Terceras calendas griegas

2553928206_e71802a076_o(Viene de Segundas calendas griegas) Se oye a lo lejos, un remoto traqueteo, como si de un eterno tren de mercancías se tratara. A él, ese rumor, lo acompaña cada noche. Se acuesta temprano y, si por necesidad, azar, o voluntad hipnótica, se despierta en esas primeras horas amparadas aún por la noche, ese sonido de máquina lo envuelve y lo devuelve dulcemente a los brazos de Morfeo. En la habitación contigua, a dos manos, y con la Olivetti sacando humo por la chimenea, está el otro; el anónimo maquinista; conductor y único pasajero de una locomotora que no deja de avanzar sin moverse de lugar, que, ajeno al desvelo infantil, y lejos de imaginarse su paternal e inconsciente cometido, no deja de echar más madera a la caldera para terminar el trabajo antes del amanecer. Cada noche, él, como el recluso que espera ser acariciado por la luz amorosa del Midnight Special, espera su suave insomnio para dejarse balancear en la hamaca cadenciosa del golpeteo de las teclas; exordio de un encuentro que nunca se va a producir.

Toda una infancia esperando la nave que nunca arriba. Oteando el horizonte sin saber lo que busca; moviendo los brazos, gritando, haciendo fuegos en los puestos más altos; como Robinson que, abandonado en una isla desierta, combate la soledad elaborando y ejecutando estrategias para ser visto o, simplemente, sobrevivir. ¡Cuánto esfuerzo por recibir la mirada del otro! ¡Cuánta desesperación por llenar ese vacío! Y, llega el día en que la alegría desborda los diques de la presa emocional: a él, tan necesitado de su Viernes particular, le entregan un trozo de papel, el mensaje en la botella, en el que le reconocen, de una vez por todas y al fin, todo su esfuerzo. Un diploma que da valor a su trayectoria estudiantil, a todas sus luchas; efímero espejismo que, lejos de sacarlo de su isla, lo hará vivir con más ahínco su naufragio, lo empujará a redoblar la vigilancia, a multiplicar sus esfuerzos; a seguir buscando, como Nasrudin, la llave en el sitio de más luz, sin darse cuenta que no es allí donde la va a encontrar porque no es allí donde la perdió. Un criptograma velado, un diploma escolar, que nadie descifra porque nadie lo lee entrelineas, que rubrica todo el empeño inconsciente que un niño puede poner en la búsqueda de sus padres.

El espectáculo está a punto de empezar. El escenario está abarrotado. En los pasillos y en los improvisados camerinos el ajetreo es continuo, y el alboroto ensordecedor. Los pequeños protagonistas están excitados o asustados; y los mayores, ajenos al sentir de los actores, corren de un lado a otro para asegurar el éxito de la función. Parece que a un actor le falta un pantalón azul marino y, sin preguntárselo, se lo quitan a él para entregárselo al niño que tiene que salir primero. Entonces, a él, lo dejan, solo, en una habitación; más que un camerino a la usanza es un lúgubre trastero. Lo sientan en calzoncillos encima de unas cajas cubiertas por un desabrido manto rojo; enfrente, unas estanterías, viejas y sucias de polvo, repletas de bártulos de toda índole, atiborradas de fantasmas ansiosos por llegar al desguace; alrededor, cachivaches amontonados que añoran a su dueño. Él, respirando soledad, sin haber soplado todavía 5 velas, se siente abandonado y en harmonía con todos los chismes que le rodean. La vergüenza, la tristeza, la soledad y el abandono lo amarran con pesadas sogas. Él no protesta, no llora. Traga, sin saborear, esta amarga copa; y firma un pacto con el diablo que lo obliga a arrastrar estas cadenas, en silencio y sin queja alguna, durante el resto de su actuación.

Sirvan, pues, al lector, estos retales de memoria de un jergón que tal vez nunca existió, a modo de triple ejercicio paleontológico del autor, como una manera de sacarse los ojos al estilo de Edipo, para, así, siendo ciego al mundo de afuera, poder ver lo que es y lo que le ocurre por dentro. Un “Conócete a ti mismo”, oráculo de Delfos, inscrito en el templo de Apolo, que no quiere olvidarse de su hermano Dionisio de quien, cabe decirlo, tan necesitado está el autor. Un conocimiento psicológico que requiere, a su vez, de otro más profundo y verdadero que tiene que ver con el reconocimiento de ese Ser, de esa Esencia que vive en cada uno de nosotros mucho más allá del verbo. Amén.

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3 respuestas a Terceras calendas griegas

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  2. Luis dijo:

    Como ya suponía, las terceras irían en “tercera persona”; ¡qué buen juego de espejos! Las estaba esperando…
    Realmente, la infancia parecería un viaje heróico (o, al menos, su primera parte); una especie de irnos alejando del “propio hogar”; para luego, si nos damos cuenta de ello, poder regresar a ella (la segunda parte del viaje).
    Ciertas incomodidades pueden hacerte ver que “no estás en casa”, ciertos recuerdos pueden llevarte imágenes de la patria perdida, algunas sensaciones pueden conectarte con lo duro que fue perderla… Y, eso, me parecen tus calendas: las batallas perdidas que te llevaron al destierro…
    Te deseo un buen regerso a Itaca…

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