de amor y comprensión hacia nosotros…
      Darnos cuenta de esa no-aceptación, que tiene que ver con ese “no aceptarme a mi mismo”, es el primer paso…

      Me parece tan fácil de escrirlo; y me siento tan esclavo de ese error, todavía…

      • raquelsuma dijo:

        La dificultad es porque vivimos una paradoja, no puedo aceptarme a mi mismo porque no soy capaz de amar. No podemos amarnos por nuestra propia incapacidad, pero si abrirnos a esa posibilidad reconociendo nuestra culpa, no excusándonos, somos los responsables y lo mínimo que podemos hacer es soportar el remordimiento.

        En ese punto de suspenso de nuestro yo, la acción parte de otro lugar más natural, del ser más auténtico porque apartamos es pequeño yo sufriente, lo humillamos, lo anonadamos. De ahí, de esa abertura de es desnudez puede surgir la verdadera acción ética pues está libre de nuestras cargas personales.

  3. Pingback: La mala reputción de la rabia (quinta parte) | Ser para educar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s