Segundas calendas griegas

85811604_c98a0fe439_o(Viene de Primeras calenas griegas) Te veo triste; y, más que triste, melancólico. Cabizbajo, taciturno, tropezando con todas la piedras del camino; aunque, si te lo preguntaran, seguro, dirás que no, que tropezando no, que dándoles con el pie. Añorando aquello que fue, y que no sabes -por tierna inconsciencia o por una olvidadiza protección- si realmente ha sido, pero que, de repente, sin más, se esfumó. Cuando llegas a casa, rompes en llanto, desgarrador, y tu madre, sin saber consolarte, te pregunta ¿qué te pasa?, ¿por qué lloras? Sin saber explicarlo, echas de menos esos días de fusión total con lo tierno, con lo suave, con lo amable, con lo querible… Acabas de llegar de unos campamentos de verano; finalizando tu primer septenio, pareciera como si alguien, tal vez tu educadora, durante esos tres mínimos días, te hubiera recordado aquello que antaño tuviste y que ahora ya no sientes: a tu madre.  

Curiosa dependencia, se me ocurre observar cuando te miro, esta que te sujeta a una música y te entusiasma tanto a perseguirla como a repudiarla. No de manera diferente a la de otro Tántalo, que se castiga a sí mismo, que cuanto más cerca está de aquello que anhela con más fuerza lo rechaza; o, mejor dicho, como un Sísifo que no puede desligarse de su esfuerzo, arduo e inútil, frustración continua, sin poder nunca descansar. ¿Qué buscas que al tocarlo lo conviertes, como Midas, en algo que no te puede saciar? ¿Qué te lleva a perpetuar tu hambre? Buscador de ternura, de cariño, de una suerte de dependencia amorosa, de “madre”, me atrevería a decir, que, al rozarla, por miedo al dolor de perderla, la rechazas. Un declinar la invitación al amor, que con tanto ímpetu habías perseguido, no por desdén sino por una súbita e inexplicable pérdida de deseo. ¿Cuántas veces, ¡oh, infeliz!, desde esa vez primigenia, te has marchado del lado del amor -sin haber probado su fruto- por miedo a ser, otra vez, abandonado? Un evitar la frustración que te mantiene en ella, inexorablemente, de manera perpetua.

Te espío por la cerradura de la puerta. Tú, solo en un rincón, abrazado a ti mismo. No muy lejos, en la mesa del extremo opuesto de la sala, un grupo familiar juega y se ríe. Sin querer ser visto -eso es lo que tú crees desde tu barricada- le diriges una furtiva mirada, mezcla de envidia, afán e indiferencia. Un niña, ¿será tu hermana?, se acerca y te pide: ¿Quieres venir a jugar con nosotros? Cuánto agradeces ese gesto de atención y, a su vez, cuánto lo odias. Me pregunto de qué manera tu pequeño ser puede sostener tanta contradicción. Tu cuerpo le daría un sí; de tu boca sale un no. Restas inmóvil, viendo alejarse a la niña que regresa a la mesa de la alegría. Y, tú, paradoja en ristre, te hundes en el pozo de la miseria, panza abajo, sin poder salir; y, a causa de tu posición, sin poder ver, aunque sea desde el fondo, el cielo estrellado mucho más allá del brocal.

La noche cae y te envuelve, aunque no te percates de su dulzura, con su manto suave y oscuro. A pesar del manto, y de todas las sábanas y mantas en las que te escondes, o tal vez a causa de él, el frio va calándote cada vez más adentro. Junto a él, de la mano, la soledad y el miedo; demasiados compañeros para una cama tan estrecha. De cerca, te miro a los ojos; abiertos de par en par, me muestran tu alma, pequeña, infantil, frágil, vulnerable. La muerte te acecha, eso crees, y el miedo a perder a los que más cerca están de ti te congela. Restas inerme a su merced; exangüe, apenas sin moverte. A lo lejos, allá en el comedor, escuchas un rumor. Te llegan palabras apagadas, indicios de que no todo está perdido. Gritas con voz queda y te sorprende que tarden tanto en oírte. Como el general Custer y su Séptimo de Caballería, los intrépidos soldados, papá y mamá, llegan a tiempo, justo antes de la supuesta derrota. En esos momentos, los recibes como agua de mayo. Lo que no sabrás hasta muchos años más tarde es que esos que vinieron a salvarte eran ya, a esas alturas, unos muertos. (Sigue en Terceras calendas griegas)

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10 respuestas a Segundas calendas griegas

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  2. Luis dijo:

    Curioso… Me he enganchado a tu biografía fantasma.
    Las primeras, en primera persona; las segunda, en segunda. ¿Cómo serán las terceras?
    Me sigue pareciendo de calidad y con mucho jugo.

  3. margarita dijo:

    …me he conectado con algo de mi niñez…trago saliva…

  4. Sebas dijo:

    Me sigue impresionando lo escrito. En algún momento, me siento casi identificado con el fondo de los relatos; con el aroma, con la esencia. Dejan un poso en mí que me resulta familiar…

  5. Juan dijo:

    Te leo desde hace tiempo. Y, estas “calendas” me han hecho pensar en tu hijo. Por tu blog sé que tienes un hijo (o dos). Presupongo que tu hijo no lee el blog (me lo figuro menor de 10 años). Y me pregunto qué pensaría si lo leyera.
    Yo, por la edad que tengo, y por la que tienes tú, podría ser tu hijo. Y, leerte desde esa mirada me ha producido sensaciones raras.
    Leerte como si fueras mi padre, leer tu niñez como si esa niñez fuera la infancia de mi padre, me ha producido, primero, cierto pudor y, segundo, escalofrío. Pudor por entrar a hurtadillas en un espacio muy íntimo, aunque sea con tu permiso. Escalofrío por verme en ti, reflejado; mirarme en ti, en mi padre, y verme a mi mismo; un juego de espejos casi imposible o, tal vez, inevitable.

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