Aburrimiento

De lejos, lo veo en el suelo, tirado, cabizbajo, con cara de tristón. Es su primer año en la primaria. Me acerco, y cual bicho de bola, cuánto más cerca estoy más se arrebuja con él mismo. Me agacho y le pregunto:

  • ¿Qué te pasa?
  • ¿Qué puedo hacer? -me responde él.
  • No sabes qué hacer, ¿verdad?
  • Estoy aburrido.
  • Eso no es nada agradable…

Ya hace tiempo que me pregunto cuál es el origen del aburrimiento, y de qué manera no nos permite gozar del “aquí y el ahora” de manera plena. A una de las conclusiones a las que he llegado es que eso a lo que llamamos aburrimiento es un mecanismo, una estrategia de defensa, de nuestro cuerpo frente a un entorno que, de alguna manera, no sabemos, o no podemos, sostener. O, mejor dicho, no es tanto una estrategia para defendernos del entorno, sino para burlarnos de las sensaciones internas que el entorno nos provoca. Así pues, un niño aburrido bien pudiera ser un niño con una carga emocional que le supera, y con la que se siente incapaz de lidiar.

Observo a mi alrededor en busca de un no sé qué. Dentro, a través de un gran ventanal, en la sala de movimiento, veo a sus dos mejores amigos jugando juntos; sus cuerpos se arremolinan, en un creciente desorden, en alegría desbordante, ajenos a todo lo que sucede en la sala. Regreso la mirada a mi regazo y le veo a él, en un contraste diametralmente opuesto. Con suavidad, coloco mi mano en su espalda y le digo:

  • Veo que te abrazas ¿Qué te pasa?
  • Siento dolor, aquí, en la barriga -me responde, a la vez que se abraza con más fuerza.
  • ¿Cómo es ese dolor?
  • Me aprieta fuerte…

Para que, tanto adultos como niños, podamos “hacer” de manera auténtica es imprescindible que tomemos contacto con nuestro propio “sentir”. La deflexión, como mecanismo de defensa, podría definirse como una estrategia que busca evitar el contacto con una persona, o una situación. Ahora bien, con ese desvío de la acción, lo que se enfría realmente es el contacto real con la propia sensación, con el propio sentir; es decir, se elude el contacto con uno mismo. A los niños aburridos, el acto de ir hacia algo o hacia alguien les conecta con su dolor. El aburrimiento funcionaría, así, como una suerte de deflexión, que soslaya el contacto con lo que verdaderamente se quiere hacer o decir; y, en definitiva, con el propio sentir.

De repente, se levanta y, con desgana, entra y se deja caer en uno de los sofás de la biblioteca. Prueba un libro, y otro… en un afán descontrolado por calmar un hambre que no sabe de dónde emerge; como si el hecho de tocar transformara lo tocado en algo inútil y sin valor -casi doloroso- y, de ahí, cayera al abismo del aburrimiento. Entonces, asumo cierto riesgo, y le digo:

  • Ese dolor aprieta fuerte aquí, ¿no es así? -y coloco mi mano sobre su barriga.
  • Me siento solo -me dice, titubeando y sin mirarme.
  • Veo que tus amigos están dentro, en la sala, jugando.
  • Yo querría jugar con mi mejor amigo, pero él no quiere.
  • ¿Se lo has preguntado?
  • No…

Veo a mi mejor amigo jugando con otro. Los miro y me doy cuenta de que se ríen juntos; se lo están pasando bien. Mi amigo no me dice nada, ni siquiera me mira. Me siento solo y eso me duele. Tomo contacto con ese dolor. Quiero ir a hablar con él, pero me digo: “No quiere jugar conmigo, sino lo estaría haciendo. Bueno, es igual, no le digo nada. No pasa nada, de todas maneras me dirá que no. Ya haré otra cosa”. Decido quedarme donde estoy. Pierdo la energía. Le quito importancia a lo que me pasa. No me lo dejo sentir porque me duele. Miro a mi alrededor y nada me interesa. Me aburro…

Con lentitud, sale de la biblioteca y entra en la sala de movimiento. Mira a sus amigos. Se acerca a ellos. Los rodea, los envuelve con la mirada y con el gesto, pero desde lejos, a una distancia prudencial. Ellos, primero, ajenos a los movimientos de su compañero, no se dan cuenta de su presencia; después, le dicen:

  • ¿Quieres jugar?
  • No -responde él.

Rápidamente, se ha escondido debajo de una mesa, con la cara cubierta por sus manos. Espero; un tiempo que se me torna eterno. Al rato, y con suavidad, le toco la espalda. Le susurro algo: “Aún te duele la barriga, ¿verdad? ¿Quieres que te acompañe a hablar con ellos?” Se levanta de un brinco. Me mira. Empieza a andar con decisión. Yo a su lado, sin tocarle. Se acerca a su mejor amigo, y le dice:

  • Hace días que no juego contigo, y me gustaría hacerlo.
  • ¿A qué quieres jugar? -le responde.

Los veo jugar a los tres. Su corporalidad, la de él, ha cambiado por completo. En cierto modo, se ha acoplado a ellos. Ahora, forman un solo cuerpo. Casi sin querer, me acerco a él y le digo: “¿Todavía te duele la barriga?”. Sin mirarme, me lanza un alegre “No”.

No hay duda que cuando los estímulos de fuera son lo suficientemente fuertes pueden llegar a tapar el dolor interno, o incluso adormecerlo; experiencias excitantes, fuertes motivaciones externas, promesas, cientos de propuestas con el objetivo de cortar el proceso doloroso, comentarios de menosprecio, programas de TV… pueden empujarme a hacer cosas y/o a aletargar mi sentir. Pero, ¿qué ocurre cuando me acostumbro, y me hago dependiente, de los estímulos de fuera para no sentir el dolor? ¿Estará, esto, relacionado con mis dificultades de ahora en encontrar mi propio camino? ¿Qué hubiera pasado si de pequeño alguien, acompañado de un buen abrazo, me hubiera dicho: “Estas aburrido, ¿verdad? Esa sensación no es nada agradable”?

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8 respuestas a Aburrimiento

  1. raquelsuma dijo:

    A mis hijos siempre les digo que no pasa nada por aburrirse que está bien que todo pasa el aburrimiento también.

    Sólo un punto de vista donde se considera el global de la situación nos da la perspectiva correcta de nuestra propia individualidad.

    Entran en relación en este caso, los niños jugando, el niño aburrido, el maestro preocupado, en una relación en el que ocurre la experiencia para todos.

    Los niños están aferrándose a su individualidad, los adultos debemos desprendernos de esa individualidad y estar enfocados en el total de la situación.

  2. anna dijo:

    Lo que dices aquí me recuerda mis propios dolores de barriga infantiles y me sumo a tus preguntas.

    Me gusta y comparto esta visión del aburrimiento coraza. En ocasiones fué tant gruesa esa coraza que no me dejaba sentir los abrazos que recibia.

    Encuentro precioso acompañamiento el que relatas. Emociona. Me acordaré de esto cuando mi hija me diga que no sabe que hacer, que esta aburrida.

    Un abrazo

  3. Judith dijo:

    un relat molt real i emotiu. fa reflexionar… sento l’aburriment que els fills expressen i el neguit meu per acompanyar aquest procés sense anar a estímuls externs. en fi, un bon aprenentatge llegir-te ! felicitats !

  4. Paula dijo:

    Ese alegre “No”…. me ha emocionado

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