Actitudes, intenciones, respeto y circularidad (1/3)

6922865907_b0f6548103_oEn esta serie de tres artículos voy a profundizar en dos conceptos de los que ya, en alguna ocasión, he hablado. Por un lado, trataré de dos propiedades de la comunicación humana: la recursividad y la circularidad (Maturana (1928)); y, por el otro, hablaré sobre el hecho de que las vivencias que emergen fruto de una interacción humana pueden nacer de uno mismo o del otro, y lo importante que es darse cuenta de ello, y separar y respetar, en cada caso, lo que es mío de/y lo que es del otro.

Cuando en el proyecto en el que trabajo, hará ya unos años, nos dimos cuenta que no bastaba con cultivar una orientación exclusivamente centrada en el niño (véase La no-directividad y yo, y De la no-directividad a una atención trifocal), sino que, además de eso, era imprescindible dirigir, a la vez, la mirada hacia nosotros mismos (y hacia y entorno), nos percatamos de que, para ello, era imprescindible cultivar la autoobservación y la separación.

La autoobservación para conocer qué pasa dentro de mí. Y, la separación para poder diferenciar lo que pasa dentro de mí de aquello que ocurre dentro del otro (Véase Esto es tuyo, esto es mío…, y Yo y tú en el encuentro). Con el tiempo, me he ido dando cuenta que ambas capacidades están relacionadas y se retroalimentan. Es decir, cuánto más diestro me vuelvo en mirarme a mí mismo, más hábil me torno en diferenciarme del otro. Ambas habilidades, cabe decir, fundamentales para la Gestalt de Perls (1893 – 1970) y Naranjo (1932).

El hecho de incluir en nuestra mirada aquello que nos ocurre a nosotros como educadores no es ni sencillo ni insignificante. No es sencillo porque como adultos, desgraciadamente, nos conocemos poco, y estamos poco acostumbrados a mirarnos. Al mismo tiempo, no es baladí porqué, a menudo, nuestras acciones encaminadas a transmitir objetivos pedagógicos o actitudes de largo alcance se contradicen con la manera en cómo nos relacionamos con las vivencias internas de los niños en el aquí y el ahora. Y, el principal factor de esas contradicciones es el hecho de no saber diferenciar entre aquello que yo, como adulto, deseo transmitir y las vivencias internas de los niños; es decir, entre mi interior y el interior de ellos.

Hace años, en unos campamentos de verano, recuerdo que, en algunas ocasiones, con los niños de 6 a 12 años, ofrecíamos un taller de cocina. Los niños que lo deseaban preparaban una comida que, luego, todos juntos nos comeríamos. En uno de esos encuentros, ya comiendo, se dio una situación bien curiosa. Estábamos sentados a la mesa, y yo iba repartiendo el arroz con verduras que los niños habían preparado. Cuando pasé por delante de Candela, de 8 años, le pregunté si quería. Candela, con seguridad y aplomo, me dijo que no. Yo le respondí: “Pero, Candela, ¿no quieres probar el arroz de verduras que hemos preparado entre todos y todas esta mañana?”. Candela reiteró, con fuerza, su no, y yo insistí una vez más: “Date cuenta de todas las verduras que le hemos puesto. Deberías probarlo. Está buenísimo”. Yo, muy resolutivo, le acabé sirviendo un plato, y se lo dejó delate. Ella lo probó e, inmediatamente, con cara de asco, lo abandonó. (Sigue en Actitudes, intenciones, respeto y circularidad (2/3))

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