Yo nunca lloro

Ella es una niña de segundo de primaria con la que trabajé ya hace mucho tiempo en un Centro de tardes. Me llama la atención que, a menudo, necesita «estar enganchada» físicamente a otro niño o a un adulto; como si necesitara «estar fundida» con alguien para sentirse bien. Raramente la veo sola. A veces, me da la sensación, es como si no supiera donde acaba ella y donde empieza el otro. Y, eso, alguna vez, provoca que “los otros niños” la eviten. La intensidad y la insistencia de la búsqueda del otro, a menudo, consiguen, en el “otro”, el efecto contrario; entonces, el otro, enojado, se la quita de encima, la evita, la desplaza.

En ocasiones, en su intensa necesidad de aceptarse a sí misma, “se confunde” con alguien a quién, por alguna razón, admira; con otra niña por ejemplo. Ahora, esa niña, esa niña a la que ella admira, muestra un carácter fuerte, dominador; en cierto modo, agresivo. De alguna manera, pienso que ella, en esa niña, ve a su madre. Ella busca en la aceptación incondicional de ese niña -algo imposible- la aceptación que también busca de su madre -algo, también, imposible-. Cabe decir que, en esta situación de extrema confluencia, ella le consiente “al otro”, a ese otro a quién admira, a esa otra niña, todo; le permite “al otro” cualquier cosa, incluso agresiones verbales.

Aunque pudiera parecer contradictorio, ya que diríase que ella, con fuerza y determinación, siempre hace lo que se le antoja en una explosión de un instinto desbocado… a ella le cuesta expresar, de manera congruente, aquello que necesita. Por las tardes, cuando llega al proyecto en el que trabajo, para saludar a los adultos, a menudo, nos da un golpe. Ese golpe, si uno lo lee más de cerca, expresa una necesidad de “estar cerca del otro”, de “recibir la mirada de otro”; y, al mismo tiempo, una incapacidad de expresar esa necesidad de una manera tierna, de conectarse con su sentimiento de soledad, de pedir lo que requiere desde el sentirse necesitada, de permitirse la vulnerabilidad; incluso de un “miedo” a ser rehusada por el otro: “te pego”, “te agredo”, para que tengas una “buena razón” para quitarme de encima. Con su conducta se acaba cumpliendo su propia profecía: “ya sé que no me vas a querer, ya sé que no vas a querer estar conmigo; por lo tanto, «te agredo» para que te disgustes y me eches, para que no me aceptes.” Ayer, la vi provocando, sin cesar y sin descanso, a un adulto: cuando llega al centro un nuevo adulto, ella tiene la necesidad de provocarlo, de colocarlo en situaciones complicadas, límite. Es como si necesitara saber cuánto aguanta antes de “explotar”; cuánto aguant anates de “sacársela de encima”.

Ella nunca habla de su tristeza, de su miedo, de su vulnerabilidad. Cuando, por alguna razón, alguno de los adultos le preguntamos por alguna de estas emociones, ella, medio enfadada, sin mirarte a los ojos, incómoda, casi gritando, medio quitándote de encima, moviéndose sin para, responde que “nunca está triste” que “nunca llora”. A menudo, cuando se encuentra en medio de una situación conflictiva o emocionalmente intensa, y alguno de sus compañeros llora, ella, con actitud burlona, se ríe mecánicamente de él; de forma forzada, histriónica. Es como si no quisiera/pudiera “soportar” la fragilidad, la ternura; como si, cuando la ve en el otro, reflejo de la suya propia, en un juego de espejos proyectado, con esa risa burlona, quisiera sacudírsela de encima.

Tengo la impresión de que a medida que ella empiece a hablar de sí misma, y, sobretodo, de sus sentimientos de vulnerabilidad (a expresar su miedo, su tristeza y su soledad, sobretodo) su conducta de «estar enganchada» a otro niño o a un adulto ira desapareciendo; su necesidad de existir -a toda costa- a través de la mirada de ese otro -un otro de quien, a menudo, recibe malos tratos- a quién ella le da poder (un poder absoluto como el que se da sólo a una madre) disminuirá. A medida que ella empiece a conocerse mejor a sí misma; a permitirse esos espacios de ternura con ella misma; a poder expresar esos sentimientos de tristeza, de miedo, de soledad; a tener un sentido del «yo» más seguro; a sentirse «consciente de sí misma»; dejará de necesitar «estar enganchada» a otro. Es como si ella hubiera aprendido a “ser fuerte”. “Si soy fuerte, van a quererme”, reza su carta de presentación.

Se me antoja necesario acompañarla a reconectarse con ella misma. Se me ocurren actividades sensoriales; ejercicios corporales; y, en su caso concreto, juegos que la ayuden a familiarizarse y a aceptar su imagen corporal. Finalmente, acompañarla a determinar sus verdaderas necesidades, deseos; y a expresar de manera congruente, dar a conocer, verbalmente -y corporalmente- sus necesidades, deseos y opiniones. Sobretodo, aquellos que la conecten con sus sentimientos de soledad, tristeza, miedo y vulnerabilidad.

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