Primeras calendas griegas

Según Bufalino (1920 – 1996), “Calendas griegas”, se dice, de días imposibles, que jamás existirán. A pesar de ello, en mi escrito, se refiere a experiencias que nunca fueron o fueron de diferente forma, y que voy inventando al desplegar el sueño de mi infancia.

Siento frio en el cuerpo. De alguna manera, noto que me desparramo; la piel no me contiene. Tengo miedo de caerme al vacío. La sensación de desazón es insoportable. Instintivamente, rompo en llanto. Al rato, el contacto con unos brazos suaves me devuelven la sensación de forma, de cuerpo, de ser. Noto su calor. Desaparece, en mí, toda tensión. Siento un agradable olor que me resulta familiar; la música de unos sonidos que no entiendo me acarician tiernamente. Todo mi cuerpo se relaja. Dejo de llorar. Regreso a casa.

El vestíbulo es inmenso. Los gritos, el barullo, y llantos y risas, se alzan por sobre de las pequeñas cabezas que, cual ganado en redil abarrotado, ocupan todo el zaguán. De repente, van entrado figuras más altas que sobresalen de la multitud. Ávido, miro a diestra y siniestra, buscando algo conocido, doméstico. Mientras, a mi alrededor, los encuentros se suceden, no todos, cabe decirlo, coronados de alegría. De repente, se me acerca alguien que me llama por mi nombre. La miro perplejo. En mi interior siento una punzada, grave, siniestra. Mi cuerpo se encoje. Empiezo a llorar. Me lleno de pánico. Una sensación me recorre toda la espina dorsal; un cosquilleo aterrador que, puesto en palabras, tendría la siguiente forma: ¿Quién eres tú? Sin darme tregua, la desconocida me agarra de la mano y, con una voz que se me clava como algo frío y agudo, me dice: “Vamos, hijo mío, que tengo prisa”.

Miro atrás sin dejar de correr. Una multitud me persigue. Veo sus caras, mezcla de esfuerzo y frenesí. Delante de mí, aparece, como la tabla de madera para el náufrago, un cohete de hierro. Sin pensarlo, me encaramo a él. Subo, tan deprisa como me lo permiten mis cortas piernas, hasta tocar el cielo con los dedos. Allí, sin poder ir más arriba, me paro. Jadeante, miro abajo. La muchedumbre escala ocupando todo el perímetro de la nave. Me doy cuenta que no corro por el gusto de no ser atrapado, buscando, en el fondo, el placer de ser incordiado; sino que, en realidad, esto huyendo.

Arrebujado en mí mismo, acunado por los brazos del sofá, sostenido por el almohadón, y protegido por el respaldo, abrazo una insidiosa soledad. ¡Cuánto que contar! Las sensaciones se amontonan sin poder salir. La presión interna es enorme. Sin duda, lo desagradable gana la partida. Miro a mi alrededor y todo me resulta confortable: la mesa rodeada de sillas, la columna, el bajorrelieve que cuelga de la pared, las figuras de porcelana que decoran el sobre del secreter… Al mismo tiempo, me siento alejado de todo, aislado, sin conexión con el exterior; como el astronauta dentro de su escafandra, pululando por el espacio, fascinado por la familiar imagen de la tierra pero, a la vez, con esa angustiosa sensación de estar tan alejado de ella. En ese mismo instante, cuando el miedo llega a su zenit, se me acerca alguien: ¿Qué te pasa?, me dice. Las palabras me suenan lejanas, como quién las oye en un juego de niños que se gritan debajo del agua. Nada, respondo. Y, al instante, algo explota dentro de mí. Algo se rompe. Lloraría pero no puedo.

La veo ahí, aparcada. Grande, verde, brillante. La sensación de libertad me recorre todo el cuerpo. La espera ha sido insoportable. Después de varios días encerrado por la enfermedad, por fin he conseguido derrotarla. Las fuerzas han regresado y la ganas no han dejado de ir en aumento. Bajo a la calle junto a un tropel de sensaciones alucinantes. Sin saber cómo, al rato, el viento acaricia mi cara; el pecho, hinchado como las velas de una nave; las piernas, tensas; todo ayuda a que me sienta vivo y poderoso. No sé por qué, pero, cargado de esa intensidad, me escaparía lejos montado en mi nueva ilusión. (Sigue en Segundas calendas griegas)

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13 respuestas a Primeras calendas griegas

  1. Anna dijo:

    Gracias Guillem.

    Con nueve años tenia dentro de mi un mundo maravilloso. Mi bici era a la vez mi coche fantàstico, mi moto de alcón callejero, mi barco, mi nave espacial, mi amiga, mi confidente, mi libertad.
    Muy a menudo iba sola a recorrer los caminos de mi recién estrenado entorno rural. Miraba las plantas y los insectos. Hablaba con dios y con los espiritus de la Naturaleza, en voz baja, en secreto. Me sentia en comunion, hija de la Tierra y de la Lluvia, de la Luna y del Sol.
    Enterraba lcon honores y immensa pena a los pajarillos muertos. Me hacia amiga y le ponia nombre a los perros callejeros. Iba a ver las puestas de sol, reverentemente, en silencio, poniendo consciencia romàntica a lo irrepetible.

    Si el paseo era suficientemente largo a veces podia llenarme de polvo, sudor,hierbas aromaticas, trigo, amapolas y saltamontes y quitarme un poco de encima la angustia, los bloqueos y las malas sensaciones que acumulaba durante todo el dia: en casa, en la escuela, en la calle. Pero poco duraba el alivio si llegaba a producirse. Al cruzar el umbral de la casa, al acercarme a la puerta de la escuela, al salir a la calle a jugar con los vecinos, mi mundo maravilloso se perdia: mi valentia, mi osadia, mi intuición, mi niña india, andrògina, amorosa y libre, se desvanecian.
    Dentro de mi habia un mundo muy bonito que desaparecia con el mínimo contacto con los otros. Habia un Ser que no podia ser, que no podia manifestarse en esos ambientes. Y como no lo podia compartir con Nadie, nunca le di el valor que ahora sé que tiene. Porque los que aprendemos a estar en manos de l@s otr@s nunca estamos suficientemente cerca de nosotr@s mism@s.

    Eso me recuerda tu escrito.

    Un beso
    Anna

  2. Laura dijo:

    Nunca me hubiera imaginado que sacar a la luz lo olvidado pudiera ser un ejercicio tan bello. En algunos momentos, la piel se me ha erizado. Exhumar la propia memoria con el objetivo de conectar las piezas olvidadas en el bolsillo de un viejo pantalón. Cierto es, como ya has dicho en algún lugar, que quién no se reconoce a sí mismo no puede acompañar a otros en ese camino. Te quiero dar las gracias, pues, por este “desnudarte”.

  3. Pedro dijo:

    Qué persigue el autor con tanta desnudez, a qué doble juego está jugando, qué busca del lector motrándose en semejante, para mí, impúdico ejercicio.
    ¡Cuánta zozobra me produce! ¿Será por la desfachatez que intuyo se requiere para realizarlo, o por la autenticidad que presumo? Una desvergüenza que envidio y un autenticidad que persigo.

    • Pedro,
      cuántas veces me he preguntado porqué hago públicos ciertos ejercicios.
      Por un lado, para limpiarme la cara a puertas abiertas. Yo también soy eso… y, para mí, poder mostrarme también así es un ejercicio incómodo.
      Por otro, para poder dar un poco de luz a otros que anden por mi misma vereda…
      Nada más

  4. Irma dijo:

    Gracias por el ejercicio.
    Gracias por la sinceridad.
    Muy bello…

  5. Sebas dijo:

    Tal vez, ahora, leyéndo tus calendas empiezo a comprender una de las tres partes que, últimamente, sacas al terreno de juego. Hablas, en algunos de tus últimos artículos, de la triada padre – madre – hijo; y, se me anotja pensar que, en éste, quien habla es ese niño que, de alguna manera, todos conservamos dentro de nosotros. ¿Es así?
    Darle espacio, a ese niño, para que puede expresar todo lo que vivó, y cómo se seintió al vivirlo, es una manera de compadecernos de él, ¿verdad? No es importante si lo que recordamos fue real o no; ahora bien, lo significativo es la huella de dejó en nosotros. ¿Te parece?

  6. Luis dijo:

    Me sorprende que tus calendas estén escritas en presente.
    ¿Será que tu niño interior las vive y las siente en su “aquí y ahora”?

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