Estar con uno mismo

Después del desayuno, el tiempo se dispersa, se dilata, se encorva. El sol entra a través de las ventanas que se abren en la sala que se orienta al Sur-Este del espacio de los niños y niñas de la primaria; los rayos del astro crean una atmósfera cálida y acogedora. En un rincón, sobre la gran alfombra que cubre una parte de la estancia, Pedro, con sus casi 7 años, está trabajando con un material de matemáticas. Los reflejos de luz, juguetones, le acompañan silenciosamente. De cerca, sin invadirlo, lo miro; veo y siento su comodidad. No dejo de profundizar. Mientras, en la mesa, María, de 8 años, está escribiendo. Su ojos, rítmicamente, se van alzando del papel para, luego, volverse a posar en él; dulcemente, cual mariposa que besa una flor. Mi mirada, relajada, va ahondando en esos rostros y en esos cuerpos, los de los niños, y, con tesón, ella, prueba de colmarse; pero, curiosamente, cuanto más insiste y supuestamente se llena, más abnegada y postrada a la experiencia se presenta. Y, en ese estar ahí me pregunto: ¿qué sucede? Y la pregunta no sólo abarca al Pedro que maneja un material con el que está trabajando la numeración del 1 al 100; no sólo abraza a la María que imprime, letra a letra, una noticia para la revista escolar; sino que engloba a Todo el Proceso; a toda la experiencia. Pedro va colocando los números en sus correspondientes compartimentos; María va trazando palabras que se entrelazan en frases llenas de significado; pero, eso, sólo es lo externo, lo observable, lo cuantificable. Eso no es Toda la experiencia. Aquello externo y evidente es que Pedro está ordenando números y que María está componiendo palabras, pero hay algo más. Algo que se encuentra más allá de lo externo (o más acá); algo que, también, forma parte de ellos y se encuentra en sí mismos; algo que, sin ser aquello que hacen, sostiene la relación que mantienen con lo que hacen.

Pedro y María, en sus haceres, son un vivo reflejo de lo que M. Csikszentmihalyi (1934) bautizó con el nombre de Fluir. Nadie les ha empujado a hacer lo que hacen; nadie les ha obligado; nadie les ha motivado; y, de alguna manera, al hacerlo, están satisfaciendo una necesidad verdadera que les emerge de dentro. Hacen lo que hacen porque al hacerlo, eso, el estar haciéndolo, les permite no dejar de estar conectados con ellos mismos. A nivel corporal, están conectados con lo que Genldin (1926) llamó una profunda sensación sentida de presencia interna; una conexión con su adentro, como si de un espacio sagrado se tratara.

Me paro. En esos momentos, me observo a mí mismo. Respiro. Externamente, estoy observando a Pedro y a María, y me pregunto: ¿obedece eso a una necesidad verdadera?, ¿es, eso, lo que hago, algo que me permite estar conectado conmigo mismo? Sin lugar a duda, la gran mayoría de cosas que hago a lo largo del día, incluida ésa, me sirven para no estar en contacto conmigo mismo. En mi historia de vida he aprendido a huir de ese yo, de esa esencia, y a hacer compulsivamente para mantenerme alejado de mí. De pequeño, la búsqueda de amor y/o la incapacidad para sostener el dolor, me fue alejando progresivamente de esa conexión conmigo mismo. Y, poco a poco, fui aprendiendo estrategias para no estar conmigo. De repente, sin previo aviso, sin quererlo, me lleno de tristeza y me compadezco de mí mismo. Y, ahí, de golpe, mi sensación interna cambia. Me relajo. Descanso. Me rindo.

Atender a lo que observo fuera y a lo que cada niño experimenta dentro de sí significa estar atentos a la Totalidad de la vivencia. En cambio, no atender a esa propia experiencia (la nuestra y/o la del niño) puede llevarnos, como nos explica Jung (1875 – 1961), a buscar siempre angustiadamente las reglas y leyes externas en que poder confiar en  (nuestra) desorientación. Visto desde la insuficiencia humana general, una gran parte de culpa reside en la educación, que se orienta exclusivamente a lo que se sabe en general, pero no trata de lo que es experiencia personal del individuo.

Por último, me pregunto si desde esa desconexión de mí mismo puedo acompañar el adentro de niños y niñas que todavía, sí,  están conectados con ellos mismos; o, por el contrario, sólo puedo acompañarles su afuera. Me pregunto, también, si puedo hacerlo o si a lo único que puedo aspirar, por el momento, es a no entorpecerles esa conexión.

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Una respuesta a Estar con uno mismo

  1. Excelente observación/reflexión y, sobre todo, excelente vivencia. Me pregunto si, después de todo, no es la propia pregunta -mucho más que su respuesta- la que perfila el espacio de la conexión.

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